sábado, 25 de febrero de 2017

Sospecha colectiva.
Un cuento de Walter Jens

En estos tiempos en que todos se sienten limpios mientras desconfían y descalifican a los demás, una vez más la literatura da cuenta de tal situación. Aquí el socorrido cuento breve del alemán Walter Jens (1923-2013).+, que alguna vez traduje.



INFORME SOBRE HATTINGTON
                                                                                                     

Walter Jens
                                                                                                      (1923-2013)


Ese año el invierno llegó antes que otras veces. A mediados de noviembre ya estábamos a quince grados bajo cero, y en la primera semana de diciembre nevó durante seis días seguidos. Al quinto día, un miércoles, Hattington escapó de prisión. Evidentemente había contado con que la nieve borraría sus huellas, como que en realidad resultó así. Los sabuesos perdieron el rastro y los gendarmes regresaron a Colville en el curso de la noche.

Por esa razón nuestro puesto policial fue reforzado al día siguiente, haciéndose el sargento Smith de dos nuevos colegas. Se llegó a suponer que Hattington intentaría llegar lo más pronto posible a Knox, nuestra ciudad, ya que aquí había sido prendido en plena vía pública luego de habérsele buscado durante mucho tiempo, presumiblemente a causa de una denuncia de la camarera Hope y del grifero Madison, a los que Hattington debía dinero. Lo que se sospechaba entonces era que el presidiario vendría primero a Knox para vengarse.

A partir de entonces el miedo se instaló en la ciudad. Martha Hope se fue de viaje por algunas semanas, mientras que Madison le quitó el seguro a su revólver que tenía siempre junto a la cama. Pero también todos los demás empezamos a vivir en zozobra. Nadie abandonaba su casa luego de las diez de la noche y los padres mismos llevaban a sus hijos a la escuela. La policía registró todos y cada uno de los rincones de la ciudad. No solo se rastrilló repetidas veces cada sótano, desván, cabaña y barraca de Knox, sino además el sistema de alcantarillado de la ciudad. Pero a pesar de que no se llegó a encontrar ni el más ligero rastro (ninguna señal que llevara a sospecha, ni mucho menos a una pista concreta), no se acallaba el rumor de que uno de nosotros había escondido al fugitivo, quien tan solo estaba a la espera de su hora. Podía haber sido el cantinero Ellington; acaso Bore, el vendedor de periódicos; o tal vez un buhonero inmigrante que vendía su mercancía entre Baxton y Colville. La desconfianza empezó a reinar en la ciudad y se escribieron cantidades de cartas anónimas. En el Colville Star aparecieron misteriosos mensajes como estos: “No pierdan de vista a Bore”, o “¿Dónde estabas el cuatro de diciembre, Judas Ellington?”

Pero, cuando la navidad y el año nuevo ya habían pasado sin que ocurriera el menor incidente, la esperanza volvió a nosotros sobre todo cuando se dijo que un agente viajero comerciante en vinos había visto a Hattington en una pequeña ciudad canadiense cerca de la frontera.

Ahora Martha Hope retornaba a Knox y Madison vendía su perro guardián, al tiempo que las cantinas empezaban de nuevo a recibir gran número de parroquianos. Todo parecía indicar que los ciudadanos querían recuperar en tanto solo unos días, semanas y semanas de vida perdida.

Se destrancaron las ventanas y se descorrieron los cerrojos de las puertas. Ahora por las calles se escuchaba música y ruido, y hasta se celebró una fiesta de disfraces en la cantina, fiesta como la que no se armaba en muchos años y que se prolongó hasta eso de las seis de la mañana.

Pero un día, el once de enero, apareció de pronto el cadáver de Emily Sawdy, y dos días después un enmascarado arrastró hasta un zaguán a Helen Fletcher, una muchacha de catorce años que iba de camino a la escuela, maltratándola de la manera más brutal.

Ya no se tenía que seguir especulando sobre quién había sido el causante de esos crímenes. Hattington (así se creyó entonces) había llegado por fin a la ciudad... Pero, ¿quién podía haberlo escondido? Tal vez Madison para reivindicarse ante él, o acaso Martha Hope por haber sido extorsionada. Así pues, empezaron a circular listas negras, mientras que las paredes de las casas se veían cubiertas de todo tipo de infamaciones. Y, cuando el primero de febrero se comisionó a un tribunal compuesto de tres personas para que investigara exhaustivamente la vida de cada uno de los ciudadanos, se dio inicio a algo muy semejante a una cacería de brujas que hizo pensar en los tiempos más terribles. Muy pronto no quedó ningún secreto que no fuera sacado a relucir por los husmeadores. Maridos que alguna vez habían sido infieles a sus esposas, de repente se veían tratados como delincuentes; inofensivos bebedores eran considerados sospechosos; la Sociedad Femenina repartía antes de la función de cine volantes que exhortaban a evitar el trato con cierto tipo de personas si es que en algo estimaban sus vidas.

De otro lado, el desorden y la indisciplina aumentaron entre los jóvenes. Mientras que los mayores salían lo menos posible de sus casas, ya sea tan solo para dirigirse al trabajo o a la iglesia, los jóvenes, en cambio, se reunían por las noches para beber, cantar a berridos y escarnecer a los adultos, hasta el punto que se llegó a instituir una especie de escuadrón del terror al que solo pudimos combatir con la ayuda de una especie de policía civil: la milicia ciudadana. Por último, no quedó más remedio que prender a los cabecillas, y después a los peores camorristas que se habían amotinado solo para participar de la alegría reinante y que ahora se dejaban detener por miedo a convertirse algún día en víctimas de Hattington. Todo esto me mostró cuánto prospera el frenesí colectivo a la sombra del miedo y del terror.

Por lo que se refiere a la ruina de las costumbres, los padres no se quedaron a la zaga de sus hijos. Yo mismo he vivido noches en las que se me ha llamado con fingida voz más de una docena de veces para obligarme a calumniar a ciudadanos supuestamente sospechosos.

Pero llegó el 17 de marzo, día en que a Madison se le halló estrangulado en su habitación: el asesino le había dejado en la sien una marca hecha con un hierro candente. A partir de esa fecha ya no le fue posible conservar la calma a la poca gente razonable que quedaba entre nosotros. Desde entonces, todo aquel que intentaba pedir prudencia y poner coto a cualquier acceso de histérico delirio vio su nombre, sin más ni más, inscrito en la lista de sospechosos, lo que significaba vidrios rotos, muebles de la casa destrozados, amenazas, injurias, palizas, juicios secretos. Apenas un par de semanas más tarde, muchos actos de violencia se produjeron entre los ciudadanos. A principios de abril, un grupo de fanáticos linchó a un muñeco negro, para que días después el mismo grupo hiciera trizas el bufete de un abogado judío. Las cosas fueron inclusive más lejos. En nombre de Hattington se saldaron viejas y caducas cuentas. El manejo del látigo, del cuchillo y del revólver era lo que imperaba, y a todo aquel que se oponía a ello se le escribía una H en la puerta de su casa, lo que significaba que allí vivía un amigo de Hattington. Todos podían hacer con ese lo que les viniera en gana, pues nadie iría a socorrerlo. En abril, el reverendo Snyder, uno de los pocos hombres sensatos que quedaban en la ciudad, también terminó capitulando: desde el púlpito nos ordenaba dar caza al asesino y sus secuaces. Al día siguiente, el invierno empezó a hacerse menos crudo; la nieve se derretía por doquier y el sol inundaba hasta el último rincón de Knox.

El Viernes Santo se halló el cadáver de Hattington a unos cien metros del presidio. Más allá no había llegado en su intento de fuga en el mes de noviembre. La nieve había tragado sus huellas y un ataúd de hielo envolvía su cuerpo yacente.

A partir de entonces se restableció la calma aquí en Knox. Todo aquel que pudo salió de la ciudad. No obstante, nunca se llegó a descubrir al asesino de Madison y de Emily Sawdy; tampoco se sancionó la falta cometida contra Helen Fletcher. Solo yo tengo una fuerte sospecha, pero callo; además nadie sabe quién fue el responsable. Una cosa, empero, es segura: no hay mucha gente en nuestra ciudad que esté libre de culpa.



Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo

miércoles, 22 de febrero de 2017

Paseo en vano



¿Es que las esquinas se preguntan, esmirriadas, dónde están los hombres-pluma que las construyeron por error o por descuido, creyendo que la línea recta no es otra cosa que un equívoco de calles que no llevan a ningún lado o, simplemente, por un amor derruido entre palomas cósmicas, de esas que planean en aires remisos y nada virtuosos?

La mente sabe de tumbos y pesares, de ardores antiguos recostados en márgenes constantes, de esos que separan este mundo, apenas solo, apenas lleno, con el temblor de otros mundos que se deslizan por laderas de conos improbables o, mejor, de otros muchos más sorbidos a ritmo de adagio, vino invisible discurriendo libremente por gargantas transparentes o ese olor impalpable en una mano de plata que ya reposa por fin en una mejilla que nunca será mía.

Y las calles se tambalean entre pasajes y jirones de los que ya nadie repasa, alamedas de otrora, cuando lo de ahora aún no era lo de ahora, aunque tampoco era lo de ayer, si bien así todo lo pretenda. Amigo, rubia de árido aliento, morena de rabia que tus heridas me rasgan y hienden más que tus propias cicatrices; amigo, blonda algodonera; marino sin ruta en busca de islas donde ya no haya callejas, trampas, sirenas violadas o calvas arboledas.

(RSB)


sábado, 4 de febrero de 2017

DE POESÍA EN RELACIÓN CON LA POLÍTICA, LA PROCTOLOGÍA Y EL ONANISMO.


Del brillantísimo, desenfadado y corrosivo dominicano Manuel del Cabral (1907-1999), dos poemas dedicados a los poderes públicos (Estado) y privados (tipo Odebrecht, por ejemplo). De su Permanencia inmaterial. Obra póetica completa, Santo Domingo: Ediciones de Cultura, 2011, 790 pp. Como siempre, la poesía puede ocuparse de todo... 


ANO

Anciano de nacimiento, nací con mis arrugas
como quien se gradúa en experiencias.
Pero pese a mi vejez prematura
y a mi olor de difunto superviviente,
me cuidan como a un niño, porque hay días
en que me pongo a vomitar cosas robadas,
cheques no digeridos que tiene un olor
Más penetrante que el del excremento.
los señores me sientan sobre muebles de pana,
saben que se acomodan acomodándome.
Los jueces van primero a la letrina,
son más cultos:
primero me consultan… Nos ponemos de acuerdo.
Los maricas me adoran, mi ocultismo
los hace metafísicos muy sólidos;
pero a mí me da asco cuando me perfuman,
qué humillado me siento perfumado…
En cambio, qué orgulloso estoy
cuando los presidentes cumplen con mis consejos,
entonces se van limpios al Congreso,
y aunque tengan diarrea de discursos,
a nadie se le quedan las orejas mugrientas.
Creo en este caso yo soy más limpio
que la rosa
mientras ella perfuma solapas de ladrones,
Yo, quizá, no tan oculto,
dejo escapar fantasmas de porotos conscientes
entre las ceremonias de narices burócratas,
yo soy un guerrillero
que no tiene piedad en los palacios.
Ayer leí en los diarios
que escasea por mí papel higiénico.
Nueva York pierde el juicio cuando yo no estoy
limpio.
No soy el tercer ojo de los Lamas,
a mí me lamen los degenerados
o los que comen mierda en la política.
Nacido entre dos glúteos, duermo entre dos
almohadas,
necesito estar cómodo para tocar mi flauta.
Ano viene de anónimo,
pero sin mí no hay animal posible.
Si quieres a tu cuerpo, siglo embustero, lávame,
soy la salida única de todos tus negocios…

LA MANO DE ONÁN

La mano de Onán se queja
Yo soy el sexo de los condenados.
No el juguete de alcoba que economiza vida.
Yo soy la amante de los que no amaron.
Yo soy la esposa de los miserables.
Soy el minuto antes del suicida.
Sola de amor, mas nunca solitaria,
limitada de piel, saco raíces...


Se me llenan de ángeles los dedos,
se me llenan de sexos no tocados.
Me parezco al silencio de los héroes.
No trabajo con carne solamente...
Va más allá de digital mi oficio.
En mi labor hay un obrero alto...
Un Quijote se ahoga entre mis dedos,
una novia también que no se tuvo.


Yo apenas soy violenta intermediaria,
porque también hay verso en mis temblores,
sonrisas que se cuajan en mi tacto,
misas que se derriten sin iglesias,
discursos fracasados que resbalan,
besos que bajan desde el cráneo a un dedo,
toda la tierra suave en un instante.


Es mi carne que huye de mi carne;
horizontes que saco de una gota,
una gota que junta
todos los ríos en mi piel, borrachos;
un goterón que trae
todas las aguas de un ciclón oculto,
todas las venas que prisión dejaron
y suben con un viento de licores
a mojarse de abismo en cada uña,
a sacarme la vida de mi muerte.


jueves, 2 de febrero de 2017

Lo pútrido y lo poético


Persistiendo "saécula saeculórum" la putrefacción en este mundo, tercia Georg Trakl (1897-1914) con este poema, probablemente el último que escribió, poco antes de su casi seguro suicidio, a los 27 años. Grodek (Polonia) es el lugar donde se desarrolló una de las más sangrientas y desquiciadas batallas, durante la Primera Guerra Mundial, entre polacos y rusos. ¡Solo horror!


GRODEK


Al atardecer retumban las letales armas
en los bosques otoñales, en las áureas llanuras
y en los lagos azules por donde
rueda un sol siniestro: la noche envuelve
a los guerreros moribundos, al salvaje lamento
de sus bocas destrozadas.
Pero en silencio se congregan en la pradera
la roja nube donde mora un dios colérico,
la sangre derramada, el frío lunar;
todos los caminos desembocan en negra podredumbre.
Bajo el áureo ramaje de la noche y las estrellas
la sombra de la hermana se tambalea por la callada floresta:
va a saludar a las almas de los héroes, a las sangrantes cabezas,
mientras en los juncos tañen quedamente las umbrías flautas del otoño.
¡Oh, altiva tristeza! ¡Oh, altares de bronce!,
la ardiente llama del espíritu hoy se nutre de un inmenso dolor:
los nietos no nacidos.


(Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo)




GRODEK


Am Abend tönen die herbstlichen Wälder
von tödlichen Waffen, die goldnen Ebenen
und blauen Seen, darüber die Sonne
düster hinrollt; umfängt die Nacht
sterbende Krieger, die wilde Klage
ihrer zerbrochenen Münder.
Doch stille sammelt im Weidengrund
rotes Gewölk, darin ein zürnender Gott wohnt
das vergoßne Blut sich, mondne Kühle;
alle Straßen münden in schwarze Verwesung.
Unter goldenem Gezweig der Nacht und Sternen
es schwankt der Schwester Schatten durch den schweigenden Hain,
zu grüßen die Geister der Helden, die blutenden Häupter;
und leise tönen im Rohr die dunkeln Flöten des Herbstes.
O stolzere Trauer! ihr ehernen Altäre
die heiße Flamme des Geistes
nährt heute ein gewaltiger Schmerz,
die ungebornen Enkel.

martes, 31 de enero de 2017

JÜRI TALVET,
memoria que vence muerte y tiempo

                                                         Ángel Lavalle Dios (*)




Alcanzada su libertad a partir de los 90s, Estonia levanta vuelo para mostrar al mundo todas sus riquezas, potencialidades y sueños, en especial los de su arte poético que ya brillaban desde la pionera presencia de Juhan Liiv. Ahora es Jüri Talvet, en la avanzada de una pléyade de poetas estonios dedicados a fortalecer una larga tradición literaria sostenida, entre otros, sobre el mítico anclaje de su entrañado Kalevipoeg; enriqueciéndola con la incorporación de la cultura universal, en titánica pero gratificante labor. 

La metaficción es la esfera poética de Jüri Talvet, con evidentes y definidos  matices posmodernos y enérgica figura de caballero andante con espada siempre en ristre, de  “poeta molestamente independiente”, cristalizando la bella alegoría estonia de los tres leones en alas de su golondrina, luego de muchas décadas de sujeción extranjera.

Si atendemos a las ficciones, éstas nos muestran, nos ocultan y, a veces,  se desentienden de mundos tan diversos y expectantes; tal como lo hace la propia realidad, dependiendo de con qué pericia el escalpelo del lenguaje se adentra en ella. Las ficciones en general son diversos recursos mnémicos que perennizan todas las conquistas gnose-afectivas del hombre sobre la realidad y que han sido conservadas, sucesivamente, en la propia memoria y luego transmitidas en forma oral; y más adelante grabadas en objetos de madera, de hueso, en geoglifos, petroglifos, en tela,  en diversidad de objetos cerámicos, en paredes, columnas y techos, en alto y bajo relieve, de grandes edificaciones y tatuadas en el cuerpo humano; a despecho de la invención y uso de la escritura en sus diversos medios y la más avanzada tecnología virtual de nuestros días.

Jüri Talvet nos conduce por diversos planos de las ficciones (la sicología pavloviana denomina primer y segundo sistema de señales); tanto por las de primero, cuanto por las de segundo, así como por las de tercer grado, y no solo por las ficciones artísticas; asumiéndolas como “realidad” (29; 33), tanto más útiles al hombre si menos alambicadas y si más nos pertrechan para gozar de los encantos de la misma. Sin embargo, no siempre es así, pues, muchos son los casos en que las ficciones enmudecen o resultan también insuficientes frente a una realidad que las supera por su magnitud y su crueldad (71; 73; 75; 77); por ello es que, a veces, conviene más vivir la realidad tal cual, sin intermediarios inoportunos (39; 59), tratándose sobre todo  de una de las vivencias más sublimes de la humanidad, tal el amor sustanciado en  eros-ágape. No obstante, por ningún motivo debemos excluirlas de nuestro diario trajinar, pues, sin las ficciones y, sobre todo, sin sueños (33), ni esperanza (123), el alma se anquilosa  e impide que florezca la poiesis creadora de nuevas realidades y ficciones (57; 61; 63; 67; 121; 123; 131), sobre crudas realidades que, no solo conmueven las fibras más nobles del poeta, sino que movilizan su espíritu solidario (y su propósito es movilizar el nuestro), para mitigar el hambre y la desnudez de nuestros congéneres excluidos.

Este mar de fondo de las metaficciones, en Jüri Talvet se complementa e integra con sugestivas muestras no ficcionales (47, 53), en línea con lo más reciente de la artes literarias,  que ensambla lo periodístico noticioso con lo ficcional, convocantes de exigidas y complejas cualidades creadoras; motivadoras, a su vez, de sugestivas y diversificantes actividades decodificantes y recreadoras.

El lenguaje en su acepción lata de herramienta, según términos de Wittgenstein, para interactuar con la realidad, llama la atención de Jüri Talvet, y sobre el mismo nos aboca, y protagoniza en lo que seguirá siendo la polémica internacional, liderada por Occidente, sobre la naturaleza y funciones del lenguaje; por ejemplo, a propósito de Foucault, como discurso del cuerpo y sus signos tatuados o sus distintos atuendos marcando diferencias geográficas y culturales; pero, sobre todo, económicas y sociales (13; 15) ; lo anterior no significa, suscribir la tesis behaviorista de  “estímulo-respuesta” en la función representativa del lenguaje, como bien metaforiza el poeta (17). Aunque desde la perspectiva diacrónica, admite los cambios en el lenguaje (25; 27) determinados por el fluir de la realidad, que se objetiva, entre otros, en el tránsito “del día al año”. No debemos creer, sin embargo, a la usanza de “Las frutas de oro”, que algo tenga que ver la función de los críticos en los cambios del lenguaje (25; 55-in fine). Si, en cambio, tras las huellas de su compatriota Juhan Liiv, reiterar la comprobación de que las formas matemáticas de expresión poética inventadas por Occidente encorsetan el libre fluir del manantial creativo (19); entendiendo, además, que otros límites que el lenguaje impone, para entendernos con la realidad, provienen de la diversidad de lenguas o, tal vez, de la dificultad para el dominio individual de todas o de la mayoría de ellas; de donde derivaría, según nuestro entender, la necesidad de la recurrencia del discurso artístico posmoderno al pastiche o al collage, que marca con solvencia  en Jüri Talvet. Sobre la diversidad lingüística, concurre a su vez, la tecnología a través de la velocidad de los ordenadores (23) que, venciendo tiempo y espacio, hiperinundan de información a los lectores, en tiempo real, quienes no estamos aún en posibilidades para su rápida y plena decodificación y uso.



En Jüri Talvet, se expresa también Occidente (“ataúd rectangular”), además de lo ya señalado, en su protagonismo de histórica tradición marcando los matices y el rumbo de la cultura mundial en el desarrollo de varios de sus elementos, tales las rutas de la ciencia y la filosofía (23), en los tramos más cercanos a nosotros, no solo por lo epistemológico en los que brilló la cultura europea moderna; sino también en  lo ontológico-lingüístico en los que connotan los tiempos posmodernos y los más actuales y recientes de después de lo posmoderno; lo que denota no solo diferencias sino, lo que es peor, olvido, ultraje, exclusión y exterminio poscolonial de aquello que Occidente llama las  subculturas del sur subdesarrollado (53), sin ningún punto de encuentro, por ahora,  ni posibles vasos comunicantes de intercambio. Más bien, ignorancia e indiferencia recíprocas, por ejemplo entre África abajo al calor de sus rugidos naturales, y Europa en el frío de las alturas y sus palabras; ambas, al conjuro de tiempos y espacios diferentes, marcados por las implacables leyes del desarrollo desigual, en desmedro del sur.

El poeta desenvuelve sugestivos intercambios tiempo-espacio (23; 27), que denotan no solo resonancia heraclítea como devenir; sino, además, sentida connotación sicoafectiva en torno a los vástagos queridos- concreción de presente e insinuación de futuro-; de impacto extensible hoy en tiempos de conflictos y conflagraciones,  sobre la esfera sociocultural, pues,  a la hora de las confrontaciones, esta esfera sicoafectiva fragua el entendimiento en base a los consensos, en los ámbitos personal, familiar y de peso crucial en los entornos nacional y global “…más allá de los países y los mares”.

Tiempo, también, en la cadena dialéctica vida-muerte; primero, (131), se intuye  una implícita y bien lograda y original asociación lírica entre Laozi y  Jorge Manrique de Las Coplas; segundo, (73; 75; 77; 79; 81), se evidencia, con resonancias  de Los nueve monstruos vallejianos, una requisitoria por la afrenta que significa  el crecimiento y el bienestar de Occidente, paradójicamente negados por la impavidez moral de su convivencia con la muerte asociada a los disvalores citadinos, a la pobreza y a las cámaras de gas; tercero, tiempo como historia, en su acepción de cambio y desarrollo (57; 67), aunque las innovaciones materiales no siempre significan ni mejores posibilidades para el desarrollo humano, ni motivos de felicidad; y; cuarto, tiempo  en su carácter de necesario proceso de humanización (37), que nos convoca, a la usanza borgesiana, sobre la simbología antigua de herencia hebreo-judaica para darle mayor valor y fortalecer nuestras primigenias raíces, tanto las genéticas cuanto las culturales, propicias al fortalecimiento ético; ligando éste con los mensajes de amorosas y nostálgicas raíces paterno-familiares (85; 139; 141); así como a los contenidos de la tríada historia-afectividad paterna-espacio cultivado, en las conceptos siguientes:
a)       Respecto de “Como terminar dignamente un siglo” (43), en los que sobre el mítico contexto de la fecundación y el nacimiento, recurrente en la poesía de Talvet, esta vez sobre el símbolo  “padre-hija”, y la invocación de “salve, amplía la memoria”, más allá del logrado remate aparentemente inesperado e ilógico de la imagen del poema; nos permite: primero, la libertad de extender  su significado al proceso de evolución material, sobre el principio de servidumbre de estratos, en este caso, blanca como la nieve la hoja de papel, que proviene del árbol, del que se alimenta la vaca, en el día de San Jorge que repuebla la memoria de recuerdos que enternecen el alma; en un necesario y dialéctico fluir, desde lo inorgánico hacia lo espiritual, pasando por lo biológico y sociocultural, según el esquema aristotélico al que sorprendentemente antecede el  bíblico modelo creacionista; y, segundo, la corroboración de que estamos ante un poeta de mundialmente hegemónica cultura escrita antes que oral que, entre otros,  lo predispone en el tono y matices de sus cánones de escritor y de crítico.
b)       Igualmente, en Ella duerme… (139), el poeta vuelve sobre su propósito implícito de negarse a la presencia de la muerte, esta vez usando la imagen “madre-hijo”, en flujo recíproco desde la madre que “duerme” y cuya voz solo alcanza al “sueño” y cuyos ojos golpean los “muros del sueño”,  y que viene hacia a la “nieve” de la memoria del hijo. Percibimos en este poema el eje de las humanas preocupaciones del poeta y la explicación de la riqueza semántica que condensa el título “Del sueño, de la nieve”, de esta Antología de Jüri Talvet; no solo la recurrencia de los míticos temas del renacimiento y de lo nuevo a través de los símbolos navideños; sino, igual, recurrencia de matices cromáticos – en especial del “verde”, de muy diversa tradición en la poética mundial e hispana, sobre los que confluyen la tradición cristiana y la telúrica “nieve” en la raíz nativa del poeta; tríada de color, fe y teluria, que no solo proyecta esperanza, sino vida eterna predispuesta siempre al cíclico verde renacer primaveral cada vez que empieza a disiparse el blanco tul de la nieve invernal. Este elan de esperanza y eternidad  revitalizan también  la roca que sustenta la ascensión del monasterio más allá del tiempo, a propósito del póstumo homenaje que Talvet rinde a Carmen Luz Bejarano, poetisa peruana,  en Todavía me cuesta acostumbrarme (101); facilitándonos, asimismo,  el necesario anclaje para explicar y entender que, para el poeta,  la humanidad tiene en la memoria individual y colectiva, y  a la que nunca igualarán ninguno de sus creados  auxiliares materiales, lo más noble para vencer la finitud del tiempo y venerar, a hijos, padres y patria, lo más amado y sentido de su alma.
c)        En el contexto, de historia y espacio natural,  que analizamos líneas arriba, no solo se insertan de modo espontáneo las preocupaciones ecologistas (145) que cierran esta Antología, sino que, además, nos permite una visión global e integradora del poemario y la constatación de la unidad del mensaje  que desde el inicio en No sé cómo poder quererte aún más (13), la impronta iluminadora del poeta nos muestra diversidad  de deformadoras facetas y marcas en el individuo, la sociedad y la naturaleza que la humanidad deberá seguir pugnando por restañar para que, al fin, desde la neblinosa opacidad de sus carencias, la plenitud del humano rostro luzca con el bien, la justicia y el amor.

El nervio creador de Jüri Talvet  se potencia con sus dotes de filólogo comparatista y de su enérgico espíritu patriótico, en parentesco con el de nuestro Manuel González Prada de la postguerra del Pacífico de 1879, que lo impulsan por el mundo, con su bandera en alto, celebrando la libertad y cantando las glorias de Estonia, en camino de seguir mostrándose, a un escaso cuarto de siglo de possocialismo, como una nación de pujante desarrollo en su nuevo entorno de libre mercado y en condiciones, también, de empezar ya a señalarnos rumbos, asentada sobre el alma de sus épicos y legendarios ancestros,  de sus creadores y de sus poetas.
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De Jüri Talvet, en español, han aparecido sus poemas Del sueño, de la nieve (Antología 2001-2009).  Zaragoza-España: Olifante, Ediciones de poesía, 2010, 184 pp; traducción de Albert Lázaro-Tinaut). Los números entre paréntesis se refieren a los números de sus páginas.

Jüri Talvet (Pärnu, Estonia 1945) es catedrático de Literatura Comparada en la Universidad de Tartu, presidente de la Asociación Estonia de Literatura Comparada y reconocido hispanista, traductor y conferenciante. Reconocido poeta en su país, ha sido galardonado por los premios Juhan Liiv de poesía (1997) y el premio Memorial Ivar Ivask de poesía y ensayo (2002). Entre otros, Jüri Talvet ha participado en el Festival Internacional de Poesía de Medellín (2008), el Festival Internacional de Poesía del Lago Qinghai-China (agosto 2015), donde nos conocimos, y en el Festival Internacional de Poesía de Lima (2016), que renovó la oportunidad de nuestro honroso encuentro e hizo posible que nos obsequiara con la antología que ahora comentamos.


Ángel Lavalle Dios (Tumbes, Perú, 1946) es catedrático cesante de Filosofía y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Santa de Chimbote-Perú; y ex docente de las universidades nacionales de Tumbes, Piura y Trujillo. Como poeta fue reconocido con Mención Honrosa en los Juegos Florales Universitarios 1968 de la Universidad Nacional de Trujillo, su Alma Mater; y ha publicado entre otros, los poemarios La palabra del sol (1989), con auspicio del Concytec; Caminos del viento (1990); Mullus (1993); Agua Vida (2009); Semillas (2010); Naturemas. Antología” (2012). Creó, dirige y edita desde 1990 Bellamar, revista de Cultura, con auspicio de la Universidad Nacional del Santa de Chimbote.




BREVE ANTOLOGÍA DE JÜRI TALVET



Breve carta a Álvaro de Campos
¿Qué es a realidad? Solo un montón de huesos. Por eso hay
que construir, solo por eso hay que construir con argamasa
hecha de ceniza y alba, imaginaciones, paredes que hablen
para una casa en que tal vez se aloje un día una muchacha.



Cómo terminar dignamente un siglo
¡Oh, mira cómo bailan las letras en las páginas sobrias
que son como la nieve o como una fresca y pulcra sábana
festiva dispuesta sobre el lecho, a la espera del calor
de unos cuerpos de amantes! Pulgas en el hilo invisible
del domesticador de fieras; no, ¡son más bien mujeres
preñadas de significaciones indescifrables! (Dónde
que no sea en los límites de la Tierra del Fuego)
Sin que acumules, se acumula. En pesados estantes, sin
espacios de aire, sin corredores en los que quepa un codo
o donde pueda una carcoma enclavar su yunque. ¡Salve,
amplía la memoria! Espera una explosión.
Sabe, sabe, sabe ya que eres padre!)
Tú espera, mi pequeña, voy rodando de página
en página, espera un poco más, sigo deslizándome
hacia abajo y, pese a la blancura de la hoja,
he tropezado con una letra y un canto afilado
me ha hecho sangrar la palma de la mano.
Espera. Me vengaré mordiendo la hoja,
que ahora sabe a hierba en la boca de una vaca
sin nombre en medio de los pastos
el día de San Jorge.



Un congreso de literatura en el continente cálido
De un frio de cincuenta grados bajo cero allá en lo alto
de las nubes llegamos flotando Los leones rugían
para saludarnos Fundimos nuestras bocas en el desierto
de Kalahari Echamos al aire un millón de palabras
sobre “el límite” y “el otro” África reía relinchando por encima
de esas mismas palabras Orinaba sobre ellas Metimos los papeles
en los portafolios Regresamos flotando hacia arriba hasta aquel frío
de cincuenta grados bajo cero Los leones nos despidieron rugiendo


 El hombre y la mujer
¡Hay del hombre que transita los caminos
del tiempo, tan a medio hacer que siempre
hicieron falta adjetivos para complementarlo!:
homo sapiens, homo ludens,
homo politicus o bien homo sexual.
Pero la que suele conocerse como
costilla del hombre no es un hueso,
porque su nombre tampoco
pende de otro nombre,
sino que huele –independientemente
de la lengua en que se pronuncie-
siempre a lo mismo; a hierba,
a mar, a tierra limpia o a aire,
o, si se quiere una imagen
más precisa, solo a sí y únicamente
a sí, a sí misma: a mujer.

A un escritor naturalista
Te mando un montón de ropa vieja
para que les pongas calcetines, pantalones
y un abrigo ligero, por lo menos,
a tus personajes que, según dices,
han sido tomados de la vida misma.
(Quien haya sido tomado de la tierra, ése…)
Quien haya sido tomado de la vida, volverá
a la vida. Pero ya que los pintas desnudos
acuérdate que en la calle, mientras tanto,
ha empezado el invierno.


Abajo fluye China
En el cuarto de baño del undécimo
piso del hotel Anne Black
me lavo junto a la ventana
El agua fluye sonora
cuerpo abajo
El cuerpo fluye
sonoro hacia abajo
Por un instante de mi vida
soy Laozi
en el río de los hombres
que fluye abajo
por la calle
sabedor de su rumbo
en el agua sonora
del tiempo


 Vuela hacia la colmena

Las golondrinas doblan
fulgurantes la esquina,
gajos dorados del corazón.
Una eres tú,
que por primera vez,
has ido sola a la tienda,
y regresas a casa
corriendo-corriendo,
sonriente-sonriente,
feliz-feliz,
con las trenzas fulgurantes,
palpitante el corazón,
y en la bolsa uno de esos panes
tan grandes y sabrosos,
un pan de centeno de Pärnu.

  
Ella duerme, ella duerme, ella duerme.
Ella ya no me reconoce.
Ella, mi madre, duerme.
Su voz solo alcanza el sueño.
Ella duerme.
Hacia la nieve gris aún levanta sus manos.
Sus ojos golpean los muros del sueño.
Ven a la sombra, madre, ven
de la noche a la nieve de mi memoria.


















miércoles, 25 de enero de 2017

PUTREFACCIÓN, POLÍTICA, 
POESÍA Y PUREZA



Todo eso y mucho más sigue en el texto del gran poeta austríaco Georg Trakl (1884-1914), uno de los representantes del expresionismo alemán. En en esa línea, se trata de lo más horrendo y execrable, pero también lo más humano y puro del ser humano y que, como se puede constatar, sigue vigente en este siglo.



REVELACIÓN Y CAÍDA


            Extrañas son las nocturnas sendas del hombre. Cuando de noche deambulaba por pétreos aposentos y ardía una quieta lamparilla en cada uno de ellos, un candelabro de cobre, y cuando me desplomé tiritando en el lecho, otra vez estaba sobre mí la negra sombra de la forastera, y silenciosamente escondí el rostro en las tardas manos. También el jacinto había florecido azul en la ventana y la antigua plegaria se posó sobre los purpúreos labios del que respiraba; de los párpados cayeron cristalinas lágrimas vertidas por el amargo mundo. En esa hora, a la muerte de mi padre, yo era el hijo blanco. Con aguaceros azules llegó el viento nocturno, la oscura queja de la madre otra vez muriendo, y vi el negro averno en mi corazón; minuto de luminosa quietud. Quedamente surgió desde la pared encalada un rostro inefable –un adolescente moribundo–, la belleza de una estirpe que regresa al hogar. La frescura de la piedra abrazó a la sien vigilante, extinguiéronse los pasos de las sombras sobre derruidos peldaños, una sonrosada ronda en el jardincillo.

            Estaba sentado en silencio en una taberna abandonada bajo un ahumado maderamen y a solas con mi vino; un cadáver resplandeciente inclinado sobre algo oscuro y a mis pies yacía un cordero muerto. Desde un pútrido azul surgió la pálida figura de la hermana y habló así su sangrante boca: “Hiere, negra espina”. Ah, aún resuenan en mí los argénteos brazos de salvajes tempestades. Fluya la sangre de los pies lunares y florezca en la nocturna senda por donde la rata chillando se escabulle. Refuljan, estrellas, en mis abovedadas cejas, mientras en la noche apenas tañe el corazón. Una sombra roja irrumpió en la casa con ardiente espada y huyó con nívea frente. Oh, amarga muerte.

Y una oscura voz habló desde mí: En nocturno bosque a mi caballo negro le rompí la cerviz cuando de sus purpúreos ojos brotó la locura; la sombra de los olmos, la risa azul del manantial y la negra frescura de la noche se abatieron sobre mí, al tiempo que yo, salvaje cazador, perseguía a un venado de nieve; en pétreo averno mi rostro se extinguió.

Y una gota de sangre cayó radiante en el vino del solitario, y cuando bebí de él sabía más amargo que la amapola. Y una nube negruzca envolvió mi cabeza, las cristalinas lágrimas de ángeles malditos; y quedamente manó la sangre de la argéntea herida de la hermana y una lluvia ardiente de fuego cayó sobre mí.

Por los linderos del bosque quiero ir yo, taciturno como soy, a quien el híspido sol se le ha caído de las manos mudas; un forastero en la colina crepuscular que llorando alza los párpados sobre la pétrea ciudad; un venado que inmóvil permanece en la paz del viejo saúco; oh, inquieta escucha la testuz crepuscular, o son los titubeantes pasos que siguen a la nube azul por la colina, y también a las adustas estrellas. A un lado la callada escolta de los verdes sembríos; por las mohosas sendas del bosque acompaña el tímido corzo. Se han cerrado mudas las chozas de los aldeanos y en la negra quietud del viento se vuelve angustiante la azul queja del arroyo.

Pero cuando descendía por el rocoso sendero, me acometió la locura y di fuertes gritos en la noche; y cuando con argénteos dedos me incliné sobre las silenciosas aguas, vi que mi rostro me había abandonado. Y la blanca voz me dijo “¡Mátate!” Gimiendo, surgió en mí la sombra de un muchacho, y me miró brillante con sus ojos cristalinos; fue entonces que llorando me desplomé bajo los árboles, bajo la imponente bóveda estrellada.

Peregrinaje sin sosiego por salvajes rocas lejos del caserío crepuscular, de los rebaños que regresan; en lontananza pace el sol poniente sobre un prado cristalino con salvaje canto que estremece, el solitario grito del ave agonizando en la calma azul. Pero en silencio llegas tú en la noche, cuando hacía guardia en la colina o me enfurecía en la tormenta primaveral; y cada vez más negra la melancolía anubla la cabeza separada, relámpagos horribles espanta el alma nocturna, tus manos desgarran mi exhausto pecho.

            Cuando penetré en el jardín crepuscular y la negra figura del mal se apartó de mí, la noche me envolvió con su calma de jacinto; y entonces navegué en encorvada barca sobre el estanque tranquilo y una dulce paz tocó mi pétrea frente; atónito yacía bajo los viejos sauces y sobre mí se hallaba el alto cielo azul, henchido de estrellas; y como al contemplarlo me iba muriendo, murieron el miedo y el dolor en lo más hondo de mí, y brillando en la oscuridad elevóse la sombra azul del muchacho, dulce canto; y con alas de luna, por sobre verdes cumbres y peñas cristalinas, ascendió el blanco rostro de la hermana.

            Con sandalias de plata descendí los espinosos peldaños y entré en el encalado aposento. Allí un candelabro ardía suavemente y en silencio oculté la cabeza en purpúreos lienzos; y la tierra arrojó el cadáver de un niño, una imagen lunar que fue separándose de mi sombra; con quebrados brazos cayó por pétreo despeñadero, nieve en copos.


(Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo)



OFFENBARUNG UND UNTERGANG

Seltsam sind die nächtigen Pfade des Menschen. Da ich nachtwandelnd an steinernen Zimmern hinging und es brannte in jedem ein stilles Lämpchen, ein kupferner Leuchter, und da ich frierend aufs Lager hinsank, stand zu Häupten wieder der schwarze Schatten der Fremdlingin und schweigend verbarg ich das Antlitz in den langsamen Händen. Auch war am Fenster blau die Hyazinthe aufgeblüht und es trat auf die Lippe des Odmenden das alte Gebet, sanken kristallne Tränen geweint um die bittere Welt. In dieser Stunde war ich im Tod meines Vaters der weiße Sohn. In blauen Schauern kam vom Hügel der Nachtwind, die dunkle Klage der Mutter, hinsterbend wieder und ich sah die schwarze Hölle in meinem Herzen; Minute schimmernder Stille. Leise trat aus kalkiger Mauer ein unsägliches Antlitz - ein sterbender Jüngling - die Schönheit eines heimkehrenden Geschlechts. Mondesweiß umfing die Kühle des Steins die wachende Schläfe, verklangen die Schritte der Schatten auf verfallenen Stufen, ein rosiger Reigen im Gärtchen.

Schweigend saß ich in verlassener Schenke unter verrauchtem Holzgebälk und einsam  beim Wein; ein strahlender Leichnam  über ein Dunkles geneigt und es lag ein totes Lamm zu meinen Füßen. Aus verwesender Bläue trat die bleiche Gestalt der Schwester und also sprach ihr blutender Mund: Stich schwarzer Dorn. Ach noch tönen von wilden Gewittern die silbernen Arme mir. Fließe Blut von den mondenen Füßen, blühend auf nächtigen Pfaden, darüber schreiend die Ratte huscht. Aufflackert ihr Sterne in meinen gewölbten Brauen; und es läutet leise das Herz in der Nacht. Einbrach ein roter Schatten mit flammendem Schwert in das Haus, floh mit schneeiger Stirne. O bitterer Tod.

Und es sprach eine dunkle Stimme aus mir: Meinem Rappen brach ich im Wald das Genick, da aus seinen purpurnen Augen der Wahnsinn sprang; die Schatten der Ulmen fielen auf mich, das blaue Lachen des Quells und die schwarze Kühle der Nacht, da ich ein wilder Jäger aufjagte ein schneeiges Wild; in steinerner Hölle mein Antlitz erstarb.

Und schimmernd fiel ein Tropfen Blutes in des Einsamen Wein; und da ich davon trank, schmeckte er bitterer als Mohn; und eine schwärzliche Wolke umhüllte mein Haupt, die kristallenen Tränen verdammter Engel; und leise rann aus silberner Wunde der Schwester das Blut und fiel ein feuriger Regen auf mich.

Am Saum des Waldes will ich ein Schweigendes gehn, dem aus sprachlosen Händen die härene Sonne sank; ein Fremdling am Abendhügel, der weinend aufhebt die Lider über die steinerne Stadt; ein Wild, das stille steht im Frieden des alten Holunders; o ruhlos lauscht das dämmernde Haupt, oder es folgen die zögernden Schritte der blauen Wolke am Hügel, ernsten Gestirnen auch. Zur Seite geleitet stille die grüne Saat, begleitet auf moosigen Waldespfaden scheu das Reh. Es haben die Hütten der Dörfler sich stumm verschlossen und es ängstigt in schwarzer Windesstille die blaue Klage des Wildbachs.

Aber da ich den Felsenpfad hinabstieg, ergriff mich der Wahnsinn und ich schrie laut in der Nacht; und da ich mit silbernen Fingern mich über die schweigenden Wasser bog, sah ich daß mich mein Antlitz verlassen. Und die weiße Stimme sprach zu mir: Töte dich! Seufzend erhob sich eines Knaben Schatten in mir und sah mich strahlend aus kristallnen Augen an, daß ich weinend unter den Bäumen hinsank, dem gewaltigen Sternengewölbe.

Friedlose Wanderschaft durch wildes Gestein ferne den Abendweilern, heimkehrenden Herden; ferne weidet die sinkende Sonne auf kristallner Wiese und es erschüttert ihr wilder Gesang, der einsame Schrei des Vogels, ersterbend in blauer Ruh. Aber leise kommst du in der Nacht, da ich wachend am Hügel lag, oder rasend im Frühlingsgewitter; und schwärzer immer umwölkt die Schwermut das abgeschiedene Haupt, erschrecken schaurige Blitze die nächtige Seele, zerreißen deine Hände die atemlose Brust mir.

Da ich in den dämmernden Garten ging, und es war die schwarze Gestalt des Bösen von mir gewichen, umfing mich die hyazinthene Stille der Nacht; und ich fuhr auf gebogenem Kahn über den ruhenden Weiher und süßer Frieden rührte die versteinerte Stirne mir. Sprachlos lag ich unter den alten Weiden und es war der blaue Himmel hoch über mir und voll von Sternen; und da ich anschauend hinstarb, starben Angst und der Schmerzen tiefster in mir; und es hob sich der blaue Schatten des Knaben strahlend im Dunkel, sanfter Gesang; hob sich auf mondenen Flügeln über die grünenden Wipfel, kristallene Klippen das weiße Antlitz der Schwester.

Mit silbernen Sohlen stieg ich die dornigen Stufen hinab und ich trat ins kalkgetünchte Gemach. Stille brannte ein Leuchter darin und ich verbarg in purpurnen Linnen schweigend das Haupt; und es warf die Erde einen kindlichen Leichnam aus, ein mondenes Gebilde, das langsam aus meinem Schatten trat, mit zerbrochenen Armen steinerne Stürze hinabsank, flockiger Schnee.