jueves, 1 de noviembre de 2012



Piedad Bonnett y el Premio Aguascalientes de Poesía (México)




En principio, me parece bien que en ocasiones no solo se hable bien o mal de los poetas, y hasta que se lea su poesía, que pocos entienden. Y, por cierto, me parece formidable que incluso se les reconozca y se les premie merecidamente, como es el caso de Elva Macías y Piedad Bonnett en este Encuentro de Poetas del Mundo Latino, evento que ya se ha convertido en todo un baluarte erigido en defensa de lo más propio y distintivo del ser humano, a saber, la palabra y el uso muy particular que se hace de ella. 

Si bien ahora abundan, no creo en reconocimientos póstumos, y siempre será mejor celebrar la vida, el amor, las pasiones y la muerte de la mano de los que saben dar cuenta de estos temas cuando aún se los tiene entre nosotros. Dicho esto a propósito del Día de los Difuntos, en cuya víspera ahora nos encontramos. Pues pienso que para el bien del desarrollo espiritual de la vida en el planeta, es fundamental cuidar y reconocer al poeta durante su por lo general azarosa existencia, pues aunque a través de él se exprese lo mejor y lo peor del ser humano, su quehacer es el testimonio de una heroica y desigual lucha que este sostiene con el Ángel o, si se quiere, con el Tiempo, que todo lo crea, que todo lo ve y que a la postre todo lo arrasa. Antes de sucumbir bajo el huracán, el poeta eleva su voz para tratar de hacerle frente, pero además con la esperanza de que esa voz termine formando parte de la tempestad implacable que ahora lo aplasta y que, sin advertirlo, acaso la incorporará en sus entrañas para siempre. Por desgracia, la realidad es otra y, al menos en nuestros países, los poetas la pasan muy difícil: no solo pueden ser maltratados u objetos de rechazo o desconfianza; la vida diaria puede ser un asunto de angustiada supervivencia, que atenta contra la dignidad y los derechos humanos más elementales.

Pero, felizmente, ese no es el caso de Piedad Bonnett, a quien esta noche honramos. Tengo entendido que su relación con el Perú es de larga data, con muchas amistades y hasta parientes en mi país, tierra de grandes poetas como Vallejo, Eguren, Martín Adán, Emilio Adolfo Westphalen, Jorge Eduardo Eielson, Antonio Cisneros, Blanca Varela, José Watanabe, entre otros. Con estos dos últimos, Piedad desarrolló una estrecha y fecunda amistad, lo que de alguna manera se ve reflejada, creo yo, en su trabajo poético y literario en general. Por ejemplo, a Piedad se le debe una estupenda muestra de Watanabe titulada El guardián del hielo, que tuvo como poética respuesta el prólogo que el peruano le hace a Los privilegios del olvido, antología personal de Piedad.

En cuanto a mí, podría decir muchas cosas en tono académico de la polifacética obra de Piedad; prefiero más bien dar un testimonio personal refiriéndome solo a un par de cosas que siempre me suceden cada vez que me ha tocado la gracia de leer su poesía.

Decía el poeta Robert Browning: “Justo cuando por fin nos sentimos más seguros es que ocurre algo: una puesta de sol, el canto del mirlo, el final de un coro de Eurípides, y entonces otra vez estamos perdidos”. 

Este es precisamente el efecto que surte en mí la poesía de Piedad. La diversidad de temas cotidianos que desarrolla como los de la familia, las relaciones humanas, la sociedad, las acciones y pasiones del yo, con su aparente inocuidad y real cotidianidad están más bien cargados de una perturbadora potencia que descoloca al lector más racional o avezado. Y es que el testimonio de esa experiencia diaria, en principio común a todos, lleva el filo mordiente de la ironía que a la vez que hiere cuestiona todo y se distancia de todo, confiriéndole a la voz una contundencia, una superioridad y una imponencia a prueba de balas. No importa si lo “contado” es una desdichada o truculenta historia de amor, un rabioso recuerdo, un deseo negro e inconfesable; esa voz, aunque melancólica y mustia, no es cursi ni patética; muy por el contrario, se yergue de pronto con renovadas fuerzas con una nueva luz proveniente acaso de las entrañas de esos moluscos con que los poetas compartimos “una belleza extraña, / que atrae y repugna”, como dice el poema “Perlas” (de Explicaciones no pedidas, ganador del Premio Casa de América), belleza que por salir de allí, de lo más oscuro, “pare luz, y eso consuela”.

A mí, pues, me desconcierta, pero también me admira, esa belleza que emerge de lo más profundo y que por lo general está transida de dolor y de apretura. Como el molusco que genera su propio caparazón de las excrecencias que rezuman de su interior, la poeta va creando un campo de fuerza a partir de su experiencia, acicateada principalmente por la fragilidad, la pena, el descontento, la insatisfacción, la ira, el desasosiego, todo lo que combinado conforma una gran herida (cerrada pero no seca), que sigue rezumando vida y que por alguna razón termina asumiendo la forma de ese cuchillo que nos amenaza, nos asusta, nos inquieta. Tal vez la misma cicatriz de la que habla en el poema pórtico de Explicaciones no pedidas: “No hay cicatriz, por brutal que parezca, / que no encierre belleza.” Más o menos lo mismo que cuando Rilke dice que “lo bello no es más que el comienzo de lo terrible” o Borges, que confesaba: “Tengo para mí que la belleza es una sensación física, algo que sentimos con todo el cuerpo. No es el resultado de un juicio; no llegamos a ella por medio de reglas. Sentimos la belleza o simplemente no la sentimos.”

Y lo segundo a lo que me quería referir -pero ahora ya de manera más breve y que de alguna manera se desprende de lo acabado de señalar- es que así como la poesía de Piedad maloculta una estupenda resistencia (¿resiliencia, debería decir?) a los embates del tiempo, al que enfrenta con todo un arsenal de ingenio, ironía, serenidad y sabiduría, la constante que la acompaña es una total alergia al patetismo y a la autocompasión, mal del que adolece no poca poesía nuestra en donde el dolor por la discriminación, la violencia y la injusticia es el motivo principal de varios “ismos” de reciente data. La de Piedad es poesía digna con D mayúscula: si llora, no lo hace más de la cuenta; si grita y no la escuchan, espera un rato, pero luego es ella quien manda al carajo y sale tirando un portazo; si pide, lo hace haciéndose siempre su lugar, sin concesiones que puedan perjudicarla en su esencia; y si llega la hora de romper con todo lo que la quiere coartar, lo hace sin duda alguna y, como dice otra vez Rilke, “avanza, como lo hacen las fuentes”.

¡Cuántos quisiéramos hacer lo mismo! ¿No es verdad?

Renato Sandoval
Aguascalientes, 31 de octubre de 2012

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