martes, 23 de diciembre de 2014

Sobre "Kymper" de Miguel Gutiérrez
              (Lima: Alfaguara, 2014; 610 pp.)




 


Pese a  algunas pequeñas objeciones que se le pueden hacer, 
“Kymper” es la mejor novela de Miguel Gutiérrez y, quizás, una de las más importantes que se hayan escrito durante los últimos años en el Perú. Y es que además del estupendo oficio narrativo, en el que se hilvanan hábil y a la vez naturalmente las diversas tramas, así como el manejo del suspenso y de la intriga que suscitan toda la atención del lector, el libro es una muy sugerente reflexión sobre la violencia política de las últimas décadas desde el punto de vista de un ex militante de izquierda -ahora autoexiliado en su trabajo de antropólogo en comunidades amazónicas- que no logra entender del todo los tiempos sangrientos que le ha tocado vivir y quien, para colmo, es un perseguido a muerte que huye de varios frentes y que, a la manera de Joseph K, de “El proceso”, la culpa que experimenta no tarda en plantearle problemas existenciales y metafísicos. Acaso la letra inicial de Kymper es un guiño del autor a Kafka, sobre el cual alguna vez escribió un ensayo aproximativo (“Kafka: seres inquietantes”. Lima: San Marcos, 1999).

En cuanto a su exploración de lo político, sigue la línea abierta por la “Violencia del tiempo”, “Babel, el paraíso”, “Confesiones de Tamara Fiol” y hasta de “Una pasión latina”, si bien en esta ocasión su enfoque es “desde dentro” de una acción política de extrema izquierda por la que -en parte gracias a un narrador en tercera persona muy próximo al protagonista- sabemos de las continuas dudas, temores, inquietudes y cuestionamientos que Kymper se hace a lo largo de su agitada y azarosa existencia. A esto hay que agregar que Gutiérrez vuelve aún más hondo y complejo, y por lo tanto convincente, a su personaje al mostrárnoslo como un hombre que no solo piensa, discierne y critica la cosa ideológica-política como intelectual de formación que es, sino también como alguien que siente, se apasiona eróticamente o sufre por la relación dolorosa y difícil con sus familiares y amantes.

No obstante, como decía al principio, creo percibir algunos baches en la factura de la novela: por ejemplo, que Kymper se sienta realmente amenazado de muerte por su familia por el solo hecho de haberla abandonado, aunque en buena situación material; que, estando en la clandestinidad, hable constantemente por teléfono de temas sumamente delicados y comprometedores sin temor a ser chuponeado (actividad, hoy muy perfeccionada, y que por entonces ya estaba en práctica); que luego del intento fallido de matarlo que realiza el grupo paramilitar Rodrigo Franco, se sienta, sin razón aparente, de pronto libre de nuevas tentativas de ser asesinado por dicho grupo.

Por último, una tema hasta cierto punto extraliterario y que pone a prueba el supuesto límite entre la realidad y la ficción: hacia el final de la novela, cuando dos miembros de la cúpula senderista le ofrecen a Kymper la oportunidad de redimirse si escribe una semblanza celebratoria del Presidente Gonzalo, el protagonista confiesa que lo haría si antes lograse despejar algunas dudas de carácter ideológico y estratégico a través de una entrevista con el propio Abimael. Como su propuesta es rechazada, todo queda en nada. Al igual que Kymper, yo hasta ahora me devano los sesos preguntándome, y queriéndole preguntar, cómo ha sido posible que en su interesante y polémico libro “La Generación del 50: un mundo dividido” (1988; reeditado con ligeras enmiendas en el 2008), Gutiérrez hiciera un panegírico absoluto de Abimael Guzmán, entronizándolo como el filósofo peruano más importante y brillante que dio esa Generación. Si bien él en varias entrevistas posteriores al 2008 declaró que no dijo lo que había dicho o que, en todo caso, quiso decir otra cosa, yo, igual, en todos estos tiempos en que sigo leyendo con atención y deleite la estupenda obra de Miguel Gutiérrez, sigo sin comprender lo que dijo en tal libro y que fue reiterado en su reedición. Contradicciones e incomprensiones de la vida, que le dicen. (Renato Sandoval Bacigalupo)

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