viernes, 16 de enero de 2015



140 años de Rilke


A 140 años del nacimiento de Rainer Maria Rilke, aquí esta Primera Elegía de Duino, que además ser tal vez la más hermosa, es un compendio de todos los temas que desarrolló en las nueve restantes. (RSB)





Primera elegía


¿Quién, si yo gritase, me oiría desde los coros
celestiales? Y si sucediera que de pronto
un ángel me estrechase contra su corazón, perecería ante su
más poderosa existencia. Pues lo bello no es
más que el comienzo de lo terrible que aún ahora soportamos
y admiramos tanto porque, impasible, desdeña
destruirnos. Todo ángel es terrible.
          Y por eso me contengo engullendo el reclamo
de un sombrío llanto. ¡Oh! ¿Y de quién entonces
podríamos valernos? No del ángel, no de los hombres,
ahora que los sagaces animales advierten
que en casa ya no estamos muy seguros,
en este mundo señalado. Tal vez nos quede
algún árbol en la pendiente al que a diario
contemplásemos: nos queda la calle de ayer
y la complacida lealtad de una costumbre
que gustó de estar en nosotros, y se quedó, no queriendo ya partir.
         ¡Ah, y la noche! La noche cuando el viento,
                                               henchido de espacio cósmico,
nos roe el rostro... ¿A quién no le será dada ella, la anhelada,
la gentil decepcionante que ante el solitario corazón
penosamente se presenta? ¿Será más leve para los amantes?
Oh, ellos no hacen más que ocultarse mutuamente su destino.
         ¿Es que aún no lo sabes? Arroja de tus brazos el vacío
hacia los espacios que inhalamos; tal vez para que las aves
sientan el aire dilatado con más íntimo vuelo.


Sí, pero las primaveras te requerían. Algunas estrellas
te exigían que las presintieras. Una ola
se alzó hasta ti en el pasado, o cuando
pasabas frente a una ventana abierta,
las notas de un violín se te entregaron. Todo eso era misión.
¿Pero la cumpliste? ¿No te hallabas disperso aún
por tanta espera, como si todo
te anunciase una amada? (¿Dónde querrás ocultarla
ahora que los grandes y extraños pensamientos en ti
entran y salen quedándose a menudo por la noche?)
Pero si tienes nostalgia, canta pues a las amantes; lejos
aún de ser bastante inmortal está su famoso amor.
A esas desvalidas -¡casi las envidias!- a las que hallaste
más apasionadas que a las satisfechas. Empieza
siempre de nuevo la alabanza tan inalcanzable;
recuerda que el héroe se sostiene; hasta la caída fue para él
solo pretexto de ser: su último nacimiento.
Pero, exhausta, la naturaleza vuelve a acoger
a las amantes, como si no tuviera fuerzas
para volver a acometerlo. ¿Has pensado lo suficiente
en Gaspara Stampa, como para que cualquier muchacha,
abandonada por el amado, ante el admirable ejemplo
de esta mujer amante pueda decir: “Si yo fuese como ella”?
¿No deberían al fin estos dolores remotos
hacernos más fecundos? No es tiempo de que al amar
nos liberemos del amado y logremos resistirlo, estremecidos:
como la flecha que, tensa en el arco, reúne el impulso
que la hará superior a sí misma. Pues el quedarse no existe.


Voces, voces. Escucha, corazón mío, como antes solo
los santos lo hacían: el inmenso llamado
los elevaba del suelo; pero ellos seguían de rodillas,
irreales, más distantes y sin reparar en nada.
Así, atentos, escuchaban. No es que podrías soportar
la voz de Dios, ni de asomo. Pero escucha siquiera el soplo,
la noticia constante que se forma del silencio.
Ahora te llega el susurro de esos jóvenes muertos.
Donde quiera que entrabas, en las iglesias
de Nápoles y Roma, ¿no te contaban, serenamente, su destino?
O excelsa se te presentaba una inscripción,
como hace poco aquella losa en Santa María Formosa.
¿Qué quieren de mí? Suavemente debo
apartar de ellos esa apariencia de injusticia que a veces
impide un poco el movimiento puro de sus espíritus.


En verdad que es extraño no habitar ya la tierra,
abandonar las costumbres apenas aprendidas,
y a las rosas, y a otras cosas a su modo promisorias,
no conferirles el sentido del porvenir humano;
no ser ya lo que se fue en manos de angustia infinita
y desprenderse hasta del propio nombre
como un juguete hecho pedazos.
Extraño no seguir deseando los deseos. Extraño
ver que todo lo que nos concernía revolotea
sueltamente en el espacio. Y penosa la tarea de estar muerto,
penoso el recobrarse plenamente hasta llegar a sentir poco a poco
un asomo de eternidad. Pero todos los vivos
cometen el error de querer distinguir con demasiada nitidez.
Los ángeles (se dice) a veces no sabrían decidir si andan
entre los vivos o los muertos. La corriente eterna
arrastra siempre todas las eras consigo
surcando los dos reinos, y más fuerte que ellas en ambos resuena.


Y a la postre los tempranamente arrebatados ya no nos necesitan,
suavemente uno se aparta de lo terrestre como de los dulces
pechos de la madre. Pero nosotros, que tan grandes
secretos necesitamos, pues de la tristeza
brota a menudo el bendito progreso, ¿podríamos estar sin ellos?
No en vano cuenta la leyenda cómo antaño, en el lamento por Lino,
la primera música osó horadar la dureza de la materia inerte,
y que por vez primera en el espacio estremecido, del que fugara
de pronto y para siempre un joven semidivino, el vacío se vio colmado
con aquella vibración que ahora nos transporta, nos consuela y nos asiste.

 (Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo. Elegías de Duino. Lima: Nido de Cuervos, 2000).


DIE ERSTE ELEGIE

WER, wenn ich schriee, hörte mich denn aus der Engel
Ordnungen? und gesetzt selbst, es nähme
einer mich plötzlich ans Herz: ich verginge von seinem
stärkeren Dasein. Denn das Schöne ist nichts
als des Schrecklichen Anfang, den wir noch grade ertragen,
und wir bewundern es so, weil es gelassen verschmäht,
uns zu zerstören. Ein jeder Engel ist schrecklich.
    Und so verhalt ich mich denn und verschlucke den Lockruf
dunkelen Schluchzens. Ach, wen vermögen
wir denn zu brauchen? Engel nicht, Menschen nicht,
und die findigen Tiere merken es schon,
daß wir nicht sehr verläßlich zu Haus sind
in der gedeuteten Welt. Es bleibt uns vielleicht
irgend ein Baum an dem Abhang, daß wir ihn täglich
wiedersähen; es bleibt uns die Straße von gestern
und das verzogene Treusein einer Gewohnheit,
der es bei uns gefiel, und so blieb sie und ging nicht.
    O und die Nacht, die Nacht, wenn der Wind voller Weltraum
uns am Angesicht zehrt –, wem bliebe sie nicht, die ersehnte,
sanft enttäuschende, welche dem einzelnen Herzen
mühsam bevorsteht. Ist sie den Liebenden leichter?
Ach, sie verdecken sich nur mit einander ihr Los.
    Weißt du's noch nicht? Wirf aus den Armen die Leere
zu den Räumen hinzu, die wir atmen; vielleicht daß die Vögel
die erweiterte Luft fühlen mit innigerm Flug.

Ja, die Frühlinge brauchten dich wohl. Es muteten manche
Sterne dir zu, daß du sie spürtest. Es hob
sich eine Woge heran im Vergangenen, oder
da du vorüberkamst am geöffneten Fenster,
gab eine Geige sich hin. Das alles war Auftrag.
Aber bewältigtest du's? Warst du nicht immer
noch von Erwartung zerstreut, als kündigte alles
eine Geliebte dir an? (Wo willst du sie bergen,
da doch die großen fremden Gedanken bei dir
aus und ein gehn und öfters bleiben bei Nacht.)
Sehnt es dich aber, so singe die Liebenden; lange
noch nicht unsterblich genug ist ihr berühmtes Gefühl.
Jene, du neidest sie fast, Verlassenen, die du
so viel liebender fandst als die Gestillten. Beginn
immer von neuem die nie zu erreichende Preisung;
denk: es erhält sich der Held, selbst der Untergang war ihm
nur ein Vorwand, zu sein: seine letzte Geburt.
Aber die Liebenden nimmt die erschöpfte Natur
in sich zurück, als wären nicht zweimal die Kräfte,
dieses zu leisten. Hast du der Gaspara Stampa
denn genügend gedacht, daß irgend ein Mädchen,
dem der Geliebte entging, am gesteigerten Beispiel
dieser Liebenden fühlt: daß ich würde wie sie?
Sollen nicht endlich uns diese ältesten Schmerzen
fruchtbarer werden? Ist es nicht Zeit, daß wir liebend
uns vom Geliebten befrein und es bebend bestehn:
wie der Pfeil die Sehne besteht, um gesammelt im Absprung
mehr zu sein als er selbst. Denn Bleiben ist nirgends.

Stimmen, Stimmen. Höre, mein Herz, wie sonst nur
Heilige hörten: daß die der riesige Ruf
aufhob vom Boden; sie aber knieten,
Unmögliche, weiter und achtetens nicht:
So waren sie hörend. Nicht, daß du Gottes ertrügest
die Stimme, bei weitem. Aber das Wehende höre,
die ununterbrochene Nachricht, die aus Stille sich bildet.
Es rauscht jetzt von jenen jungen Toten zu dir.
Wo immer du eintratest, redete nicht in Kirchen
zu Rom und Neapel ruhig ihr Schicksal dich an?
Oder es trug eine Inschrift sich erhaben dir auf,
wie neulich die Tafel in Santa Maria Formosa.
Was sie mir wollen? leise soll ich des Unrechts
Anschein abtun, der ihrer Geister
reine Bewegung manchmal ein wenig behindert.


Freilich ist es seltsam, die Erde nicht mehr zu bewohnen,
kaum erlernte Gebräuche nicht mehr zu üben,
Rosen, und andern eigens versprechenden Dingen
nicht die Bedeutung menschlicher Zukunft zu geben;
das, was man war in unendlich ängstlichen Händen,
nicht mehr zu sein, und selbst den eigenen Namen
wegzulassen wie ein zerbrochenes Spielzeug.
Seltsam, die Wünsche nicht weiterzuwünschen. Seltsam,
alles, was sich bezog, so lose im Raume
flattern zu sehen. Und das Totsein ist mühsam
und voller Nachholn, daß man allmählich ein wenig
Ewigkeit spürt. – Aber Lebendige machen
alle den Fehler, daß sie zu stark unterscheiden.
Engel (sagt man) wüßten oft nicht, ob sie unter
Lebenden gehn oder Toten. Die ewige Strömung
reißt durch beide Bereiche alle Alter
immer mit sich und übertönt sie in beiden.


Schließlich brauchen sie uns nicht mehr, die Früheentrückten,
man entwöhnt sich des Irdischen sanft, wie man den Brüsten
milde der Mutter entwächst. Aber wir, die so große
Geheimnisse brauchen, denen aus Trauer so oft
seliger Fortschritt entspringt –: könnten wir sein ohne sie?
Ist die Sage umsonst, daß einst in der Klage um Linos
wagende erste Musik dürre Erstarrung durchdrang;
daß erst im erschrockenen Raum, dem ein beinah göttlicher Jüngling
plötzlich für immer enttrat, die Leere in jene
Schwingung geriet, die uns jetzt hinreißt und tröstet und hilft.
 


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