lunes, 19 de enero de 2015



 Segunda Elegía de Duino
R.M. Rilke





Segunda elegía


Todo ángel es terrible. Y, sin embargo, ay,
yo les canto, aves casi letales del alma,
sabiendo lo que son. ¿Qué fue del tiempo de Tobías,
cuando uno de los más resplandecientes apareció
                                                                  ante la humilde puerta,
un poco disfrazado para el viaje como para no infundir temor
(un joven frente a otro, cómo aquél lo contemplaba con curiosidad)?
Si descendiera ahora hasta aquí el peligroso arcángel por detrás de las estrellas, tan solo un paso, nuestro propio corazón
de un solo golpe nos aniquilaría. ¿Quiénes son ustedes?


Precoces perfecciones, consentidos de la creación,
sierras y cumbres aurorales
de todo lo creado. Polen de la divinidad floreciente,
engranajes de la luz, pasillos, escalas, tronos,
espacios de esencia, escudos de placer, tumultos
de sentir tormentosamente extasiado y, de pronto,
espejos solitarios recreando su radiante belleza
una vez más en su propio rostro.


Pues nosotros, al sentir, nos evaporamos; ay,
nos exhalamos y expiramos; de ascua en ascua
despedimos un olor más débil. Puede entonces que alguien nos diga:
“Sí, te introduces en mi sangre, esa habitación, la primavera
se llenan de ti...” De qué sirve; no puede detenernos;
en él y en torno a él desaparecemos. Y a los que son bellos,
oh, ¿quién los retiene? Hay en su rostro un atisbo
que no cesa y pasa. Como el relente de la hierba matutina,
lo nuestro asciende desde nosotros, como el vapor
de un cálido manjar. Oh, sonrisas, ¿a dónde van? Oh, alta mirada,
nueva, cálida, evasiva ola del corazón:
ay, pero si eso somos. ¿Es que el espacio del mundo
donde nos extraviamos sabe a nosotros? ¿Toman los ángeles
en verdad solo lo suyo, lo que de ellos emana,
o es que a veces, como por descuido, a ellos se adhiere un poco
de nuestro ser? ¿Es que estamos mezclados tan solo 
a sus rasgos como esa vaguedad
reflejada en el rostro de las grávidas? Ellos no lo advierten
en el vórtice de su retorno a sí mismos. (¿Cómo habrían de advertirlo?)


Los amantes, si supieran hacerlo, podrían decirse
maravillas en el aire nocturno. Pues parece que todo
nos encubre. Mira, los árboles están. Las casas
que habitamos existen todavía. Sólo nosotros
desfilamos delante de todo como vaporoso intercambio.
Y al unísono todo nos silencia, en parte acaso
por vergüenza y en parte por una esperanza inefable.


         A ustedes, amantes, que se bastan mutuamente,
yo les pregunto por nosotros. Se palpan. ¿Tienen pruebas?
Miren, sucede que mis manos mutuamente
se perciben o que mi gastado
rostro en ellas se conserva. Eso permite que yo me perciba
un tanto. Pero, ¿quién osaría ser por tan poco?
Pero a ustedes, acrecentados en el éxtasis del otro,        
hasta que éste, avasallado, implora: “¡Basta ya!”; a ustedes
que entre las manos se hacen más abundantes, como en época de vendimia;
que a veces perecen solo porque el otro
por completo los encima; yo les pregunto por nosotros. Sé
que se tocan con tanta dicha, porque la caricia retiene,
porque no desaparece el lugar que cubren
con su ternura; porque debajo de él experimentan
la clara duración. De ese modo, el abrazo les parece casi una promesa
de eternidad. Y, no obstante, si sobreviven
al espanto de la primera mirada, a la espera añorante en la ventana
y al primer paseo juntos, una vez, en el jardín:
Entonces, amantes, ¿siguen siéndolo todavía? Cuando se levantan
mutuamente para beber, unidos por los labios, sorbo a sorbo,
oh, qué extrañamente el que bebe se evade de la acción.


¿No les asombró la mesura de los gestos humanos
en las estelas áticas? ¿No aparecían el amor y la despedida
tan leves sobre los hombros, como si estuvieran hechos
de una materia distinta a la nuestra? Evoquen esas manos,
qué relajadas reposan, si bien hay fuerza en los torsos.
Dueños de sí mismos, supieron decir: hasta aquí llegamos,
esto es lo nuestro, tocarnos de este modo; con más fuerza
nos oprimen los dioses. Pero eso es cuestión de los dioses.


¡Si pudiésemos hallar también algo humano que fuera puro,
delicado y quieto, una franja de tierra fértil que nos perteneciera
entre el torrente y el pedregal! Pues el corazón
siempre nos desborda, igual que a ellos. Y ya no lo podemos
seguir mirando en imágenes que lo apaciguan,
ni en cuerpos divinos en los que aún más se contiene.

 (Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo. Elegías de Duino. Lima: Nido de Cuervos, 2000).




Die zweite Elegie


Jeder Engel ist schrecklich. Und dennoch, weh mir,
ansing ich euch, fast tödliche Vögel der Seele,
wissend um euch. Wohin sind die Tage Tobiae,
da der Strahlendsten einer stand an der einfachen Haustür,
zur Reise ein wenig verkleidet und schon nicht mehr furchtbar;
(Jüngling dem Jüngling, wie er neugierig hinaussah).
Träte der Erzengel jetzt, der gefährliche, hinter den Sternen
eines Schrittes nur nieder und herwärts: hochaufschlagend
erschlüg uns das eigene Herz. Wer seid ihr?


Frühe Geglückte, ihr Verwöhnten der Schöpfung,
Höhenzüge, morgenrötliche Grate
aller Erschaffung, - Pollen der blühenden Gottheit,
Gelenke des Lichtes, Gänge, Treppen, Throne,
Räume aus Wesen, Schilde aus Wonne, Tumulte
stürmisch entzückten Gefühls und plötzlich, einzeln,
Spiegel: die die entströmte eigene Schönheit
wiederschöpfen zurück in das eigene Antlitz.


Denn wir, wo wir fühlen, verflüchtigen; ach wir
atmen uns aus und dahin; von Holzglut zu Holzglut
geben wir schwächern Geruch. Da sagt uns wohl einer:
ja, du gehst mir ins Blut, dieses Zimmer, der Frühling
füllt sich mit dir... Was hilfts, er kann uns nicht halten,
wir schwinden in ihm und um ihn. Und jene, die schön sind,
o wer hält sie zurück? Unaufhörlich steht Anschein
auf in ihrem Gesicht und geht fort. Wie Tau von dem Frühgras
hebt sich das Unsre von uns, wie die Hitze von einem
heißen Gericht. O Lächeln, wohin? O Aufschaun:
neue, warme, entgehende Welle des Herzens -;
weh mir: wir sinds doch. Schmeckt denn der Weltraum,
in den wir uns lösen, nach uns? Fangen die Engel
wirklich nur Ihriges auf, ihnen Entströmtes,
oder ist manchmal, wie aus Versehen, ein wenig
unseres Wesens dabei? Sind wir in ihre
Züge soviel nur gemischt wie das Vage in die Gesichter
schwangerer Frauen? Sie merken es nicht in dem Wirbel
ihrer Rückkehr zu sich. (Wie sollten sie's merken.)


Liebende könnten, verstünden sie's, in der Nachtluft
wunderlich reden. Denn es scheint, daß uns alles
verheimlicht. Siehe, die Bäume sind; die Häuser,
die wir bewohnen, bestehn noch. Wir nur
ziehen allem vorbei wie ein luftiger Austausch.
Und alles ist einig, uns zu verschweigen, halb als
Schande vielleicht und halb als unsägliche Hoffnung.
Liebende, euch, ihr in einander Genügten,
frag ich nach uns. Ihr greift euch. Habt ihr Beweise?
Seht, mir geschiehts, daß meine Hände einander
inne werden oder daß mein gebrauchtes
Gesicht in ihnen sich schont. Das giebt mir ein wenig
Empfindung. Doch wer wagte darum schon zu sein?
Ihr aber, die ihr im Entzücken des anderen
zunehmt, bis er euch überwältigt
anfleht: nicht mehr -; die ihr unter den Händen
euch reichlicher werdet wie Traubenjahre;
die ihr manchmal vergeht, nur weil der andre
ganz überhand nimmt: euch frag ich nach uns. Ich weiß,
ihr berührt euch so selig, weil die Liebkosung verhält,
weil die Stelle nicht schwindet, die ihr, Zärtliche,
zudeckt; weil ihr darunter das reine
Dauern verspürt. So versprecht ihr euch Ewigkeit fast
von der Umarmung. Und doch, wenn ihr der ersten
Blicke Schrecken besteht und die Sehnsucht am Fenster,
und den ersten gemeinsamen Gang, ein Mal durch den Garten:
Liebende, seid ihrs dann noch? Wenn ihr einer dem andern
euch an den Mund hebt und ansetzt -: Getränk an Getränk:
o wie entgeht dann der Trinkende seltsam der


Erstaunte euch nicht auf attischen Stelen die Vorsicht
menschlicher Geste? war nicht Liebe und Abschied
so leicht auf die Schultern gelegt, als wär es aus anderm
Stoffe gemacht als bei uns? Gedenkt euch der Hände,
wie sie drucklos beruhen, obwohl in den Torsen die Kraft steht.
Diese Beherrschten wußten damit: so weit sind wirs,
dieses ist unser, uns so zu berühren; stärker
stemmen die Götter uns an. Doch dies ist Sache der Götter.


Fänden auch wir ein reines, verhaltenes, schmales
Menschliches, einen unseren Streifen Fruchtlands
zwischen Strom und Gestein. Denn das eigene Herz übersteigt uns
noch immer wie jene. Und wir können ihm nicht mehr
nachschaun in Bilder, die es besänftigen, noch in
göttliche Körper, in denen es größer sich mäßigt.

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