miércoles, 21 de enero de 2015

Cuarta Elegía de Duino
R.M. Rilke






Sobre el Presente, habitado por el Devenir o la Muerte; la vida como voluntad y representación (Schopenhauer).


Oh, árboles de la vida, ¿cuándo su invierno?
No somos uno. Ni estamos en armonía como
las aves migratorias. Rezagados y tardíos,
nos imponemos de pronto a los vientos
y en un estanque indiferente nos desplomamos.
Sabemos por igual de florecer y marchitarse.
Y en algún lugar viven aún leones que nada saben
de impotencias mientras dura su esplendor.


Pero nosotros, cuando pensamos en una cosa, por completo,
percibimos ya el despliegue de la otra. La hostilidad
nos es lo más próximo. ¿No tropiezan siempre
los amantes con los límites del otro,
ellos que se prometían holgura, caza y patria?
    Entonces, como ilustración del instante,
se nos prepara un fondo de contraste, penosamente,
para que logremos verla; pues se es muy claro
con nosotros. No conocemos el perfil
del sentimiento; solo lo que de afuera le da forma.
    ¿Quién no se sentó con miedo ante el telón de su corazón?
Se abrió de golpe: el decorado representaba una despedida.
Fácil de captar. El jardín consabido,
bamboleando suavemente: aparecía entonces el primer bailarín.
No es él. ¡Basta! Y aunque se mueva con tanta ligereza,
lleva un disfraz, y resulta que es un burgués
entrando a su casa por la cocina.
    No quiero esas máscaras a medio llenar,
mejor la marioneta. Está llena. Quiero sostener
el muñeco, los hilos y su rostro
de apariencia. Aquí. Estoy al frente.
Aunque las luces se apaguen; si me dicen:
“Nada más”; aunque desde la escena
llegue el vacío con el aire gris;
aunque ninguno de mis callados ancestros
se siente ya a mi lado, ni ninguna mujer, ni tampoco
el muchacho bizco de ojos pardos:
Pese a todo, aquí me quedo. Siempre hay algo que ver.


¿No tengo razón? Tú, padre mío, que por mí tan amarga
te supo la vida al probar la mía,
tú, que mientras yo crecía, gustabas una y otra vez
las primeras y turbias infusiones de mi deber,
y preocupado por el regusto de tan extraño futuro,
examinabas el velo que cubría mis ojos;
padre mío, tú que, desde que moriste, a menudo
dentro de mí, en mi esperanza, tienes miedo,
y renuncias a la calma, como la tienen los muertos,
a imperios de calma por causa de mi pequeño destino;
¿no tengo razón? Y ustedes, -¿no tengo razón?-,
que me amaron por el pequeño comienzo
de amor que les tuve, y del que siempre me desvié,
pues el espacio que había en su rostro,
en tanto que lo amaba, se me perdía en el espacio cósmico
donde ya no aparecían... Mientras lo quiera,
aguardaré frente al teatro de marionetas; no,
me quedaré mirándolo atentamente, hasta que mis ojos
se vean compensados con el ingreso
de un ángel actor que tire de las marionetas.
Ángel y títere: al fin llega el espectáculo.
Entonces se reúne lo que continuamente
separamos mientras existimos. Solo entonces
surge de nuestras estaciones el ciclo
de la total transformación. Pues por encima de nosotros
actúa el ángel. Mira, los moribundos
no deberían sospechar cuán lleno de pretextos
se halla todo lo que aquí realizamos. Ninguna cosa
es ella misma. Ah, horas de la infancia,
cuando detrás de las figuras había algo más
que pasado y frente a nosotros no existía el porvenir.
Cierto es que crecíamos y que a veces nos apurábamos
para llegar pronto a ser mayores, un poco a causa
de los que no exhibían otra cosa que el ser grandes.
Y, sin embargo, en nuestro ir a solas,
disfrutábamos de lo duradero, quedándonos ahí,
en el intersticio entre juguete y mundo,
en un lugar que desde el inicio
fue fundado para un puro tránsito.


¿Quién mostrará un niño tal como está? ¿Quién lo colocará
en las estrellas poniendo en su mano la medida
de la distancia? ¿Quién amasará la muerte de un niño
con ese pan gris, que se endurece, o la introducirá
en la boca redonda, como el corazón
de una bella manzana...? Es fácil reconocer
al asesino. Pero esto: albergar la muerte,
la muerte entera, aún ante la vida,
así, tan dulcemente, sin una queja,
eso es indescriptible.

(Traducción del español de Renato Sandoval Bacigalupo. Elegías de Duino. Lima: Nido de Cuervos, 2000)





 

DIE VIERTE ELEGIE

O Bäume Lebens, o wann winterlich?
Wir sind nicht einig. Sind nicht wie die Zug-
vögel verständigt. Überholt und spät,
so drängen wir uns plötzlich Winden auf
und fallen ein auf teilnahmslosen Teich.
Blühn und verdorrn ist uns zugleich bewußt.
Und irgendwo gehn Löwen noch und wissen,
solang sie herrlich sind, von keiner Ohnmacht.


Uns aber, wo wir Eines meinen, ganz,
ist schon des andern Aufwand fühlbar. Feindschaft
ist uns das Nächste. Treten Liebende
nicht immerfort an Ränder, eins im andern,
die sich versprachen Weite, Jagd und Heimat.
Da wird für eines Augenblickes Zeichnung
ein Grund von Gegenteil bereitet, mühsam,
daß wir sie sähen; denn man ist sehr deutlich
mit uns. Wir kennen den Kontur
des Fühlens nicht: nur, was ihn formt von außen.
Wer saß nicht bang vor seines Herzens Vorhang?
Der schlug sich auf: die Szenerie war Abschied.
Leicht zu verstehen. Der bekannte Garten,
und schwankte leise: dann erst kam der Tänzer.
Nicht der. Genug! Und wenn er auch so leicht tut,
er ist verkleidet und er wird ein Bürger
und geht durch seine Küche in die Wohnung.
Ich will nicht diese halbgefüllten Masken,
lieber die Puppe. Die ist voll. Ich will
den Balg aushalten und den Draht und ihr
Gesicht aus Aussehn. Hier. Ich bin davor.
Wenn auch die Lampen ausgehn, wenn mir auch
gesagt wird: Nichts mehr -, wenn auch von der Bühne
das Leere herkommt mit dem grauen Luftzug,
wenn auch von meinen stillen Vorfahrn keiner
mehr mit mir dasitzt, keine Frau, sogar
der Knabe nicht mehr mit dem braunen Schielaug:
Ich bleibe dennoch. Es giebt immer Zuschaun.


Hab ich nicht recht? Du, der um mich so bitter
das Leben schmeckte, meines kostend, Vater,
den ersten trüben Aufguß meines Müssens,
da ich heranwuchs, immer wieder kostend
und, mit dem Nachgeschmack so fremder Zukunft
beschäftigt, prüftest mein beschlagnes Aufschaun, -
der du, mein Vater, seit du tot bist, oft
in meiner Hoffnung, innen in mir, Angst hast,
und Gleichmut, wie ihn Tote haben, Reiche
von Gleichmut, aufgiebst für mein bißchen Schicksal,
hab ich nicht recht? Und ihr, hab ich nicht recht,
die ihr mich liebtet für den kleinen Anfang
Liebe zu euch, von dem ich immer abkam,
weil mir der Raum in eurem Angesicht,
da ich ihn liebte, überging in Weltraum,
in dem ihr nicht mehr wart....: wenn mir zumut ist,
zu warten vor der Puppenbühne, nein,
so völlig hinzuschaun, daß, um mein Schauen
am Ende aufzuwiegen, dort als Spieler
ein Engel hinmuß, der die Bälge hochreißt.
Engel und Puppe: dann ist endlich Schauspiel.
Dann kommt zusammen, was wir immerfort
entzwein, indem wir da sind. Dann entsteht
aus unsern Jahreszeiten erst der Umkreis
des ganzen Wandelns. Über uns hinüber
spielt dann der Engel. Sieh, die Sterbenden,
sollten sie nicht vermuten, wie voll Vorwand
das alles ist, was wir hier leisten. Alles
ist nicht es selbst. O Stunden in der Kindheit,
da hinter den Figuren mehr als nur
Vergangnes war und vor uns nicht die Zukunft.
Wir wuchsen freilich und wir drängten manchmal,
bald groß zu werden, denen halb zulieb,
die andres nicht mehr hatten, als das Großsein.
Und waren doch, in unserem Alleingehn,
mit Dauerndem vergnügt und standen da
im Zwischenraume zwischen Welt und Spielzeug,
an einer Stelle, die seit Anbeginn
gegründet war für einen reinen Vorgang.


Wer zeigt ein Kind, so wie es steht? Wer stellt
es ins Gestirn und giebt das Maß des Abstands
ihm in die Hand? Wer macht den Kindertod
aus grauem Brot, das hart wird, - oder läßt
ihn drin im runden Mund, so wie den Gröps
von einem schönen Apfel? Mörder sind
leicht einzusehen. Aber dies: den Tod,
den ganzen Tod, noch vor dem Leben so
sanft zu enthalten und nicht bös zu sein,
ist unbeschreiblich.

No hay comentarios:

Publicar un comentario