martes, 20 de enero de 2015



Tercera Elegía de Duino
R.M. Rilke 



"Ídolo eterno", de Auguste Rodin.




Una cosa es cantarle a la amada, y otra, ay,

cantarle a ese oculto y culpable dios-río de la sangre.

A aquel que ella reconoce desde lejos, a su mancebo, lo que él mismo

sabe del Señor del Placer, el que a menudo desde su soledad

-antes de que la joven lo calmase, tantas veces como si ella no existiera-,

erguía la divina cabeza, oh, de no sé qué goteante reconditez,

llamando la noche a una rebelión sin fin.

Oh, Neptuno de la sangre, oh, su temible tridente.

Oh, sombrío viento de su pecho surgiendo de retorcida caracola.

Oye cómo la noche se comba y ahueca. Estrellas, ¿desciende

de ustedes el placer del amante hasta el rostro

de su amada? ¿No tiene él desde el astro puro

el atisbo íntimo de la claridad de su semblante?





Ni tú, ay, ni su madre

le han tensado así el arco de sus cejas en la espera.

Ni ante ti, muchacha que lo sentías, ni ante ti

se curvaron sus labios en una expresión más fecunda.

¿De veras crees que tu leve paso lo habría estremecido,

tú que cambias como brisa de primavera?

Sí que aterraste su corazón; pero miedos más antiguos

se precipitaron en él con el golpe de tu contacto.

Llámalo... Tu llamado no se origina del todo en la sombría relación.

Claro, él lo quiere, y se evade; aliviado, se instala

en tu secreto corazón, y allí se toma y se empieza.

¿Pero es que se empezó a sí mismo alguna vez?

Madre, lo hiciste pequeño, tú fuiste quien lo empezó;

para ti él era nuevo, tú inclinaste sobre los ojos nuevos

el mundo amable y le apartaste el extraño.

¿Dónde, ay, quedaron los años cuando solo

con tu esbelta figura lo defendías del caos ondulante?

Tantas cosas le ocultabas; al receloso cuarto nocturno

inofensivo lo volvías; desde tu corazón, lleno de amparo,

fundiste su espacio nocturno con otro más humano.

No en las tinieblas, no, sino en tu más próxima existencia

has colocado la lumbre, resplandeciendo como por amistad.

Nunca un crujido que no explicaras sonriendo,

como si desde siempre supieras por qué crujía el piso.

Y él escuchaba y se calmaba. Cuánto podía

ese levantarte tuyo con ternura; tras el alto armario colgaba

en el abrigo su destino, y entre los pliegues de la cortina,

suavemente diferido, reposaba su inquieto futuro.





            Y él mismo, tendido, aliviado, bajo

adormecidos párpados y la dulzura de tus leves maneras

diluyéndose en sabroso sueño,

¡tan custodiado parecía!...Pero adentro: ¿quién lo defendía,

quién controlaba los batientes flujos de su origen?

Ah, ningún cuidado asaltaba al dormido; durmiendo

pero en ensueños, afiebrado: ¡cómo se entregaba!

Él, el nuevo, el temeroso, qué entrelazado

estaba con los proliferantes racimos de su desarrollo interior,

ya enredados con los orígenes, con un crecimiento asfixiante,

con formas salvajemente acosadoras. ¡Cómo se ofrecía! Amaba.

Amaba su interior, su floresta interior,

esa jungla primigenia que había en él, sobre cuyas mudas ruinas

con verde luz se erguía su corazón. Amaba. Lo abandonó saliendo

por sus propias raíces hacia una fuente prodigiosa,

de donde había surgido su pequeño nacimiento. Amando,

descendió a la sangre más antigua, a los abismos,

donde yacía lo terrible, aún ahíto de sus ancestros. Y todo

lo terrible lo conocía, le hacía guiños, parecía conforme.

Sí, lo horrible sonreía... Tan pocas veces, madre,

le has sonreído con más ternura. ¿Cómo no

iba a amar eso, si le sonreía? Antes que a ti

lo ha amado, pues cuando lo llevabas en tu seno,

estaba ya disuelto en el agua que hace leve a todo germen.





            Mira, no nos amamos como lo hacen las flores

a lo largo del año; cuando amamos nos asciende

a los brazos una savia inmemorial. Oh, muchacha,

esto: el que en nosotros amemos, no a alguien, a un ser venidero, sino

a lo que innumerable se fermenta; no a un hijo solo,

sino a los ancestros, que como ruinas de montañas

reposan en nuestro fondo; sino el cauce seco

de antiguas madres; sino todo

el paisaje mudo bajo el hado claro

o nebuloso: esto, muchacha, antes que tú ha llegado.





Y tú misma, ¿qué sabes tú? Hiciste

que el pasado despertase en el amante. ¿Qué de sentimientos

no se habrán desencadenado desde aquellos seres ya desaparecidos? ¿Cuántas mujeres no te habrán odiado entonces? ¿A qué hombres oscuros

no habrás excitado en las venas del muchacho? Niños

muertos querían ir hacia ti... Oh, suave, suavemente

dale una grata y sincera tarea cotidiana. Condúcelo

hasta el jardín, confiérele la primacía

de las noches...

                       Deténlo...



(Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo. Elegías de Duino. Lima: Editorial Nido de Cuervos, 2000)








DIE DRITTE ELEGIE

Eines ist, die Geliebte zu singen. Ein anderes, wehe,
jenen verborgenen schuldigen Fluß-Gott des Bluts.
Den sie von weitem erkennt, ihren Jüngling, was weiß er
selbst von dem Herren der Lust, der aus dem Einsamen oft,
ehe das Mädchen noch linderte, oft auch als wäre sie nicht,
ach, von welchem Unkenntlichen triefend, das Gotthaupt
aufhob, aufrufend die Nacht zu unendlichem Aufruhr.
O des Blutes Neptun, o sein furchtbarer Dreizack.
O der dunkele Wind seiner Brust aus gewundener Muschel.
Horch, wie die Nacht sich muldet und höhlt. Ihr Sterne,
stammt nicht von euch des Liebenden Lust zu dem Antlitz
seiner Geliebten? Hat er die innige Einsicht
in ihr reines Gesicht nicht aus dem reinen Gestirn?


Du nicht hast ihm, wehe, nicht seine Mutter
hat ihm die Bogen der Braun so zur Erwartung gespannt.
Nicht an dir, ihn fühlendes Mädchen, an dir nicht
bog seine Lippe sich zum fruchtbarern Ausdruck.
Meinst du wirklich, ihn hätte dein leichter Auftritt
also erschüttert, du, die wandelt wie Frühwind?
Zwar du erschrakst ihm das Herz; doch ältere Schrecken
stürzten in ihn bei dem berührenden Anstoß.
Ruf ihn... du rufst ihn nicht ganz aus dunkelem Umgang.
Freilich, er will, er entspringt; erleichtert gewohnt er
sich in dein heimliches Herz und nimmt und beginnt sich.
Aber begann er sich je?
Mutter, du machtest ihn klein, du warsts, die ihn anfing;
dir war er neu, du beugtest über die neuen
Augen die freundliche Welt und wehrtest der fremden.
Wo, ach, hin sind die Jahre, da du ihm einfach
mit der schlanken Gestalt wallendes Chaos vertratst?
Vieles verbargst du ihm so; das nächtlich-verdächtige Zimmer
machtest du harmlos, aus deinem Herzen voll Zuflucht
mischtest du menschlichern Raum seinem Nacht-Raum hinzu.
Nicht in die Finsternis, nein, in dein näheres Dasein
hast du das Nachtlicht gestellt, und es schien wie aus
Freundschaft.
Nirgends ein Knistern, das du nicht lächelnd erklärtest,
so als wüßtest du längst, wann sich die Diele benimmt...
Und er horchte und linderte sich. So vieles vermochte
zärtlich dein Aufstehn; hinter den Schrank trat
hoch im Mantel sein Schicksal, und in die Falten des Vorhangs
paßte, die leicht sich verschob, seine unruhige Zukunft.


Und er selbst, wie er lag, der Erleichterte, unter
schläfernden Lidern deiner leichten Gestaltung
Süße lüsend in den gekosteten Vorschlaf -:
schien ein Gehüteter... Aber innen: wer wehrte,
hinderte innen in ihm die Fluten der Herkunft?
Ach, da war keine Vorsicht im Schlafenden; schlafend,
aber träumend, aber in Fiebern: wie er sich ein-ließ.
Er, der Neue, Scheuende, wie er verstrickt war,
mit des innern Geschehns weiterschlagenden Ranken
schon zu Mustern verschlungen, zu würgendem Wachstum, zu tierhaft
jagenden Formen. Wie er sich hingab -. Liebte.
Liebte sein Inneres, seines Inneren Wildnis,
diesen Urwald in ihm, auf dessen stummem Gestürztsein
lichtgrün sein Herz stand. Liebte. Verließ es, ging die
eigenen Wurzeln hinaus in gewaltigen Ursprung,
wo seine kleine Geburt schon überlebt war. Liebend
stieg er hinab in das ältere Blut, in die Schluchten,
wo das Furchtbare lag, noch satt von den Vätern. Und jedes
Schreckliche kannte ihn, blinzelte, war wie verständigt.
Ja, das Entsetzliche lächelte ... Selten
hast du so zärtlich gelächelt, Mutter. Wie sollte
er es nicht lieben, da es ihm lächelte. Vor dir
hat ers geliebt, denn, da du ihn trugst schon,
war es im Wasser gelöst, das den Keimenden leicht macht.


Siehe, wir lieben nicht, wie die Blumen, aus einem
einzigen Jahr; uns steigt, wo wir lieben,
unvordenklicher Saft in die Arme. O Mädchen,
dies: daß wir liebten in uns, nicht Eines, ein Künftiges, sondern
das zahllos Brauende; nicht ein einzelnes Kind,
sondern die Väter, die wie Trümmer Gebirgs
uns im Grunde beruhn; sondern das trockene Flußbett
einstiger Mütter -; sondern die ganze
lautlose Landschaft unter dem wolkigen oder
reinen Verhängnis -: dies kam dir, Mädchen, zuvor.


Und du selber, was weißt du -, du locktest
Vorzeit empor in dem Liebenden. Welche Gefühle
wühlten herauf aus entwandelten Wesen. Welche
Frauen haßten dich da. Was für finstere Männer
regtest du auf im Geäder des Jünglings? Tote
Kinder wollten zu dir... O leise, leise,
tu ein liebes vor ihm, ein verläßliches Tagwerk, - führ ihn
nah an den Garten heran, gieb ihm der Nächte
Übergewicht ...
Verhalt ihn...

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