viernes, 23 de enero de 2015



Sétima elegía de Duino
R.M. Rilke


 
(La poesía como medio adecuado para lograr la ascensión. Imagen: detalle de "Los burgueses de Calais", de Auguste Rodin.)




No supliques, no; no suplicar ya, voz desmesurada,
es la naturaleza de tu grito, que en verdad es puro como el ave
al que la estación eleva, subiendo, casi olvidando
que es un animal atribulado y no solo un corazón solitario
que ella arroja en la calma, en el íntimo cielo. Así como el ave,
-no menos sin duda- atraerías a la amiga, a la callada y aún invisible, para que ella te descubriera, y en la que lentamente una respuesta
se despierta encendiéndose al escucharte,
inflamada por tu abrasada pasión.


Oh, y la primavera comprendería que allí no hay lugar
que no lleve la voz de la anunciación. Primero aquel pequeño
rumor interrogante al que un día franco y puro
con calma creciente rodea de silencio.
Luego los peldaños que ascienden atendiendo el llamado
del soñado templo del futuro; y después el trino, la fuente
que con rayos impetuosos anticipan ahora la caída
en un juego promisorio... Y ante sí, el estío.
            No solo todas las mañanas del estío; no solo
cómo se transforman en día resplandeciendo antes de empezar.
No solo los días que se enternecen alrededor de las flores y, en lo alto,
fuertes y poderosos en torno al perfil de los árboles.
No solo el fervor de estas fuerzas desplegadas,
no solo los caminos, no solo los prados del atardecer,
no solo, tras el tardío temporal, el ser claro que respira,
no solo el sueño próximo y un presagio en la penumbra...
¡sino las noches! Sino las altas noches del estío,
sino las estrellas, las estrellas de la tierra.
¡Oh, estar muerto alguna vez y saberlas infinitas,
a todas las estrellas!: ¿cómo, pues, cómo, cómo olvidarlas?


Mira, entonces llamaría a la amante. Pero no vendría solo ella...
De frágiles tumbas otras jóvenes
saldrían y se erguirían... Pues, ¿cómo, sí, cómo puedo limitar yo
mi sonoro llamado? Las que se hundieron aún siguen buscando
esta tierra. Niñas, una cosa tomada de aquí valdría por muchas.
No crean que el destino solo es la solidez de la infancia;
cuántas veces no habrán adelantado al amado, jadeando,
jadeando en carrera feliz hacia los espacios abiertos.


 ¡Qué bueno es estar aquí! Muchachas, también ustedes lo sabían,
y que al parecer se hundieron, desvalidas y supurantes, en las callejas
más ruines de la ciudad, o bien en el vasto muladar. Pues a cada una
se le concedió una hora, tal vez ni siquiera una, un instante
entre dos instantes, mensurable apenas con las medidas del tiempo;
y allí tuvieron todas una existencia. Todas. Las venas henchidas de existencia. Solo nosotros olvidamos tan fácilmente lo que el prójimo,
en medio de risas, no nos confirma ni nos envidia. Ante todos
queremos destacarlo, pero la dicha más visible
solo se nos revela si en nosotros la transformamos.


En ningún lugar, amada, existirá el mundo sino adentro.
Nuestra vida pasa, transformándose. Y, cada vez más pequeño,
lo exterior se desvanece. Donde antes había una casa duradera,
surge ahora una creación mental, sesgada, por completo imaginaria,
como si toda ella estuviese aún en el cerebro.
Vastas reservas de energía se ha construido el espíritu de la época,
amorfo como el tenso impulso que él de todo obtiene.
Ya no conoce el templo. Con el mayor disimulo, ocultamos
este despilfarro del corazón. Sí, allí donde aún una cosa perdura,
una cosa alguna vez implorada, atendida, reverenciada,
se recoge ya, tal como es, en lo invisible.
Muchos ya no reparan en ella, pero sin la ventaja
de edificarla interiormente, con estatuas y pilastras, ¡más grande!


           Cada giro insensible del mundo tiene tales desheredados
que no poseen el pasado ni lo que estará por venir.
Pues hasta lo más próximo se halla lejos de los hombres. Esto no nos debe
perturbar; que en nosotros, pues, se preserve
la forma aún reconocida. Alguna vez ésta estuvo entre los hombres,
en medio del destino, en medio de ese no-saber-a-dónde, como existiendo,
inclinando las estrellas hacia sí desde los seguros cielos. Ángel,
a ti te la muestro todavía. ¡Aquí está! Ante tus ojos,
por fin a salvo, al fin en pie.
Columnas, pórticos, la Esfinge, el impulso afanoso
de la gris catedral sobre una extraña ciudad en ruinas.


¿No fue un milagro? Oh, ángel, asómbrate, pues nosotros lo somos,
nosotros; oh tú, el Grande. Proclámalo, di que fuimos capaces
de estas cosas, mi aliento no alcanza a celebrarlo. Pese a todo,
no hemos desperdiciado estos espacios, estos espacios generosos,
estos espacios nuestros. (¡Cuán terriblemente grandes deben de ser,
cuando milenios de nuestro sentir no logran desbordarlos!)
Pero había una torre grandiosa, ¿no es cierto? Oh ángel, lo era;
¿no era grandiosa aun a tu lado? Chartres era grande; y la música
muy alto se encumbraba y nos excedía. Pero una amante,
oh, ella sola en la ventana nocturna..., ¿no te llegaba a las rodillas?
                                               No creas que suplico.
Ángel, y aunque te suplicara, tú no vendrías. Pues mi clamor
siempre está lleno de partida; contra corriente tan poderosa
no puedes avanzar. Como un brazo extendido
es mi llamado. Y su mano abierta
ante ti se queda suspendida,
abierta como advertencia o rechazo,
tan abierta..., inasible.

(Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo. Elegías de Duino. Lima: Nido de Cuervos, 2000)





DIE SIEBENTE ELEGIE

Werbung nicht mehr, nicht Werbung, entwachsene Stimme,
sei deines Schreies Natur; zwar schrieest du rein wie der Vogel,
wenn ihn die Jahreszeit aufhebt, die steigende, beinah vergessend,
daß er ein kümmerndes Tier und nicht nur ein einzelnes Herz sei,
das sie ins Heitere wirft, in die innigen Himmel. Wie er, so
würbest du wohl, nicht minder -, daß, noch unsichtbar,
dich die Freundin erführ, die stille, in der eine Antwort
langsam erwacht und über dem Hören sich anwärmt, -
deinem erkühnten Gefühl die erglühte Gefühlin.


O und der Frühling begriffe -, da ist keine Stelle,
die nicht trüge den Ton der Verkündigung. Erst jenen kleinen
fragenden Auflaut, den, mit steigernder Stille,
weithin umschweigt ein reiner bejahender Tag.
Dann die Stufen hinan, Ruf-Stufen hinan, zum geträumten
Tempel der Zukunft -; dann den Triller, Fontäne,
die zu dem drängenden Strahl schon das Fallen zuvornimmt
im versprechlichen Spiel.... Und vor sich, den Sommer.


Nicht nur die Morgen alle des Sommers -, nicht nur
wie sie sich wandeln in Tag und strahlen vor Anfang.
Nicht nur die Tage, die zart sind um Blumen, und oben,
um die gestalteten Bäume, stark und gewaltig.
Nicht nur die Andacht dieser entfalteten Kräfte,
nicht nur die Wege, nicht nur die Wiesen im Abend,
nicht nur, nach spätem Gewitter, das atmende Klarsein,
nicht nur der nahende Schlaf und ein Ahnen, abends...
sondern die Nächte! Sondern die hohen, des Sommers,
Nächte, sondern die Sterne, die Sterne der Erde.
O einst tot sein und sie wissen unendlich,
alle die Sterne: denn wie, wie, wie sie vergessen!


Siehe, da rief ich die Liebende. Aber nicht sie nur
käme... Es kämen aus schwächlichen Gräbern
Mädchen und ständen... Denn, wie beschränk ich,
wie, den gerufenen Ruf? Die Versunkenen suchen
immer noch Erde. - Ihr Kinder, ein hiesig
einmal ergriffenes Ding gälte für viele.
Glaubt nicht, Schicksal sei mehr, als das Dichte der Kindheit;
wie überholtet ihr oft den Geliebten, atmend,
atmend nach seligem Lauf, auf nichts zu, ins Freie.


Hiersein ist herrlich. Ihr wußtet es, Mädchen, ihr auch,
die ihr scheinbar entbehrtet, versankt -, ihr, in den ärgsten
Gassen der Städte, Schwärende, oder dem Abfall
Offene. Denn eine Stunde war jeder, vielleicht nicht
ganz eine Stunde, ein mit den Maßen der Zeit kaum
Meßliches zwischen zwei Weilen -, da sie ein Dasein
hatte. Alles. Die Adern voll Dasein.
Nur, wir vergessen so leicht, was der lachende Nachbar
uns nicht bestätigt oder beneidet. Sichtbar
wollen wirs heben, wo doch das sichtbarste Glück uns
erst zu erkennen sich giebt, wenn wir es innen verwandeln.


Nirgends, Geliebte, wird Welt sein, als innen. Unser
Leben geht hin mit Verwandlung. Und immer geringer
schwindet das Außen. Wo einmal ein dauerndes Hauswar,
schlägt sich erdachtes Gebild vor, quer, zu Erdenklichem
völlig gehörig, als ständ es noch ganz im Gehirne.
Weite Speicher der Kraft schafft sich der Zeitgeist, gestaltlos
wie der spannende Drang, den er aus allem gewinnt.
Tempel kennt er nicht mehr. Diese, des Herzens, Verschwendung
sparen wir heimlicher ein. Ja, wo noch eins übersteht,
ein einst gebetetes Ding, ein gedientes, geknietes -,
hält es sich, so wie es ist, schon ins Unsichtbare hin.
Viele gewahrens nicht mehr, doch ohne den Vorteil,
daß sie's nun innerlich baun, mit Pfeilern und Statuen, größer!


Jede dumpfe Umkehr der Welt hat solche Enterbte,
denen das Frühere nicht und noch nicht das Nächste gehört.
Denn auch das Nächste ist weit für die Menschen. Uns soll
dies nicht verwirren; es stärke in uns die Bewahrung
der noch erkannten Gestalt. - Dies stand einmal unter Menschen,
mitten im Schicksal stands, im vernichtenden, mitten
im Nichtwissen-Wohin stand es, wie seiend, und bog
Sterne zu sich aus gesicherten Himmeln. Engel,
dir noch zeig ich es, da! in deinem Anschaun
steh es gerettet zuletzt, nun endlich aufrecht.
Säulen, Pylone, der Sphinx, das strebende Stemmen,
grau aus vergehender Stadt oder aus fremder, des Dorns.


War es nicht Wunder? O staune, Engel, denn wir sinds,
wir, o du Großer, erzähls, daß wir solches vermochten, mein Atem
reicht für die Rühmung nicht aus. So haben wir dem noch
nicht die Räume versäumt, diese gewährenden, diese
unseren Räume. (Was müssen sie fürchterlich groß sein,
da sie Jahrtausende nicht unseres Fühlns überfülln.)
Aber ein Turm war groß, nicht wahr? O Engel, er war es, -
groß, auch noch neben dir? Chartres war groß -, und Musik
reichte noch weiter hinan und überstieg uns. Doch selbst nur
eine Liebende -, oh, allein am nächtlichen Fenster....
reichte sie dir nicht ans Knie -?
                                                        Glaub nicht, daß ich werbe.
Engel, und würb ich dich auch! Du kommst nicht. Denn mein
Anruf ist immer voll Hinweg; wider so starke
Strömung kannst du nicht schreiten. Wie ein gestreckter
Arm ist mein Rufen. Und seine zum Greifen
oben offene Hand bleibt vor dir
offen, wie Abwehr und Warnung,
Unfaßlicher, weitauf.


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