domingo, 25 de enero de 2015



Novena Elegía de Duino
R.M. Rilke


(Sobre la transformación, mediante la Poesía, de todo lo existente para alcanzar la dicha y la tan ansiada trascendencia).
 

Cataratas de Iguazú

 NOVENA ELEGÍA





¿Por qué pues, si cabe, no pasar el plazo de la existencia

como el laurel, un poco más sombrío que cualquier

otro verde, con pequeñas ondas en cada borde

(como la sonrisa de un viento)?: ¿por qué, pues,

ese humano quehacer y, rehuyendo el destino,

anhelar destino?





                                   Oh, no porque haya dicha,

esa precipitada ganancia de una pérdida reciente:

No por curiosidad ni por ejercitar el corazón,

que también estaría en el laurel...





Sino porque hay mucho estar aquí y porque al parecer

todo lo de aquí nos necesita, lo que es efímero

y que rara vez nos incumbe. A nosotros, los más efímeros.

Una vez cada cosa, solo una vez y no más. Una vez

también nosotros. Y no otra. Pero ese

haber sido una vez, aunque no sea más que una:

ese haber sido terrenal no parece revocable.





Y así nos afanamos y queremos realizarlo,

queremos contenerlo en nuestras sencillas manos,

en la mirada rebosante y en el callado corazón.

Queremos hacerlo nuestro. ¿Para dárselo a quién? Mejor sería

conservarlo para siempre. Ay, y al otro reino,

¿qué se lleva uno allí? No la mirada que aquí

lentamente aprendimos ni ningún suceso. Nada.

Pero sí el dolor. Y sobre todo el peso de ser,

y la prolongada experiencia del amor, y

lo sonoramente indecible. Pero después,

bajo las estrellas, ¿de qué nos sirve? Ellas son aún más inefables.

Porque el caminante que viene de las laderas

tampoco lleva al valle un puñado de tierra, inefable para todos,

sino una palabra pura, merecida, la flor genciana

azul y amarilla. Acaso estemos aquí para decir: casa,

puente, manantial, pórtico, cántaro, árbol de frutas, ventana;

y a lo más: columna, torre... pero para decirlo, entiéndelo,

para decirlo así, del modo como las cosas mismas,

en su intimidad, nunca creyeron serlo. ¿No es acaso un secreto ardid

de esta silenciada tierra cuando estimula a los amantes

a que todas las cosas se transfiguren en su propio sentimiento?

Umbral: qué más da que dos

amantes gasten un poco el umbral

más vetusto de su puerta, así como los muchos

que los precedieron, y antes de los que los sucederán..., suavemente.





Éste es el tiempo de lo comunicable, aquí está su hogar.

Habla y proclama. Más que nunca

las cosas se precipitan, aquellas que se viven, pues

lo que las suprime y remplaza es una acción sin imagen.

Acción bajo las costras estallando de buena gana,

tan pronto como otro acto huye de su interior y de modo distinto se limita.

Entre los martillos persiste

nuestro corazón, como la lengua

entre los dientes, que pese a todo

continúa en alabanza.





Alabe al ángel el mundo, no el inefable; ante él

no puedes jactarte del esplendor que has sentido;

en el cosmos que él siente con mayor fuerza, tú eres un advenedizo.

Por eso muéstrale una cosa sencilla que, formada a través de las generaciones, vive como cosa nuestra, junto a la mano y en la mirada.

Dile las cosas. Se quedará pasmado, igual que lo estabas tú

frente al cordelero de Roma o al alfarero del Nilo.

Muéstrale lo feliz que puede ser una cosa, cuán nuestra

y libre de culpa; cómo hasta el dolor lastimero se resuelve,

puro, por la forma, sirve de cosa o muere en una cosa, y dichoso

se evade más allá del violín. Y estas cosas que viven al paso

comprenden que las celebres; fugaces,

nos confían su salvación a nosotros, los más fugaces de todos.

Quieren que las transformemos en nuestros corazones invisibles,

¡oh, infinitamente, en nosotros! Sin importar lo que a la postre seamos.

            Tierra, ¿no es esto lo que quieres: resucitar

invisible en nosotros? ¿No es éste tu sueño:

hacerte una vez invisible? ¡Tierra! ¡Invisible!

Si no es la transformación, ¿cuál es entonces tu imperioso mensaje?

Tierra, amada, yo lo quiero. Oh, créeme, ya no hacían falta

tus primaveras para que me ganaras; una,

una sola es demasiado ya para mi sangre.

Desde lejos y sin nombre he resuelto morar en ti.
Siempre tuviste la razón y tu sagrada ocurrencia

es la muerte amiga.





Mira, estoy viviendo. ¿De qué? Ni la infancia ni el futuro

se apocarán. Existencia desbordante

brota ahora de mi corazón.




(Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo- Elegías de Duino. Lima: Nido de Cuervos, 2000)









DIE NEUNTE ELEGIE



Warum, wenn es angeht, also die Frist des Daseins
hinzubringen, als Lorbeer, ein wenig dunkler als alles
andere Grün, mit kleinen Wellen an jedem
Blattrand (wie eines Windes Lächeln) –: warum dann
Menschliches müssen – und, Schicksal vermeidend,
sich sehnen nach Schicksal?. . .

Oh, nicht, weil Glück ist,
dieser voreilige Vorteil eines nahen Verlusts.
Nicht aus Neugier, oder zur Übung des Herzens,
das auch im Lorbeer wäre . . . . .


Aber weil Hiersein viel ist, und weil uns scheinbar
alles das Hiesige braucht, dieses Schwindende, das
seltsam uns angeht. Uns, die Schwindendsten. Ein Mal
jedes, nur ein Mal. Ein Mal und nichtmehr. Und wir auch
ein Mal. Nie wieder. Aber dieses
ein Mal gewesen zu sein, wenn auch nur ein Mal:
irdisch gewesen zu sein, scheint nicht widerrufbar.


Und so drängen wir uns und wollen es leisten,
wollens enthalten in unsern einfachen Händen,
im überfüllteren Blick und im sprachlosen Herzen.
Wollen es werden. – Wem es geben? Am liebsten
alles behalten für immer . . . Ach, in den andern Bezug,
wehe, was nimmt man hinüber? Nicht das Anschaun, das hier
langsam erlernte, und kein hier Ereignetes. Keins.
Also die Schmerzen. Also vor allem das Schwersein,
also der Liebe lange Erfahrung, – also
lauter Unsägliches. Aber später,
unter den Sternen, was solls: die sind besser unsäglich.
Bringt doch der Wanderer auch vom Hange des Bergrands
nicht eine Hand voll Erde ins Tal, die Allen unsägliche, sondern
ein erworbenes Wort, reines, den gelben und blaun
Enzian. Sind wir vielleicht hier, um zu sagen: Haus,
Brücke, Brunnen, Tor, Krug, Obstbaum, Fenster, –
höchstens: Säule, Turm . . . aber zu sagen, verstehs,
oh zu sagen so, wie selber die Dinge niemals
innig meinten zu sein. Ist nicht die heimliche List
dieser verschwiegenen Erde, wenn sie die Liebenden drängt,
daß sich in ihrem Gefühl jedes und jedes entzückt?
Schwelle: was ists für zwei
Liebende, daß sie die eigne ältere Schwelle der Tür
ein wenig verbrauchen, auch sie, nach den vielen vorher
und vor den Künftigen . . . ., leicht.


Hier ist des Säglichen Zeit, hier seine Heimat.
Sprich und bekenn. Mehr als je
fallen die Dinge dahin, die erlebbaren, denn,
was sie verdrängend ersetzt, ist ein Tun ohne Bild.
Tun unter Krusten, die willig zerspringen, sobald
innen das Handeln entwächst und sich anders begrenzt.
Zwischen den Hämmern besteht
unser Herz, wie die Zunge
zwischen den Zähnen, die doch,
dennoch, die preisende bleibt.


Preise dem Engel die Welt, nicht die unsägliche, ihm
kannst du nicht großtun mit herrlich Erfühltem; im Weltall,
wo er fühlender fühlt, bist du ein Neuling. Drum zeig
ihm das Einfache, das von Geschlecht zu Geschlechtern gestaltet,
als ein Unsriges lebt, neben der Hand und im Blick.
Sag ihm die Dinge. Er wird staunender stehn; wie du standest
bei dem Seiler in Rom, oder beim Töpfer am Nil.
Zeig ihm, wie glücklich ein Ding sein kann, wie schuldlos und unser,
wie selbst das klagende Leid rein zur Gestalt sich entschließt,
dient als ein Ding, oder stirbt in ein Ding –, und jenseits
selig der Geige entgeht. – Und diese, von Hingang
lebenden Dinge verstehn, daß du sie rühmst; vergänglich,
traun sie ein Rettendes uns, den Vergänglichsten, zu.
Wollen, wir sollen sie ganz im unsichtbarn Herzen verwandeln
in – o unendlich – in uns! Wer wir am Ende auch seien.


Erde, ist es nicht dies, was du willst: unsichtbar
in uns erstehn? – Ist es dein Traum nicht,
einmal unsichtbar zu sein? – Erde! unsichtbar!
Was, wenn Verwandlung nicht, ist dein drängender Auftrag?
Erde, du liebe, ich will. Oh glaub, es bedürfte
nicht deiner Frühlinge mehr, mich dir zu gewinnen –, einer,
ach, ein einziger ist schon dem Blute zu viel.
Namenlos bin ich zu dir entschlossen, von weit her.
Immer warst du im Recht, und dein heiliger Einfall
ist der vertrauliche Tod.


Siehe, ich lebe. Woraus? Weder Kindheit noch Zukunft
werden weniger . . . . . Überzähliges Dasein
entspringt mir im Herzen.


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