jueves, 22 de enero de 2015

Quinta Elegía de Duino
R.M. Rilke





El mundo como apariencia y espectáculo. La existencia como pregunta sobre el futuro y ansias de utopía. Imagen: "Saltimbanquis" (1905), de Picasso, cuadro en que se inspiró este poema.


            Para Hertha Koenig


Pero dime quiénes son los que deambulan, esos
aún un poco más fugitivos que nosotros,
tan tempranamente urgidos por una voluntad de amar
-a quién, a quién- que los atormenta. Los estruja,
los dobla, los trenza y los iza,
arrojándolos y recogiéndolos; como desde un aire
más pulido y resbaladizo ellos descienden
a la raída alfombra, ahora más frágil todavía
por sus saltos eternos, a esta alfombra
perdida en el cosmos,
pegada como un parche, como si allí
lo hubiera herido el cielo suburbano.
            Y allí mismo,
rígida y señalada, la gran letra inicial
de la presencia...; y también la mano inevitable
que de broma vuelve a estrujar a los más poderosos,
así como durante la comida Augusto, El Fuerte,
retorcía los platos de estaño.


Ah, y en torno a ese centro,
la rosa de la contemplación,
floreciendo y deshojándose. En torno
a ese mazo, al pistilo acertado
por su propio polvo floreciente, vuelto a fecundar
por el falso fruto del hastío, que no sabe suyo,
espléndido y muy tenue hastío
que parece sonreír tan levemente.


Allí: el mustio y marchito calafate,
el viejo, el que solo tamborilea,
enfundado en su enorme piel, como si antes
hubiera contenido a dos hombres, uno,
que ahora yace en el cementerio, y el otro vivo todavía,
sordo y a veces un poco
extraviado en su viuda piel.


Pero también el joven, el hombre, que se diría hijo de una nuca
y una monja: tenso y firme,
lleno de músculos y de candor.


Oh, ustedes
a los que un dolor, aún pequeño,
les llegó una vez como juguete durante una
de sus largas convalecencias...


Tú, que con las caídas
que solo los frutos conocen, inmaduro,
cien veces al día te desprendes del árbol
del movimiento erigido en común (que, más veloz que el agua,
en pocos minutos es primavera, verano y otoño),
caes y te estrellas contra la tumba:
en ocasiones, a mitad de la pausa, de ti quiere surgir una amorosa mirada
hacia tu madre, tan pocas veces tierna; pero en la superficie
de tu cuerpo agotado se extravía,
en la timidez de tu rostro... Y de nuevo
el hombre da una palmada ordenándote saltar, y antes
de que un dolor se te haga más visible en la cercanía
de tu siempre galopante corazón, el fuego quemando tus plantas
se adelanta a su origen, y un par
de lágrimas furtivas se te asoman a los ojos.
Y, sin embargo, a ciegas,
esa sonrisa...


Oh, ángel, toma, arranca la pequeña flor que todo lo sana.
Busca un recipiente; ¡consérvala! Colócala entre aquellas alegrías,
aún no abiertas para nosotros; en una urna primorosa
celébrala con esta florida y exaltada inscripción:
        “Subrisio Saltat”. La sonrisa del Acróbata.
    Y luego tú, preciosa,
tú, en silencio excedida por las alegrías
más excitantes. Acaso tus flecos
son felices en ti,
o sobre tus tiernos y erguidos pechos
la verde seda metálica
se siente infinitamente mimada y protegida.
Tú,
siempre distinta en las oscilantes balanzas del equilibrio,
fruto de la calma en los mercados,
por todos vista bajo los hombros.


Dónde, oh dónde está el lugar -lo llevo en el corazón-
en que ellos difícilmente podían separarse
como animales acoplándose sin estar
bien aparejados; donde los pesos pesan todavía;
donde los platos aún vacilan y caen
de las varillas que absurdamente
siguen girando.


Y de pronto en este penoso ningún lugar, de pronto
en este lugar inefable donde lo exiguo
se transforma de manera incomprensible, volviéndose
esta vacua demasía.
Donde la suma de muchos números
arroja un resultado nulo.


Plazas, oh plaza de París, escenario infinito
donde la modista, Madame Lamort,
trenza y retuerce los inquietos caminos de la tierra,
cintas interminables, y con ellos crea
nuevos lazos, gorgueras, flores, escarapelas, frutas
artificiales, todo falsamente teñido, para los vulgares
sombreros de invierno que lleva el destino.
.................................................................


¡Ángel! si hubiera una plaza que no conociéramos, y allí,
sobre una inefable alfombra, los amantes mostraran
lo que aquí nunca pudieron realizar: las altas
y osadas figuras impulsándose de su corazón,
sus torres de placer, sus escalas sosteniéndose entre sí,
tanto tiempo temblando sobre el vacío, y que pudieran hacerlo
rodeado de un público de innumerables y callados difuntos:
    ¿Le arrojarían estos sus últimas, siempre ahorradas
y ocultas monedas de la dicha, eternamente
valiosas y que desconocemos, a la pareja
que por fin sonríe sobre la aquietada alfombra?

(Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo. Elegías de Duino. Lima: Nido de Cuervos, 2000)






 

DIE FÜNFTE ELEGIE
Frau Hertha Koenig zugeeignet

Wer aber sind sie, sag mir, die Fahrenden, diese ein wenig
Flüchtigern noch als wir selbst, die dringend von früh an
wringt ein wem, wem zu Liebe
niemals zufriedener Wille? Sondern er wringt sie,
biegt sie, schlingt sie und schwingt sie,
wirft sie und fängt sie zurück; wie aus geölter,
glatterer Luft kommen sie nieder
auf dem verzehrten, von ihrem ewigen
Aufsprung dünneren Teppich, diesem verlorenen
Teppich im Weltall.
Aufgelegt wie ein Pflaster, als hätte der Vorstadt-
Himmel der Erde dort wehe getan. Und kaum dort,
aufrecht, da und gezeigt: des Dastehns
großer Anfangsbuchstab . . ., schon auch, die stärksten
Männer, rollt sie wieder, zum Scherz, der immer
kommende Griff, wie August der Starke bei Tisch
einen zinnenen Teller.

Ach und um diese
Mitte, die Rose des Zuschauns:
blüht und entblättert. Um diesen
Stampfer, den Stempel, den von dem eignen
blühenden Staub getroffnen, zur Scheinfrucht
wieder der Unlust befrucheten, ihrer
niemals bewußten, – glänzend mit dünnster
Oberfläche leicht scheinlächelnden Unlust.

Da: der welke, faltige Stemmer,
der alte, der nur noch trommelt,
eingegangen in seiner gewaltigen Haut, als hätte sie früher
zwei Männer enthalten, und einer
läge nun schon auf dem Kirchhof, und er überlebte den andern,
taub und manchmal ein wenig
wirr, in der verwitweten Haut.

Aber der junge, der Mann, als wär er der Sohn eines Nackens
und einer Nonne: prall und strammig erfüllt
mit Muskeln und Einfalt.

Oh ihr,
die ein Leid, das noch klein war,
einst als Spielzeug bekam, in einer seiner
langen Genesungen . . . .

Du, der mit dem Aufschlag,
wie nur Früchte ihn kennen, unreif,
täglich hundertmal abfällt vom Baum der gemeinsam
erbauten Bewegung (der, rascher als Wasser, in wenig
Minuten Lenz, Sommer und Herbst hat) –
abfällt und anprallt ans Grab:
manchmal, in halber Pause, will dir ein liebes
Antlitz entstehn hinüber zu deiner selten
zärtlichen Mutter; doch an deinen Körper verliert sich,
der es flächig verbraucht, das schüchtern
kaum versuchte Gesicht . . . Und wieder
klatscht der Mann in die Hand zu dem Ansprung, und eh dir
jemals ein Schmerz deutlicher wird in der Nähe des immer
trabenden Herzens, kommt das Brennen der Fußsohln
ihm, seinem Ursprung, zuvor mit ein paar dir
rasch in die Augen gejagten leiblichen Tränen.
Und dennoch, blindlings,
das Lächeln . . . . .

Engel! o nimms, pflücks, das kleinblütige Heilkraut.
Schaff eine Vase, verwahrs! Stells unter jene, uns noch nicht
offenen Freuden; in lieblicher Urne
rühms mit blumiger schwungiger Aufschrift: > Subrisio Saltat.<.
    Du dann, Liebliche,
du, von den reizendsten Freuden
stumm Übersprungne. Vielleicht sind
deine Fransen glücklich für dich –,
oder über den jungen
prallen Brüsten die grüne metallene Seide
fühlt sich unendlich verwöhnt und entbehrt nichts.
Du,
immerfort anders auf alle des Gleichgewichts schwankende Waagen
hingelegte Marktfrucht des Gleichmuts,
öffentlich unter den Schultern.

Wo, o wo ist der Ort – ich trag ihn im Herzen –,
wo sie noch lange nicht konnten, noch voneinander
abfieln, wie sich bespringende, nicht recht
paarige Tiere; –
wo die Gewichte noch schwer sind;
wo noch von ihren vergeblich
wirbelnden Stäben die Teller
torkeln . . . . .

Und plötzlich in diesem mühsamen Nirgends, plötzlich
die unsägliche Stelle, wo sich das reine Zuwenig
unbegreiflich verwandelt –, umspringt
in jenes leere Zuviel.
Wo die vielstellige Rechnung
zahlenlos aufgeht.

Plätze, o Platz in Paris, unendlicher Schauplatz,
wo die Modistin, Madame Lamort,
die ruhlosen Wege der Erde, endlose Bänder,
schlingt und windet und neue aus ihnen
Schleifen erfindet, Rüschen, Blumen, Kokarden, künstliche Früchte –, alle
unwahr gefärbt, – für die billigen
Winterhüte des Schicksals.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Engel!: Es wäre ein Platz, den wir nicht wissen, und dorten,
auf unsäglichem Teppich, zeigten die Liebenden, die's hier
bis zum Können nie bringen, ihre kühnen
hohen Figuren des Herzschwungs,
ihre Türme aus Lust, ihre
längst, wo Boden nie war, nur an einander
lehnenden Leitern, bebend, – und könntens,
vor den Zuschauern rings, unzähligen lautlosen Toten:
    Würfen die dann ihre letzten, immer ersparten,
immer verborgenen, die wir nicht kennen, ewig
gültigen Münzen des Glücks vor das endlich
wahrhaft lächelnde Paar auf gestilltem Teppich?

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