viernes, 23 de enero de 2015



Sexta Elegía de Duino
R.M. Rilke 


El héroe como deseo frustrado de ascender a la Utopía desde su irrenunciable y perecedera humanidad. Imagen: escultura de Artus Quellinus, El Viejo (1609-1668).












Higuera, desde hace mucho me es evidente

cómo descuidas casi por completo florecer,

y en tu resuelto y maduro fruto

sin gloria introduces tu puro secreto.

Como el surtidor de una fuente, tu combado ramaje

hace que la savia se eleve y descienda, y así, casi dormida,

salta del sueño a la dicha de su más dulce logro.

Mira, igual que el dios al cisne.

                                   ...Pero nos demoramos;

ay, nuestra gloria es florecer, y en el tardío interior

de nuestro fruto infinito entramos, traicionados.

A pocos mueve tan fuertemente el impulso de actuar

para instarse y arder con el corazón rebosante,

ahora que la tentación de florecer como leve brisa nocturna

acaricia sus párpados y sus jóvenes labios:

a los héroes tal vez y a los destinados a un pronto tránsito,

a quienes la muerte jardinera urde de otro modo las venas.

Allí se precipitan, adelantándose a su propia sonrisa,

como las cuadrigas frente al monarca victorioso

de los delicados relieves de Karnak.





Pero maravillosamente próximo está el héroe

a los jóvenes difuntos. No le importa durar. Su ascensión es existir:

a sí mismo se toma con firmeza

ingresando en la cambiante constelación de su continuo peligro.

Pocos allí lo encontrarían. Pero el destino,

que sombrío nos silencia y de pronto se entusiasma,

cantándolo va en la tormenta de su mundo fragoroso.

Pero no oigo a nadie como a él. De pronto me traspasa

con el aire torrencial de su apagada melodía.



Entonces, cómo quisiera ocultarme de la nostalgia: oh, si fuera,

si tan solo fuera un niño -si me fuera dado serlo todavía-  y me sentase

en los brazos futuros, leyendo la historia de Sansón,

cómo su madre no dio nada a luz y luego lo dio todo.



Oh madre, ¿no era ya un héroe en ti? ¿No empezó

allí su elección soberana?

Miles se fermentaban en tu seno pugnando por ser él;

pero mira: él tomó y dejó; optando prevaleció.

Y si derribó las columnas fue al desgajarse

del mundo de tu cuerpo para llegar a otro más estrecho,

donde continuó optando y prevaleciendo. ¡Oh, madre de los héroes!

¡oh, origen de desgarradores torrentes! ¡Oh, abismos en que

desde las cimas del corazón las jóvenes, sollozando,

se han despeñado como ofrendas destinadas al hijo!

            Pues como tormenta pasó el héroe frente a las escalas del amor,

cada una lo elevaba, cada corazón latiendo por él,

hasta que al final de la sonrisa, alejado ya, él era otro.




(Traducción de alemán de Renato Sandoval Bacigalupo. Elegías de Duino. Lima: Nido de Cuervos, 2000).








DIE SECHSTE EEGIE



Feigenbaum, seit wie lange schon ists mir bedeutend,
wie du die Blüte beinah ganz überschlägst
und hinein in die zeitig entschlossene Frucht,
ungerühmt, drängst dein reines Geheimnis.
Wie der Fontäne Rohr treibt dein gebognes Gezweig
abwärts den Saft und hinan: und er springt aus dem Schlaf,
fast nicht erwachend, ins Glück seiner süßesten Leistung.
Sieh: wie der Gott in den Schwan.
                                                                           ...... Wir aber verweilen,
ach, uns rühmt es zu blühn, und ins verspätete Innre
unserer endlichen Frucht gehn wir verraten hinein.
Wenigen steigt so stark der Andrang des Handelns,
daß sie schon anstehn und glühn in der Fülle des Herzens,
wenn die Verführung zum Blühn wie gelinderte Nachtluft
ihnen die Jugend des Munds, ihnen die Lider berührt:
Helden vielleicht und den frühe Hinüberbestimmten,
denen der gärtnernde Tod anders die Adern verbiegt.
Diese stürzen dahin: dem eigenen Lächeln
sind sie voran, wie das Rossegespann in den milden
muldigen Bildern von Karnak dem siegenden König.


Wunderlich nah ist der Held doch den jugendlich Toten. Dauern
ficht ihn nicht an. Sein Aufgang ist Dasein; beständig
nimmt er sich fort und tritt ins veränderte Sternbild
seiner steten Gefahr. Dort fänden ihn wenige. Aber,
das uns finster verschweigt, das plötzlich begeisterte Schicksal
singt ihn hinein in den Sturm seiner aufrauschenden Welt.
Hör ich doch keinen wie ihn. Auf einmal durchgeht mich
mit der strömenden Luft sein verdunkelter Ton.


Dann, wie verbärg ich mich gern vor der Sehnsucht: O wär ich,
wär ich ein Knabe und dürft es noch werden und säße
in die künftigen Arme gestützt und läse von Simson,
wie seine Mutter erst nichts und dann alles gebar.


War er nicht Held schon in Dir, o Mutter, begann nicht
dort schon, in dir, seine herrische Auswahl?
Tausende brauten im Schooß und wollten er sein,
aber sieh: er ergriff und ließ aus -, wählte und konnte.
Und wenn er Säulen zerstieß, so wars, da er ausbrach
aus der Welt deines Leibs in die engere Welt, wo er weiter
wählte und konnte. O Mütter der Helden, o Ursprung
reißender Ströme! Ihr Schluchten, in die sich
hoch von dem Herzrand, klagend,
schon die Mädchen gestürzt, künftig die Opfer dem Sohn.


Denn hinstürmte der Held durch Aufenthalte der Liebe,
jeder hob ihn hinaus, jeder ihn meinende Herzschlag,
abgewendet schon, stand er am Ende der Lächeln, - anders.







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