sábado, 24 de enero de 2015



Octava Elegía de Duino
R.M. Rilke


Comparación entre el hombre y el animal, que puede ver "Lo Abierto" ("Das Offene"). Rilke la llamaba "La Silenciosa".






                                  A Rudolf Kassner

Con todos sus ojos, la criatura
ve lo abierto. Solo nuestros ojos están
como invertidos y colocados a su alrededor
a manera de trampas, al acecho de su libre salida.
Lo que está afuera lo percibimos tan solo
por el rostro del animal, pues ahora al niño
lo invertimos y forzamos a que vea hacia atrás
la figura, no lo abierto, que
en el rostro del animal es tan profundo. Libre de muerte.
Solo nosotros la vemos; el libre animal
siempre tiene su ruina tras de sí
y al frente a Dios, y cuando avanza, avanza
en la eternidad, como lo hacen las fuentes.
            Nosotros no tenemos, ni siquiera un solo día,
el puro espacio por delante en donde las flores
se abren infinitas. Siempre hay mundo
y nunca ningún lugar sin no: lo puro,
lo no velado, que se respira
y eternamente sabe y no desea. Cuando se es niño,
uno en eso se pierde en silencio, y es sacudido.
O alguien muere y entonces es.
Pues junto a la muerte ya no se ve la muerte
y hacia afuera se observa, acaso con gran mirada animal.
Los amantes, de no ser por el otro
que disfraza la mirada, están cerca, pasmados...
Como por descuido se abre a ellos
por detrás del otro... pero sobre éste
nadie pasa y de nuevo se le hace mundo.
Vueltos siempre a la creación, en ella
solo vemos el reflejo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O bien que un animal,
mudo, alza los ojos y tranquilamente nos atraviesa con la mirada.
A esto llamamos destino: estar enfrente
y nada más, siempre enfrente.


Si hubiera conciencia como la nuestra
en el seguro animal que se nos cruza
en dirección opuesta, nos arrastraría
a seguir sus pasos. Pero su ser le es
infinito, inabarcable y sin mirada
para su propio estado, puro al igual que su visión.
Y allí donde vemos futuro, él ve totalidad
y se ve en ella, y está a salvo para siempre.


Y sin embargo en el animal alerta y cálido
gravita el peso y la inquietud de una gran melancolía.
Pues también a él se le adhiere lo que a nosotros
a menudo nos abruma: el recuerdo,
como si aquello a lo que se tiende
hubiera sido más próximo, más fiel y su contacto
de una ternura infinita. Aquí todo es distancia
y allí todo era aliento. Luego de aquel primer hogar,
éste le parece ambiguo y destemplado.
            ¡Oh, bienaventurada la pequeña criatura
que permanece siempre en el seno que la ha portado!
¡Oh, la dicha del mosquito que todavía salta adentro,
aun en sus propios esponsales: pues todo es seno!
Y mira al ave a medias seguro
y que a ambas cosas conoce casi por su origen,
tal si fuese el alma de un etrusco
salida de un difunto al que un espacio ha albergado,
pero con la figura yacente como cubierta.
Y qué perplejidad la del que debe volar
y que proviene de un seno. Tan espantado
de sí mismo, surca el aire como una grieta
atravesando una taza. Así el rastro
del murciélago raya la porcelana de la tarde.


Y nosotros: espectadores, siempre, por doquier,
vueltos hacia todo pero nunca hacia afuera.
Nos desborda. Lo ordenamos. Se precipita.
Lo volvemos a ordenar y nosotros mismos nos precipitamos.


¿Quién nos puso así, de espaldas, de modo
que por más que hagamos tengamos el gesto
de alguien que se marcha? Así como aquel que
sobre la última colina -que de nuevo le muestra
todo su valle-, se vuelve, se detiene, se demora,
así vivimos, siempre en despedida. 


(Traducción de Renato Sandoval Bacigalupo. Elegías de Duino. Lima. Nido de Cuervos, 2000)
 




 DIE ACHTE ELEGIE

                      Rudolf Kassner zugeeignet

Mit allen Augen sieht die Kreatur
das Offene. Nur unsre Augen sind
wie umgekehrt und ganz um sie gestellt
als Fallen, rings um ihren freien Ausgang.
Was draußen ist, wir wissens aus des Tiers
Antlitz allein; denn schon das frühe Kind
wenden wir um und zwingens, daß es rückwärts
Gestaltung sehe, nicht das Offne, das
im Tiergesicht so tief ist. Frei von Tod.
Ihn sehen wir allein; das freie Tier
hat seinen Untergang stets hinter sich
und vor sich Gott, und wenn es geht, so gehts
in Ewigkeit, so wie die Brunnen gehen.
Wir haben nie, nicht einen einzigen Tag,
den reinen Raum vor uns, in den die Blumen
unendlich aufgehn. Immer ist es Welt
und niemals Nirgends ohne Nicht: das Reine,
Unüberwachte, das man atmet und
unendlich weiß und nicht begehrt. Als Kind
verliert sich eins im Stilln an dies und wird
gerüttelt. Oder jener stirbt und ists.
Denn nah am Tod sieht man den Tod nicht mehr
und starrt hinaus, vielleicht mit großem Tierblick.
Liebende, wäre nicht der andre, der
die Sicht verstellt, sind nah daran und staunen...
Wie aus Versehn ist ihnen aufgetan
hinter dem andern... Aber über ihn
kommt keiner fort, und wieder wird ihm Welt.
Der Schöpfung immer zugewendet, sehn
wir nur auf ihr die Spiegelung des Frein,
von uns verdunkelt. Oder daß ein Tier,
ein stummes, aufschaut, ruhig durch uns durch.
Dieses heißt Schicksal: gegenüber sein
und nichts als das und immer gegenüber.


Wäre Bewußtheit unsrer Art in dem
sicheren Tier, das uns entgegenzieht
in anderer Richtung -, riß es uns herum
mit seinem Wandel. Doch sein Sein ist ihm
unendlich, ungefaßt und ohne Blick
auf seinen Zustand, rein, so wie sein Ausblick.
Und wo wir Zukunft sehn, dort sieht es Alles
und sich in Allem und geheilt für immer.


Und doch ist in dem wachsam warmen Tier
Gewicht und Sorge einer großen Schwermut.
Denn ihm auch haftet immer an, was uns
oft überwältigt, - die Erinnerung,
als sei schon einmal das, wonach man drängt,
näher gewesen, treuer und sein Anschluß
unendlich zärtlich. Hier ist alles Abstand,
und dort wars Atem. Nach der ersten Heimat
ist ihm die zweite zwitterig und windig.
O Seligkeit der kleinen Kreatur,
die immer bleibt im Schooße, der sie austrug;
o Glück der Mücke, die noch innen hüpft,
selbst wenn sie Hochzeit hat: denn Schooß ist Alles.
Und sieh die halbe Sicherheit des Vogels,
der beinah beides weiß aus seinem Ursprung,
als wär er eine Seele der Etrusker,
aus einem Toten, den ein Raum empfing,
doch mit der ruhenden Figur als Deckel.
Und wie bestürzt ist eins, das fliegen muß
und stammt aus einem Schooß. Wie vor sich selbst
erschreckt, durchzuckts die Luft, wie wenn ein Sprung
durch eine Tasse geht. So reißt die Spur
der Fledermaus durchs Porzellan des Abends.


Und wir: Zuschauer, immer, überall,
dem allen zugewandt und nie hinaus!
Uns überfüllts. Wir ordnens. Es zerfällt.
Wir ordnens wieder und zerfallen selbst.
Wer hat uns also umgedreht, daß wir,
was wir auch tun, in jener Haltung sind
von einem, welcher fortgeht? Wie er auf
dem letzten Hügel, der ihm ganz sein Tal
noch einmal zeigt, sich wendet, anhält, weilt -,
so leben wir und nehmen immer Abschied.

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