lunes, 26 de enero de 2015



Décima Elegía de Duino
R.M. Rilke

 


De la final ascensión mediante la Poesía.



DÉCIMA ELEGÍA


Que un día, libre ya de esta terrible visión,
se eleve mi canto de júbilo y alabanza a los ángeles propicios.
Que de las fibras claramente pulsadas de mi corazón,
ninguna se rehúse a herir las flojas, vacilantes o
desgarradas cuerdas. Que mi bañado rostro
me vuelva más resplandeciente; que florezca
el llanto escondido. Oh noches, tan llenas de pesadumbre,
qué amadas me serán entonces. Cómo no las acogí, genuflexo, inconsolables hermanas, disolviéndome en su ondulante cabellera.
Nosotros, que disipamos las penas.
Cómo vislumbramos, en el triste transcurrir,
su probable final. Pero en realidad ellas son
nuestro follaje invernal, nuestra sombría siempreviva,
una de las estaciones del año secreto; no solo
estación: son lugar, poblado, campamento, suelo, residencia.


Ay, qué extrañas son en verdad las callejas de la ciudad del dolor,
donde en la falsa calma, hecha de excesivo ruido,
del molde del vacío surge con fuerza
el estrépito dorado, el monumento que estalla.
Oh, cómo un ángel hubiera aplastado, sin dejar rastros,
su mercado de consuelos, circundado por la iglesia que compraron hecha:
tan limpia y cerrada, defraudada como el correo en domingo.
Pero afuera se crispan siempre los contornos de la feria anual.
¡Columpios de la libertad! ¡Buzos y prestidigitadores del afán!
Y el tiro al blanco con muñecos de la dicha engalanada,
donde se patalea desde el blanco y resuena la hojalata
cuando alguien con mayor fortuna acierta. Y éste, entre el aplauso
y el azar, se marcha trastabillando, ahora que de las barracas se llama
a los curiosos, y se escuchan los pregones y redobles de tambor.
Para los adultos hay aún una atracción especial: cómo el dinero se acrecienta, anatómicamente, y no solo por placer: el órgano sexual
del dinero, todo, el conjunto, el acto; eso instruye y hace
fértil...
...Ah, pero enseguida, más allá,
detrás de la última valla, cubierto con los anuncios de “Sin muerte”,
aquella amarga cerveza que los bebedores encuentran dulce,
cuando con ella rumian sin cesar nuevas distracciones...,
justo detrás de la valla, justo allí, está lo real.
Los niños juegan y se abrazan los amantes, retirados,
serios, sobre la hierba miserable, y unos perros
                                               dan rienda suelta a su naturaleza.


El joven se deja arrastrar aún más lejos: tal vez porque ama
a una joven Queja... La sigue hasta la pradera. Ella dice:
-Lejos. Vivimos allí afuera...
                        ¿Dónde? Y el joven
la sigue. Le impresiona su porte. Los hombros, el cuello; quizás
ella sea de un linaje ilustre. Pero él la abandona, regresa,
vuelve la cabeza, le hace una seña... ¿Para qué? Ella es una Queja.
Solo los jóvenes difuntos, en el primer estado
de su serenidad intemporal, de su paulatino desprendimiento,
la siguen con amor. A las jóvenes
aguarda y procura ganar su amistad. Con dulzura les muestra
lo que lleva sobre sí: las perlas de la pena y los finos
velos de la resignación. Con los jóvenes ella marcha
en silencio.


Pero allí donde viven, en el valle, una de las Quejas
más viejas responde al joven que le hace preguntas.
-Alguna vez, dice ella, nosotras las Quejas fuimos una raza ilustre.
Nuestros padres trabajaban en la mina de la gran montaña. Entre
los hombres encontrarás a veces un fragmento tallado del dolor primigenio,
o bien, expulsada de un viejo volcán, la pétrea lava de la ira.
Sí, todo eso proviene de allí. En otro tiempo fuimos ricas.


            Y ligera, ella lo conduce por el vasto paisaje de las Quejas,
le muestra las columnas de los templos o las ruinas
de aquellos castillos donde un día los príncipes de las Quejas
gobernaban sabiamente sus dominios. Le muestra los altos
árboles de las lágrimas y los campos de la melancolía en flor
(los vivos solo conocen su suave follaje);
le muestra los rebaños del luto, que ahora pacen; a veces
un ave se espanta y, volando a ras de la mirada, traza a lo lejos
la imagen escrita de su grito solitario.
Al atardecer, lo conduce a las tumbas de los ancestros
de las Quejas, las sibilas y los augures.
Pero a la llegada de la noche, van más quedamente, y pronto
se levanta, bañada por la luna,
la lápida mortuoria que todo lo vigila. Hermana de la del Nilo, 
la grandiosa Esfinge, rostro de la cámara
silenciosa.
Y se maravillan ante la coronada cabeza que, para siempre
y en silencio, ha colocado la faz de los hombres
en la balanza de las estrellas.


La mirada de él no lo abarca, y con la prematura muerte
le llega el vértigo. Pero la de ella,
que ahora surge detrás del Pschent, ahuyenta al búho. Y éste,
surcando suavemente la mejilla,
aquélla de la más madura redondez,
con delicadeza dibuja en el reciente
oído del muerto, como sobre las dos páginas
de un libro abierto, la silueta indescriptible.


Y más arriba, las estrellas. Nuevas. Las estrellas del país del dolor.
La Queja las va nombrando lentamente: Mira,
aquí están Caballero, Cayado, y a la constelación más exuberante
la llaman Guirnalda de frutas. Luego, más lejos, hacia el polo,
Cuna, Senda, El libro ardiente, Muñeca, Ventana.
Pero en el cielo austral, pura como en la palma
de una mano bendita, la clara y esplendorosa M,
símbolo de “Madres”...


Pero el difunto debe seguir su camino, y en silencio
la anciana Queja lo conduce hasta la hondonada
donde ahora, a la luz de la luna, resplandece
la fuente de la alegría. Ella la nombra
con reverencia, y dice: Entre los hombres
es un torrente arrasador.


Se detienen al pie de la montaña.
Y ella lo abraza, llorando.


Solo, él asciende la montaña del Dolor Primigenio.
Y ni una vez su paso resuena desde el hado enmudecido.


Pero, mira, si los innumerables difuntos suscitaran
en nosotros un símbolo, tal vez señalarían las vacías cáscaras
del avellano, o
aludirían a la lluvia que cae sobre la sombría tierra en primavera.


Y nosotros, que pensamos en una dicha
ascendente, sentiríamos la emoción
que casi nos aterra
cuando una cosa feliz se precipita.


(Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo. Elegías de Duino. Lima: Nido de Cuervos, 2000).




DIE ZEHNTE ELEGIE

Daß ich dereinst, an dem Ausgang der grimmigen Einsicht,
Jubel und Ruhm aufsinge zustimmenden Engeln.
Daß von den klar geschlagenen Hämmern des Herzens
keiner versage an weichen, zweifelnden oder
reißenden Saiten. Daß mich mein strömendes Antlitz
glänzender mache; daß das unscheinbare Weinen
blühe. O wie werdet ihr dann, Nachte, mir lieb sein,
gehärmte. Daß ich euch knieender nicht, untröstliche Schwestern,
hinnahm, nicht in euer gelöstes
Haar mich gelöster ergab. Wir, Vergeuder der Schmerzen.
Wie wir sie absehn voraus, in die traurige Dauer,
ob sie nicht enden vielleicht. Sie aber sind ja
unser winterwähriges Laub, unser dunkeles Sinngrün,
eine der Zeiten des heimlichen Jahre -, nicht nur
Zeit -, sind Stelle, Siedelung, Lager, Boden, Wohnort.


Freilich, wehe, wie fremd sind die Gassen der Leid - Stadt,
wo in der falschen, aus Übertönung gemachten
Stille, stark, aus der Gußform des Leeren der Ausguß
prahlt: der vergoldete Lärm, das platzende Denkmal.
O, wie spurlos zerträte ein Engel ihnen den Trostmarkt,
den die Kirche begrenzt, ihre fertig gekaufte:
reinlich und zu und enttäuscht wie ein Postamt am Sonntag.
Draußen aber kräuseln sich immer die Ränder von Jahrmarkt.
Schaukeln der Freiheit! Taucher und Gaukler des Eifers!
Und des behübschten Glücks figürliche Schießstatt,
wo es zappelt von Ziel und sich blechern benimmt,
wenn ein Geschickterer trifft. Von Beifall zu Zufall
taumelt er weiter; denn Buden jeglicher Neugier
werben, trommeln und plärrn. Für Erwachsene aber
ist noch besonders zu sehn, wie das Geld sich vermehrt, anatomisch,
nicht zur Belustigung nur: der Geschlechtsteil des Gelds,
alles, das Ganze, der Vorgang -, das unterrichtet und macht
fruchtbar .........
.... Oh aber gleich darüber hinaus,
hinter der letzten Planke, beklebt mit Plakaten des >Todlos<,
jenes bitteren Biers, das den Trinkenden süß scheint,
wenn sie immer dazu frische Zerstreuungen kaun....,
gleich im Rücken der Planke, gleich dahinter, ists wirklich.
Kinder spielen, und Liebende halten einander, - abseits,
ernst, im ärmlichen Gras, und Hunde haben Natur.
Weiter noch zieht es den Jüngling; vielleicht, daß er eine junge
Klage liebt Hinter ihr her kommt er in Wiesen. Sie sagt:
- Weit. Wir wohnen dort draußen.... Wo? Und der Jüngling
folgt. Ihn rührt ihre Haltung. Die Schulter, der Hals -, vielleicht
ist sie von herrlicher Herkunft. Aber er läßt sie, kehrt um,
wendet sich, winkt... Was solls? Sie ist eine Klage.


Nur die jungen Toten, im ersten Zustand
zeitlosen Gleichmuts, dem der Entwöhnung,
folgen ihr liebend. Mädchen
wartet sie ab und befreundet sie. Zeigt ihnen leise,
was sie an sich hat. Perlen des Leids und die feinen
Schleier der Duldung. - Mit Jünglingen geht sie
schweigend.


Aber dort, wo sie wohnen, im Tal, der Älteren eine, der Klagen,
nimmt sich des Jünglinges an, wenn er fragt; - Wir waren,
sagt sie, ein Großes Geschlecht, einmal, wir Klagen. Die Väter
trieben den Bergbau dort in dem großen Gebirg; bei Menschen
findest du manchmal ein Stück geschliffenes Ur-Leid
oder, aus altem Vulkan, schlackig versteinerten Zorn.
Ja, das stammte von dort. Einst waren wir reich.-


Und sie leitet ihn leicht durch die weite Landschaft der Klagen,
zeigt ihm die Säulen der Tempel oder die Trümmer
jener Burgen, von wo Klage-Fürsten das Land
einstens weise beherrscht. Zeigt ihm die hohen
Tränenbäume und Felder blühender Wehmut,
(Lebendige kennen sie nur als sanftes Blattwerk);
zeigt ihm die Tiere der Trauer, weidend, - und manchmal
schreckt ein Vogel und zieht, flach ihnen fliegend durchs Aufschaun,
weithin das schriftliche Bild seines vereinsamten Schreis. -
Abends führt sie ihn hin zu den Gräbern der Alten
aus dem Klage-Geschlecht, den Sibyllen und Warn-Herrn.
Naht aber Nacht, so wandeln sie leiser, und bald
mondets empor, das über Alles
wachende Grab-Mal. Brüderlich jenem am Nil,
der erhabene Sphinx -: der verschwiegenen Kammer Antlitz.
Und sie staunen dem krönlichen Haupt, das für immer,
schweigend, der Menschen Gesicht
auf die Waage der Sterne gelegt.


Nicht erfaßt es sein Blick, im Frühtod
schwindelnd. Aber ihr Schaun,
hinter dem Pschent-Rand hervor, scheucht es die Eule. Und sie,
streifend im langsamen Abstrich die Wange entlang,
jene der reifesten Rundung,
zeichnet weich in das neue
Totengehör, über ein doppelt
aufgeschlagenes Blatt, den unbeschreiblichen Umriß.


Und höher, die Sterne. Neue. Die Sterne des Leidlands.
Langsam nennt sie die Klage; - Hier,
siehe: den Reiter, den Stab, und das vollere Sternbild
nennen sie: Fruchtkranz. Dann, weiter, dem Pol zu:
Wiege; Weg; Das Brennende Buch; Puppe; Fenster.
Aber im südlichen Himmel, rein wie im Innern
einer gesegneten Hand, das klar erglänzende >M<,
das die Mütter bedeutet ...... -


Doch der Tote muß fort, und schweigend bringt ihn die ältere
Klage bis an die Talschlucht,
wo es schimmert im Mondschein:
die Quelle der Freude. In Ehrfurcht
nennt sie sie, sagt; - Bei den Menschen
ist sie ein tragender Strom. -


Stehn am Fuß des Gebirgs.
Und da umarmt sie ihn, weinend.


Einsam steigt er dahin, in die Berge des Ur-Leids.
Und nicht einmal sein Schritt klingt aus dem tonlosen Los.

                                    *

Aber erweckten sie uns, die unendlich Toten, ein Gleichnis,
siehe, sie zeigten vielleicht auf die Kätzchen der leeren
Hasel, die hängenden, oder
meinten den Regen, der fallt auf dunkles Erdreich im Frühjahr. -


Und wir, die an steigendes Glück
denken, empfänden die Rührung,
die uns beinah bestürzt,
wenn ein Glückliches fällt.


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