viernes, 13 de marzo de 2015



 María Magdalena (Diálogo)
Texto inédito de Georg Trakl

Un texto absolutamente inédito en español de Georg Trakl (1887-1914), escrito cuando él tendría unos veinte años. Se trata de un texto místico y de un agnosticismo iluminado, en el que el autor abandona por un instante su atormentada obsesión por la muerte y por el mal.


"María Magdalena" de Marcel Mitea (Rumanía, 1961)



MARÍA MAGDALENA

(Diálogo)



A las puertas de la ciudad de Jerusalén. Anochece.



AGATÓN: Es hora de regresar a la ciudad. El sol se ha puesto ya y las penumbras envuelven Jerusalén. Todo está muy tranquilo. Pero, ¿por qué no respondes, Marcelo? ¿Qué contemplas tan ausente en la lejanía?



MARCELO: Pensaba que allá, en lontananza, el mar baña las orillas de este país. Pensaba que, allende el mar, se yergue hasta las estrellas la eterna y divina Roma, donde no hay día que no sea fiesta. Y yo aquí, en tierras extrañas. Estaba pensando en todo eso, y yo que lo había olvidado. Tal vez sea hora de que regreses a la ciudad. Oscurece. Y al anochecer una mujer aguarda a las puertas de Jerusalén. No la hagas esperar, Agatón; no hagas esperar a tu amada. Te digo que las mujeres de este país son muy especiales; sé muy bien que están llenas de misterio. No hagas esperar a tu amada, pues nunca se sabe qué puede suceder. En cualquier momento podría ocurrir algo terrible. No se debería perder un solo instante.



AGATÓN: ¿Por qué me hablas de ese modo?



MARCELO: Creo que si tu amada es bella, no deberías dejarla esperando. Te digo que una mujer bella es algo eternamente inexplicable. La belleza de una mujer es un misterio. No se la llega a conocer. Nunca se sabe lo que puede ser una mujer bella ni lo que está obligada a hacer. ¡Es así como te digo, Agatón! Conocí a una, sí, conocí a una y vi cosas que nunca conseguiré explicar. Ningún hombre podría hacerlo. Nunca llegaremos a conocer la razón de los acontecimientos.



AGATÓN: ¿Qué fue lo que viste? ¡Te ruego que me hables de ello!



MARCELO: Vamos. Tal vez haya llegado el momento de poder contarlo sin que tenga que estremecerme de mis propias palabras y pensamientos. (Regresan lentamente por el camino a Jerusalén. Todo es silencio a su alrededor).



MARCELO: Sucedió en una de esas ardientes noches de verano en que la fiebre en el aire acecha y la luna trastorna todos los sentidos. Fue entonces cuando la vi. Ocurrió en una pequeña taberna. Ella bailaba y bailaba con los pies descalzos sobre un precioso tapiz. Nunca en mi vida había visto bailar a mujer más hermosa ni más embriagadora. El ritmo de su cuerpo me hacía ver visiones sombrías y extravagantes, al punto que cálidos escalofríos sacudían todo mi cuerpo. Para mí era como si esa mujer jugara en su danza con cosas invisibles, deliciosas y ocultas; como si abrazara divinas esencias que nadie podía ver; como si besara rojos labios que se inclinaban reclamando los suyos. Sus movimientos eran el máximo de la voluptuosidad; era como si estuviese cubierta de caricias. Parecía como si viese cosas que nosotros no veíamos y que jugara con ellas en su danza gozando con el insólito embeleso de su cuerpo. Quizás en ese instante alzaba su boca a frutos dulces y exquisitos, sorbiendo un vino generoso, cuando de pronto arrojaba su cabeza hacia atrás dejando ver su mirada anhelante. No, aún no lo acabo de comprender y, sin embargo, todo fue tan extrañamente vívido. Allí estaba: desnuda; cubierta tan solo por sus cabellos y luego se hundía lentamente a nuestros pies. Era como si la noche con sus cabellos se hubiese replegado en un ovillo y se alejara de nosotros. Pero ella se abandonaba, abandonaba su cuerpo a cualquiera que lo quisiese poseer. La vi obscena y mendicante; la vi reina y soberana del amor. Era la hetaira más espléndida y su cuerpo el precioso recipiente de la alegría. Jamás el mundo había visto algo más hermoso. Su vida pertenecía solo a la alegría. La vi danzar en medio de festines mientras su cuerpo se cubría de rosas. Pero ella se erguía por entre aquellas encendidas rosas como una única y hermosa flor acabada de despertar. Y yo la vi coronar con flores la estatua de Dionisio; la vi abrazar el frío mármol como si abrazara a su amado ahogándolo con sus más ardientes y febriles besos.

            Y entonces llegó un hombre que salió al frente, silencioso y con el rostro inmutable; vestía una túnica de cerdas y con los pies cubiertos de polvo. Pasó mirándola y siguió su camino. Pero ella volvió sus ojos a Él, pasmada en su movimiento, y se fue, se fue siguiendo su llamado y hundiéndose a sus pies. Se humilló ante Él contemplándolo desde el suelo como si fuese un dios, sirviéndole como le servían los hombres que se hallaban a su alrededor.



AGATÓN: Aún no has terminado. Creo que todavía quieres contar algo más.



MARCELO: Yo no sé más. Pero un día me enteré de que querían clavar en la cruz a ese singular profeta. Lo supe por nuestro gobernador Pilatos. Y entonces quise subir al Gólgota, quise ver a Ese, quise verlo morir. Acaso se me hubiese revelado algún hecho misterioso. Quería mirar en sus ojos. Sus ojos tal vez me habrían hablado. De veras creo que me habrían hablado.



AGATÓN: ¡Y no fuiste!



MARCELO: Me dirigía hacia allí, pero volví sobre mis pasos. Sabía que me iba a encontrar con ella rezándole de rodillas ante la cruz, presenciando extasiada cómo se le escapaba la vida. Y fue así que volví sobre mis pasos. Ahora en mí todo se ha hecho oscuridad.



AGATÓN: Sin embargo, aquel extraño… ¡No, no hablemos más de ello!



MARCELO: ¡Callemos, Agatón! No podemos hacer otra cosa. Podría pensarse que detrás de las nubes arde un océano de llamas, ¡un fuego divino!, y que el cielo es como una campana azul. Es como si pudiera oírsele resonar con acentos profundos y festivos. Se podría suponer, incluso, que allá arriba, en las alturas inalcanzables, ocurre algo de lo que nunca tendremos conocimiento alguno. No obstante, se puede a veces presentir cuándo la gran calma ha descendido sobre la tierra. Sin embargo, todo eso es tan desconcertante. Los dioses gustan de proponer acertijos indescifrables. Ni siquiera la tierra nos salva de la malicia de los dioses, ya que ella también está llena de fatua confusión. Me confunden los hombres y las cosas. Eso es cierto. ¡Las cosas son tan silenciosas! Y el alma no devela su misterio… Cuando el hombre pregunta, el misterio calla.



AGATÓN: Queremos vivir y no preguntar. La vida está henchida de belleza.



MARCELO: Nunca llegaremos a saber demasiado, por lo que sería deseable olvidar lo que sabemos. ¡Basta de todo ello! Ya casi llegamos a nuestro destino. Mira qué solitarias están las calles. Ya no se ve a un solo hombre. (Empieza a soplar el viento). Y esta es una voz que nos dice que alcemos la mirada a los astros y que callemos.



AGATÓN: Mira, Marcelo, cuán alto se eleva el grano de los campos. Todos los tallos, rebosantes de frutos, se inclinan sobre la tierra. Serán espléndidos los días de cosecha.



MARCELO: Sí, días de fiesta; días de fiesta, mi querido Agatón.



AGATÓN: Iré con Rahel por los campos, por las tierras benditas y rebosantes de frutos. ¡Oh, qué vida maravillosa!



MARCELO: Tienes razón. Disfruta de tu juventud. Solo la juventud es belleza. Me resulta más agradable caminar en la oscuridad. Aquí se separan nuestros caminos. En el tuyo aguarda tu amada; en el mío el silencio de la noche. ¡Salud, Agatón! ¡Será espléndida la noche! Podrá uno permanecer largo tiempo al aire libre.



AGATÓN: Y alzar la mirada a las estrellas para mayor sosiego. Haré dichoso mi camino celebrando a mi paso la belleza. Es así como uno se venera a sí mismo y a los dioses.



MARCELO: Haz como dices, y haces bien. ¡Salud, Agatón!



AGATÓN: (Reflexivo) Solo una cosa más deseo preguntarte. No debes pensar que me importa, pero dime cómo se llamaba ese extraño profeta.



MARCELO: ¿De qué te sirve saberlo? He olvidado su nombre. No, ahora lo recuerdo. Se llamaba Jesús, y era de Nazareth.



AGATÓN: Gracias. ¡Salud! Que los dioses te protejan, Marcelo. (Vase).



MARCELO (Extraviado en sus pensamientos) ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Y era de Nazareth! (Vase lentamente y meditabundo por su camino. Ha anochecido y en el cielo brillan infinitas estrellas).



(Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo, realizada hacia 1988)




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