sábado, 25 de abril de 2015

"Hiperbóreos"




Un texto de Gamaliel Churata, seudónimo de Arturo Peralta (1897-1969), coetáneo de Arguedas y tan buen orfebre de la palabra como este. Aquí uno de sus "Tojjras" (rescoldos o tambien apachetas, es decir, montículos de piedras construidas a manera de ofrendas a la mamapacha o a otras deidades andinas). Aparecido en 1928 en el número 18 de la revista Amauta, dirigida por José Carlos Mariátegui. ¡Una joyita, que debe ser rescatada como los demás cuentos de Churata! 


Hiperbóreos

Pero no tuve otro conocimiento con la familia de León. Sólo la vi una vez. Había nublado sobre la pampa y yo venía de fiestas pataleando de embriaguez en los carrillos del alba. El ayllu me recibía con ladridos; yo le daba mis gritos y mi tórax. ¡Pocas veces me quedo atrás! 

¡Guá! ¡Guá! ¡Guá!

¡Oóo¡ ¡Oóo! ¡Oóo!

Un ala de viento helado pasó rozando el techo de la chujlla; las pajillas se resquebrajaron dejándole sitio. Adentro estaba la familia acurrucada en poyos de tierra, cubierta con mantones de tejido avasca, cernidero de fríos.

Sacando la cara de gesto fiero, gritó el padre:

¡León! ¡León! 

Su voz ronca se enlodó en el silencio.

Tenía sesenta años, pocas ganas de morir y muchas de sembrar todos los surcos del ancho mundo. 

Por la ventanilla enana la madre asomó dos ojos de una mirada fiel.

León... ¡Leoncito!…

Vieja de buen ánimo, era dulce en la palabra y suave en la acción. Tampoco pensaba en la muerte. La eternidad andaba a su lado en cada una de sus  wawas…

El relente madrugador le obligó a entornar los párpados. Venía afectuoso saturado en los alientos de la campiña aromada. ¡Viento de primavera, de claros ojos! Viento niño, amador de ovarios, amoroso viento de las mamaqunas...

Airosa y altiva, refregándose al viento que le abraza los muslos, salió también Auquilla, la phasña, hocico verde, y la teta atrevida por loscampos en flor. Sembradora de pájaros cantores, tienes risueño el sexo, dulces son tus caricias, mamay!

Gritó a su vez: 

¡Leoncito!... ¡Guá!... ¡León!…

Debajo de su corazón de mimos, Siliqito, vociferaba en el regazo de su madre: 

—¡Lelón! ¡Lelón! ¡Lelón! ¡Lelón!...

Reposadamente se acercaba por el ojo del cielo, Lelón, el indio forzudo.


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