jueves, 30 de abril de 2015

Los siete uni/versos del jardín de Magdalena
de Manuel Pantigoso
(Lima: Ikono, 2015)





Manuel Pantigoso en el jardín


¿Cómo están, amigos? En primer lugar, quisiera decir que aunque esta noche no estoy físicamente presente en el lanzamiento de este importante libro -que seguramente marcará época-, sí lo estoy de todo corazón, no solo por causa de la gran amistad que me une a Manolo Pantigoso, sino también porque se trata de la aparición de una obra que de ninguna manera puede pasar desapercibida puesto que se trata del feliz resultado de un proyecto poético de muy grande envergadura, ambicioso como casi ningún otro dentro de la tradición poética peruana, y acaso también hispanoamericana. Creo que esta ya es una buena razón como para que se me permita -vía virtual- exponer algunas ideas generales sobre el libro, el cual sin duda merecería todo un estudio cuidadoso y exhaustivo.

Con todo, difícil, muy difícil, tratar de abordarlo como se debería, en caso de que realmente hubiera una adecuada manera de hacerlo. Lo primero que se me ocurre es estar con un Aleph borgiano entre las manos, donde todo el universo, con su infinita historia, con su espacio que sigue creciendo inconmensurablemente, viendo, por ejemplo, al decir de Borges “infinitos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena.”

Naturalmente, el mandala –que es una re-presentación oriental del círculo o de la esfera presocrática- es símbolo de la perfección, de la unidad, de la inmanencia, pero también del movimiento absoluto de la vida, del Ser. Todo lo existente e incluso lo que está por existir se encuentra recluido y bullendo incesantemente en él. Nada sobra en él ni tampoco nada falta. Está el Ser en su estado primigenio, que es lo mismo que decir el Ser en su estado final de plenitud y compleción; pero también está presente el proceso que lo lleva desde su inimaginable inicio -si tuviera uno- hasta su estadio final, que coincide con su propio principio.

Todo esto para decir que Los siete uni/versos del jardín de Magdalena, aspiran -a mi modo de ver- a dar cuenta, literaria, poéticamente, de esto que acabo de señalar. Para ello apela tanto a la figura del Mandala, de la Madre y de Magdalena. Del mandala para colocar en el marco infinito de este la inacabada historia del universo así como la más limitada, imperfecta y finita del fenómeno humano. La madre, por su parte, es símbolo de generación misteriosa tanto del Ser, del ser-ahí o ser en el mundo (el hombre), pero también, más específicamente, la dadora de vida del poeta, la piedra angular de un hogar mítico, utópico y transfigurado por el tiempo, donde la nostalgia de la leche y del amor nutricios de la madre apacigua de alguna manera los dolores y vicisitudes por las que ha debido pasar el poeta. Y Magdalena, en tercer lugar, es precisamente ese espacio y ese tiempo que aunque ya idos, regresan como por arte de magia a la actualidad, pues así como todos los caminos conducen a Roma, todas las Romas conducen al mismo camino, es decir, a uno mismo cuando la evocación de lo vivido y la necesidad de entender de algún modo eso vivido urgen al poeta por algún tipo de enunciación que les otorgue alguna forma inteligible.

Es así que la palabra se hace instrumento de creación al mismo tiempo que intento de comprensión. “Todas las cosas fueron hechas por la palabra; sin ella no se hizo nada de todo lo que existe”, dicen unos versículos del apóstol San Juan que sirven de epígrafe al tercer apartado de la primera parte (o primer uni/verso) de su libro, titulada “Deshojadura del jardín del Ser”. Lo de una eventual comprensión será más bien un movimiento progresivo que acaso se dé al final de libro (al que, claro, por su gran unidad y cohesión entre sus diversos uni-versos habría que leerlo como un solo y gran poema-río), pero que se va verificando poco a poco a medida que el poeta vaya repasando el devenir del universo, la tradición poética mundial, el recuerdo siempre vívido y presentísimo de su propia vida, sobre todo la de su infancia transcurrida en el jardín familiar, en esta ocasión no tanto paterno como materno, en la medida en que la madre aparecerá constantemente como fuente de vida, de alimento físico (aunque en la vida real fuera muy poco del que a fin de cuentas se pudiera disponer), pero más que nada afectivo, emocional, vital.

Pero antes de llegar a este jardín familiar -con todas las connotaciones positivas, aunque también negativas que pueda tener un jardín (por ejemplo, ser demasiado estrecho, nada fértil, una especie de prisión, un espejismo o una vana ilusión); antes de llegar a este jardín, decía, el poeta visita otros jardines de la historia y de la tradición literarias, lo que le sirve para dialogar fructíferamente, digamos en consecuencia- con las grandes literaturas de todos los tiempos, desde la grecolatina, a la medieval europea (Gonzalo de Berceo, el Roman de la Rosa de Guillaume de Lorris y Jean de Meung, siglo XIII), la oriental clásica (las 1000 y una noches, por ejemplo), la poesía popular española, la simbolista y surrealista francesa, la concretista brasileña, y un larguísmo etcétera, lo que habla no solo de las vastas lecturas asimiladas estupendamente por Manolo, sino en particular de su capacidad para nutrirse (otra vez aquí la función alimentadora madre-hijo) de ellas a fin de pergeñar su propio proyecto literario.

Hay que recalcar que este proyecto se sustenta no solo en la experiencia emocional, afectiva del poeta; también intenta razonar el mundo, entender lo que vive, cree y siente; se plantea interrogantes, acaso sin respuestas posibles; duda, vacila, a veces se tambalea y cae, para levantarse enseguida y proseguir su andadura por las cuestas escarpadas de la memoria y de la imaginación. Creo que por eso es que vemos y percibimos también en esta obra el hálito de filósofos y poetas metafísicos como Parménides, Mariano Ibérico, Martín Adán o del propio César Atahualpa Rodríguez, estudiado por Manolo y quien merecería una nueva oportunidad en el caprichoso e ingrato escenario poético nacional.

Pero volviendo a la tradición literaria, así como Manolo dialoga con la cosmovisión de todos los “jardines literarios” que visita, hace lo mismo a nivel formal, en el sentido que ensaya, y con éxito, distintas formas de escritura, a saber, versos libres (por supuesto), coplas, rondós, poesía visual, prosa poética, etc., y lo hace como jugando, sin mayor dificultad aparente. No olvidemos que el factor lúdico ha sido desde siempre una de las características de la poesía de Manolo (pienso, por ejemplo en Salamandra de hojalata, Sydal, Reloj de flora, Contrapunto de la mitomanía, Nazca y, más recientemente, Retablo de la naturaleza. El instante de la memoria.). En ese sentido, creo que él es, entre otras cosas, una especie de “Peregrín, cazador de figuras”, creación mágica de nuestro muy apreciado Eguren. Como dicen unos versos de Manuel, que están en la página 50 de este libro:

“jardinero instalado en la plenitud del silencio
en la soledumbre cuida sus plantas con esmero y harto reflejo
de esta cristalina fuente de inundado Jardín de la palabra

él corre tras la brisa y el eco de lejanas voces
sus curtidas manos saben podar el corazón de los abrojos
saben cortar espinas nazarenas”.

Y ya que cité estas líneas de Manolo, no puedo dejar de leer estos otros versos, más bien cortos (no largos o de carácter versicular a los que el poeta nos tiene gratamente acostumbrados), que por su gran musicalidad y belleza
son dignos de figurar en cualquier antología de versos de arte menor. Se titula
“Coral a la rosa de los vientos”  y, como no podía ser de otra manera, está compuesto en torno a Antonia, la madre del poeta (p. 149):


CORAL A LA ROSA DE LOS VIENTOS
(Revelaciones o diálogo con Antonia)

Tienen tus sueños
sueños que siembran
yemas y ramas
(háganse en mí
granos de piedra
espiga exacta)

tienen tus sueños
sueños que avivan
semilla a voces
(háganse en mí
cálida vela
coral de viento)

tienen tus sueños
sueños que aspiran
el propio canto
(háganse en mí
timón y ola
mi Madre Antonia)

Tienen mis sueños
el siempre vivo
Jardín exacto
(háganse en ti
trino de luces
templada el alma

lo que sembraste
por mis caminos
vástago en llamas
(háganse a mares
de corazón
mi enredadera)

el mismo aire
del propio rastro
a puro ensueño
(la duermevela
alagadiza
mi rosa Antonia).


Pero bueno, me doy cuenta de que me estoy extendiendo más de la cuenta –sobre todo si lo hago por este medio ante un público tan bueno y exquisito como seguramente es el que me ve y me escucha ahora, por eso me siento obligado a terminar aquí esta intervención, dejando por cierto muchas otras ideas que se me vienen a la mente a propósito de Los siete uni/versos de Magdalena.

Solo que no quiero terminar sin destacar junto con la aparición de este libro que, como dije al inicio, marcará época por la gran envergadura de su proyecto poético así como por sus logros más que evidentes que lo pondrán con justicia entre los poemarios fundamentales  de la poesía peruana actual, quiero destacar, repito, la magnífica intervención en él de Jesús Ruiz Durand, a quien de alguna manera considero coautor de esta obra, y con cuyas ilustraciones y fotografías, coordinadas, me imagino, con Manolo, hacen a esta publicación aún más única de lo que ya es, pues con ellas transporta a los que amamos intensa y apasionadamente la poesía al centro mismo del mandala de la vida, al corazón de ese Aleph que solo se deja ver -aunque nunca entender- a través del saber hacer y de la calidad de estos dos grandes artistas como son Jesús Ruiz Durand y Manolo Pantigoso.


Renato Sandoval Bacigalupo.
Lima, 29 de abril de 2015



Manuel Pantigoso

No hay comentarios:

Publicar un comentario