sábado, 11 de abril de 2015



Sexto poema (de doce)
de El vino triste
de Cesare Pavese



 
Costumbres

En el asfalto de la alameda la luna forma un lago
silencioso y el amigo recuerda los tiempos idos.
Le bastaba entonces un encuentro fortuito
y ya no estaba solo. Mirando la luna,
respiraba la noche. Pero más fresco era el olor
de la mujer descubierta, de la fugaz aventura
en los frágiles peldaños. El cuarto tranquilo
y el raudo deseo de habitarlo siempre
le colmaban el corazón. Luego, bajo la luna,
con grandes pasos aturdidos, regresaba contento.


Por ese entonces era un gran compañero de sí mismo.
Despertábase en la mañana y saltaba de la cama,
reencontrando su cuerpo y sus viejos pensamientos.
Le gustaba salir bañándose en la luna
y también en el sol, disfrutaba mirando las calles,
conversando con gente imprevista. Creía
saber empezar cambiando de oficios
hasta el último día, cada nueva mañana.
Después de grandes esfuerzos se sentaba a fumar.
Su placer más grande era estar solo.


El amigo ha envejecido y quisiera una casa
que le fuese más amable, y salir de noche
y detenerse en la alameda a mirar la luna,
pero encontrar a la vuelta una mujer dócil,
una mujer tranquila, en paciente espera.
El amigo ha envejecido y ya no se basta.
Los transeúntes son los mismos de siempre; la lluvia
y también el sol, los mismos; y la mañana, un desierto.
Afanarse no vale la pena. Y salir a la luna,
si nadie lo espera, no vale la pena.

                                               Agosto 1936


(Traducción del italiano de Renato Sandoval Bacigalupo)







Abitudini

Sull'asfalto del viale la luna fa un lago
silenzioso e l'amico ricorda altri tempi.
Gli bastava in quei tempi un incontro improvviso
e non era piú solo. Guardando la luna,
respirava la notte. Ma più fresco l'odore
della donna incontrata, della breve avventura
per le scale malcerte. La stanza tranquilla
e la rapida voglia di viverci sempre,
gli riempivano il cuore. Poi, sotto la luna,
a gran passi intontiti tornava, contento.

 
A quei tempi era un grande compagno di sé.
Si svegliava al mattino e saltava dal letto,
ritrovando il suo corpo e i suoi vecchi pensieri.
Gli piaceva uscir fuori prendendo la pioggia
o anche il sole, godeva a guardare le strade,
a parlare con gente improvvisa. Credeva
di saper cominciare cambiando mestiere
fino all'ultimo giorno, ogni nuovo mattino.
Dopo grandi fatiche sedeva fumando.
Il piacere piú forte era starsene solo.

 
E' invecchiato l'amico e vorrebbe una casa
che gli fosse più cara, e uscir fuori la notte
e fermarsi sul viale a guardare la luna,
ma trovare al ritorno una donna sommessa,
una donna tranquilla, in attesa paziente.
E' invecchiato l'amico e non basta piú a sé.
I passanti son sempre gli stessi; la pioggia
e anche il sole, gli stessi; e il mattino, un deserto.
Faticare non vale la pena. E uscir fuori alla luna,
se nessuno l'aspetti, non vale la pena.

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