jueves, 9 de abril de 2015



Tercer poema de El vino triste 
de Cesare Pavese


Lucien Freud
(1922-2011)

Dos



Hombre y mujer, tendidos en la cama, se contemplan:

dos cuerpos grandes y extenuados.

El hombre está inmóvil, sólo la mujer respira profundamente

y por eso el suave flanco le palpita. Las piernas extendidas

del hombre son enjutas y nudosas. El rumor

de la calle soleada ha llegado a los postigos.



El aire pesa impalpable en la grave penumbra

congelando las gotas de vivo sudor

en los labios. Las miradas de las cabezas juntas

son iguales, pero ya no encuentran de nuevo a los cuerpos

abrazados como antes. Apenas si se rozan.



La mujer, que calla, mueve apenas los labios.

El respiro que agita su flanco se detiene

ante una mirada más larga del hombre. La mujer

vuelve el rostro acercando su boca a la suya.

Pero la mirada del hombre no cambia en la sombra.

Graves e inmóviles pesan los ojos en los ojos

entre el tibio aliento reavivando el sudor,

desolados. La mujer no mueve su cuerpo

blando y vivo. La boca del hombre se acerca.

Pero la mirada inmóvil no cambia en la sombra.



                                               4-6 de abril, 1938


(Traducción del italiano de Renato Sandoval Bacigalupo)




Due

Uomo e donna si guardano supini sul letto:
i due corpi si stendono grandi e spossati.
L’uomo è immobile, solo la donna respira più a lungo  
e ne palpita il molle costato. Le gambe distese  
sono scarne e nodose, nell’uomo. Il bisbiglio
della strada coperta di sole è alle imposte.

L’aria pesa impalpabile nella grave penombra
e raggela le gocciole di vivo sudore  
sulle labbra. Gli sguardi delle teste accostate  
sono uguali, ma più non ritrovano i corpi
come prima abbracciati. Si sfiorano appena.

 
Muove un poco le labbra la donna, che tace.  
Il respiro che gonfia il costato si ferma  
a uno sguardo più lungo dell’uomo. La donna  
volge il viso accostandogli la bocca alla bocca.  
Ma lo sguardo dell’uomo non muta nell’ombra.  

Gravi e immobili pesano gli occhi negli occhi  
al tepore dell’alito che ravviva il sudore,  
desolati. La donna non muove il suo corpo  
molle e vivo. La bocca dell’uomo s’accosta.  
Ma l’immobile sguardo non muta nell’ombra.


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