martes, 14 de abril de 2015


El tránsito de Cesare Pavese


Con la actriz Constance Dowling


Cuando en la mañana del 28 de agosto de 1950, en la habitación más sombría de un hotel turinés, el ama de llaves encontró el cuerpo inerte del suicida Cesare Pavese, el mundo empezaría a lamentar la prematura desaparición de uno de los escritores más importantes y vitales de la literatura europea contemporánea.

            Pavese había nacido en 1908 en las verdes y sensuales campiñas de las Langhe piamontesas, envuelto por el amable perfume de heno y las siluetas acezantes de las túrgidas colinas del lugar. Así como sus días transcurrieron intermitentes entre el blando rumor de los arroyos y el tráfago sudoroso de la urbe, de igual modo, el narrador Pavese alternaría entre la terrestre y sanguínea representación de la campiña de sus orígenes y la de la ciudad, ora popular y proletaria, ora burgués e intelectual. Prueba de ello son sus poemas de Trabajar cansa, como casi toda su obra narrativa en la que, progresivamente, Pavese irá evolucionando desde una etapa de palabras y sensaciones, hasta un punto en que la anécdota se resuelve en mito y en realidad simbólica, y que tendrá en Diálogos con Leucó a su más insigne exponente.

            Pero, ¿cómo alcanzar dicho estadio sin antes desmitificar la prosa y la poesía, que a la sazón, en tiempos en que se consolidaba la terrible amenaza fascista, eran enunciado hermético o decadentismo dannunziano? Es entonces que Pavese, sin dejar de padecerse, se violenta a sí mismo volcándose a la campiña que vive íntima y feraz en su recuerdo, honda en tradición, en antiguo y mítico ritual recogido en los ojos; así como a la urbe, que es reflejo exterior, modernidad, presente y futuro de una nueva estirpe.

            De allí que el poeta acceda a un nuevo mito: en un primer instante, al del encuentro del campo con la metrópoli ‑que por rudo no deja de ser misterioso y fecundo‑, lo cual después lo llevaría a intuir, con trágica lucidez, la gran contradicción vital por la que el hombre con todas sus pasiones termina pereciendo sin comprenderse. Por ello el autor de Adiós Masino renunciará no sólo a la literatura sino a la vida misma.

            Como el Endimión de sus Diálogos..., el hombre, o por lo menos Pavese, tiene el sueño que se merece: el sueño de un infinito de voces y de ritos, de salvaje soledad repitiendo ad infinitum que el amor es la vida y es la nada. Y él puede afirmarlo, ya que durante su existencia amó fracasadamente a muchas mujeres, para terminar diciendo que nadie se mata por ellas. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada.

            Eso creía este poeta desamado, quien se quejaba de ignorar la mirada de reconocimiento que una mujer dirige a un hombre agraciado con los infinitos dones del amor. "¡Me asqueo! ¡Basta de palabras! ¡Un gesto! ¡No escribo más!", alcanzaría a decir en su último diario. Y así lo hizo. Días más tarde ingeriría una sobredosis de sedantes mientras repasaba la historia de su Endimión a la espera del ansiado tránsito.


            Al igual que el héroe, se diría que cuando uno no duerme quisiera dormir, y pasa a la historia como el eterno soñador. En eso habría estado pensando. También en Constance Dowling ‑su último gran amor‑, en la fiera campiña, en sus gatos de Roma, en el vino triste, cuando por fin, a los 42 años, como jugando, dulcemente la muerte le tomó los ojos. Amanecía. (RSB)


En Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. (Edición bilingüe). Lima: Nido de Cuervos, 1989, Traducción del italiano de RSB)


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