viernes, 12 de junio de 2015

¿Culpa y redención en el Perú?







Mitigada en parte la conmoción que me causó su lectura por la alta carga de dolor, pero también de dura poesía que conlleva, por fin un libro que ofrezca una nueva perspectiva del conflicto armado interno que durante dos décadas sufrió el Perú y que, para vergüenza eterna, dejó setenta mil muertos. Los rendidos. Sobre el don de perdonar (Lima: IEP, 2015, 160 pp.), del historiador y poeta José Carlos Agüero, es una reflexión lúcida y a la vez agónica sobre la violencia política en el país, las heridas acaso incurables que esta generara y la posibilidad de desarrollar una cultura de verdadera reconciliación y perdón. Lúcida porque la hace con conocimiento de causa, ya que el autor no solo es hijo de padres senderistas que murieron ejecutados extrajudicialmente, sino también por haberse convertido en uno de los principales estudiosos del tema, aparte de estar a todas luces comprometido con la defensa de los derechos humanos. Agónica porque al ser familiar de victimarios, padece en principio el inevitable estigma de las víctimas de tal conflicto, con la consecuente discriminación, sospecha y rechazo por parte de estas. 

Sin embargo, lo que hace original, pero sobre todo importante y necesaria esta visión “desde adentro”, es que Agüero, reconociendo responsabilidades propias como ajenas, se plantea la posibilidad de ampliar los conceptos de víctima y de victimario, así como de justicia, memoria y perdón, de manera tal que así como, por ejemplo, la Comisión  de la Verdad y Reconciliación (CVR) señaló muchas veces que los responsables (podría decirse acaso “los victimarios) de la violencia en el Perú éramos todos sin excepción, inversamente, desde este punto de vista, también se podría afirmar que todos hemos sido víctimas, incluso los que iniciaron el conflicto armado o, por lo menos los allegados y familiares de estos. 

Como sea -y esto es lo que dota de honestidad, gravedad y humanidad al libro- es el hecho de que Agüero se plantee todo esto interrogando, dudando, cuestionando todo tipo de alternativa o posibilidad que suponga caer en el simplismo o el maniqueísmo, o también en el revanchismo y en el sentimiento de superioridad moral por parte de unos sobre otros. El autor se pregunta, entre muchas otras cosas, si la sociedad llegará a entender algo de lo que él está por completo convencido: que todas las personas sin excepción son humanas y, por lo mismo, así como deberían ser castigadas en caso de no respetar los derechos humanos, también podrían ser susceptibles de comprensión y de perdón.  

Pero Agüero también lucha denodadamente en su fuero interno al hacer un esfuerzo enorme para entender a los que lo denigran y rechazan debido a su malhadada “herencia familiar” (“¿Es justo que las culpas se hereden?”, se pregunta repetidas veces); es más, trata de entenderlos y de no quedarse paralizado en el resentimiento o en el miedo para avanzar a una nueva posición desde donde eventualmente se pueda ver y saber si hay en realidad alguna posibilidad de salir del impasse que consiste en echarse recíprocamente la culpa ad infinitum, con miras a encontrar algún día sino la reconciliación por lo menos un silencio sin aires de miedo, odio y pura muerte. (RSB).

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