sábado, 13 de junio de 2015

Kafka y los desgarros de la vida




El buitre

Había una vez un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado las botas y las medias, y ahora me picoteaba los pies. Siempre hacía un destrozo, luego revoloteaba inquietamente sobre mí y después continuaba con su tarea. Pasó un señor, se quedó mirando un rato y entonces preguntó por qué toleraba yo al buitre. “Estoy indefenso”, dije, “él llegó y empezó a picotearme; luego, por cierto, quise espantarlo; hasta intenté estrangularlo, pero una bestia de ese tipo tiene mucha fuerza y quería saltarme a la cara. Fue entonces que preferí sacrificar los pies. Ahora están casi destrozados.” “¿Cómo se deja usted atormentar de ese modo”, dijo el señor, “un tiro y el buitre es historia.” “¿Usted cree?”, pregunté, “¿no quiere encargarse del asunto?” “Con gusto”, dijo el señor, “solo debo ir a mi casa y tomar mi escopeta. ¿Puede esperar todavía media hora más?” “No lo sé”, dije y por un instante me quedé paralizado de dolor, luego dije: “Por favor, inténtelo de todos modos.” “Bueno”, dijo el señor, “me daré prisa.” El buitre había estado escuchando tranquilamente nuestro diálogo y dejado vagar su mirada entre el señor y yo. Ahora vi que él había comprendido todo, levantó vuelo, retrocedió como para lograr el impulso necesario y, como un lanzador de jabalina, hundió profundamente su pico en mi boca. Al caer de espaldas me sentí liberado; que en mi sangre, que colmaba todas las honduras e inundaba todas las orillas, él irremediablemente se ahogaba.


(Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo. Tomado de Franz Kafka. La metamorfosis y otros relatos. Lima: PUC, 2004, trad. de RSB, 634 pp.)





Der Geier



Es war ein Geier, der hackte in meine Füße. Stiefel und Strümpfe hatte er schon aufgerissen, nun hackte er schon in die Füße selbst. Immer schlug er zu, flog dann unruhig mehrmals um mich und setzte dann die Arbeit fort. Es kam ein Herr vorüber, sah ein Weilchen zu und fragte dann, warum ich den Geier dulde. »Ich bin ja wehrlos«, sagte ich, »er kam und fing zu hacken an, da wollte ich ihn natürlich wegtreiben, versuchte ihn sogar zu würgen, aber ein solches Tier hat große Kräfte, auch wollte er mir schon ins Gesicht springen, da opferte ich lieber die Füße. Nun sind sie schon fast zerrissen.« »Daß Sie sich so quälen lassen«, sagte der Herr, »ein Schuß und der Geier ist erledigt.« »Ist das so?« fragte ich, »und wollen Sie das besorgen?« »Gern«, sagte der Herr, »ich muß nur nach Hause gehn und mein Gewehr holen. Können Sie noch eine halbe Stunde warten?« »Das weiß ich nicht«, sagte ich und stand eine Weile starr vor Schmerz, dann sagte ich: »Bitte, versuchen Sie es für jeden Fall.« »Gut«, sagte der Herr, »ich werde mich beeilen.« Der Geier hatte während des Gespräches ruhig zugehört und die Blicke zwischen mir und dem Herrn wandern lassen. Jetzt sah ich, daß er alles verstanden hatte, er flog auf, weit beugte er sich zurück, um genug Schwung zu bekommen und stieß dann wie ein Speerwerfer den Schnabel durch meinen Mund tief in mich. Zurückfallend fühlte ich befreit, wie er in meinem alle Tiefen füllenden, alle Ufer überfließenden Blut unrettbar ertrank.

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