jueves, 18 de junio de 2015

Kafka 
y los pequeños detalles de la vida






El pasajero


            Estoy parado en la plataforma del tranvía, completamente inseguro con respecto a mi posición en este mundo, en esta ciudad. Ni siquiera por acaso sabría señalar qué derechos me asisten en cualquier sentido que se quiera. De ninguna manera puedo justificar por qué me encuentro en esta plataforma, me sostengo de esta agarradera, me dejo llevar por este vehículo, las personas lo esquivan, o siguen su camino o contemplan las vitrinas. Nadie me lo exige, pero eso no me importa.
            El tranvía se aproxima a un paradero, una muchacha se coloca cerca del estribo, lista para bajar. Me parece tan definida, como si la hubiese tocado. Está vestida de negro; los pliegues de su falda casi no se mueven; la blusa es ceñida y tiene un cuello de encaje blanco y fino; su mano izquierda se apoya por completo en el tabique; el paraguas de su mano derecha descansa en el segundo peldaño. Su rostro es moreno; la punta de la nariz, levemente contraída a los lados, es ancha y redonda. Tiene una abundante cabellera oscura y vello ralo en su sien derecha. Su pequeña oreja es compacta y, sin embargo, porque estoy cerca, puedo ver todo el reverso del pabellón derecho y la sombra en la raíz.
            Entonces me pregunté: ¿cómo puede ser que no se sorprenda de sí misma, que mantenga la boca cerrada y que no diga nada por el estilo?



(Traducción de alemán de Renato Sandoval Bacigalupo)

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