domingo, 8 de enero de 2017

De átomos y ácaros




Si bien lo que entendemos por realidad infinitesimal, como en contraste del espacio estelar, galáctico, inconmensurable, puede verse también como las dos caras de una sola moneda, o bien una solución de continuidad de lo que, de acuerdo a nuestra percepción, consideremos como lo más pequeño y lo más grande. Para referirse solo a lo primero, ya desde los presocráticos (Leucipo, Demócrito, Epicuro), por simple razonamiento, estaban seguros de que la materia tenía como elemento mínimo al átomo ("a" = sin; "tomé" = corte; es decir, sin corte, indivisible). Esto fue recién comprobado por la experimentación en los siglos XIX (positivismo) y XX (Dalton, Thomson, Rutherford, Bohr, Schrödinger, Dirac, Planck, etc.), si bien estos encontraron elementos más pequeños e indivisibles que el átomo mencionado. Todas estas acaso ostentosas y peregrinas líneas, para decir que me sorprende que ese arácnido depredador e invisible a nuestra vista simple llamado ácaro, tiene prácticamente las mismas raíces griegas de átomo ("a" = sin; "karé" = corte, porción). Pero, además, me gusta por la admiración que Blas Pascal (1623-1662) tenía por el micromundo que albergaba dicho parásito: "Qué es un hombre en el infinito? Pero, para presentarle otro prodigio, también sorprendente, que busque, dentro de lo que él conoce, las cosas más delicadas. Que un ácaro le ofrezca en la pequeñez de su cuerpo partes incomparablemente más pequeñas: patas con articulaciones, venas en esas patas, sangre en esas venas, humores en esa sangre,, gotas en esos humores, vapores en esas gotas; que, dividiendo todavía estas últimas cosas, agote sus fuerzas en esas concepciones, y que el último objeto al que pueda llegar sea ahora el de nuestro discurso. Él pensará quizás que esta es la extrema pequeñez de la naturaleza." ("Pensées", fragmento 199) ¡Ácaro, gracias por recordarnos nuestra pequeñez mediante tu enorme escozor que nos produces!

(RSB)



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