martes, 31 de enero de 2017

JÜRI TALVET,
memoria que vence muerte y tiempo

                                                         Ángel Lavalle Dios (*)




Alcanzada su libertad a partir de los 90s, Estonia levanta vuelo para mostrar al mundo todas sus riquezas, potencialidades y sueños, en especial los de su arte poético que ya brillaban desde la pionera presencia de Juhan Liiv. Ahora es Jüri Talvet, en la avanzada de una pléyade de poetas estonios dedicados a fortalecer una larga tradición literaria sostenida, entre otros, sobre el mítico anclaje de su entrañado Kalevipoeg; enriqueciéndola con la incorporación de la cultura universal, en titánica pero gratificante labor. 

La metaficción es la esfera poética de Jüri Talvet, con evidentes y definidos  matices posmodernos y enérgica figura de caballero andante con espada siempre en ristre, de  “poeta molestamente independiente”, cristalizando la bella alegoría estonia de los tres leones en alas de su golondrina, luego de muchas décadas de sujeción extranjera.

Si atendemos a las ficciones, éstas nos muestran, nos ocultan y, a veces,  se desentienden de mundos tan diversos y expectantes; tal como lo hace la propia realidad, dependiendo de con qué pericia el escalpelo del lenguaje se adentra en ella. Las ficciones en general son diversos recursos mnémicos que perennizan todas las conquistas gnose-afectivas del hombre sobre la realidad y que han sido conservadas, sucesivamente, en la propia memoria y luego transmitidas en forma oral; y más adelante grabadas en objetos de madera, de hueso, en geoglifos, petroglifos, en tela,  en diversidad de objetos cerámicos, en paredes, columnas y techos, en alto y bajo relieve, de grandes edificaciones y tatuadas en el cuerpo humano; a despecho de la invención y uso de la escritura en sus diversos medios y la más avanzada tecnología virtual de nuestros días.

Jüri Talvet nos conduce por diversos planos de las ficciones (la sicología pavloviana denomina primer y segundo sistema de señales); tanto por las de primero, cuanto por las de segundo, así como por las de tercer grado, y no solo por las ficciones artísticas; asumiéndolas como “realidad” (29; 33), tanto más útiles al hombre si menos alambicadas y si más nos pertrechan para gozar de los encantos de la misma. Sin embargo, no siempre es así, pues, muchos son los casos en que las ficciones enmudecen o resultan también insuficientes frente a una realidad que las supera por su magnitud y su crueldad (71; 73; 75; 77); por ello es que, a veces, conviene más vivir la realidad tal cual, sin intermediarios inoportunos (39; 59), tratándose sobre todo  de una de las vivencias más sublimes de la humanidad, tal el amor sustanciado en  eros-ágape. No obstante, por ningún motivo debemos excluirlas de nuestro diario trajinar, pues, sin las ficciones y, sobre todo, sin sueños (33), ni esperanza (123), el alma se anquilosa  e impide que florezca la poiesis creadora de nuevas realidades y ficciones (57; 61; 63; 67; 121; 123; 131), sobre crudas realidades que, no solo conmueven las fibras más nobles del poeta, sino que movilizan su espíritu solidario (y su propósito es movilizar el nuestro), para mitigar el hambre y la desnudez de nuestros congéneres excluidos.

Este mar de fondo de las metaficciones, en Jüri Talvet se complementa e integra con sugestivas muestras no ficcionales (47, 53), en línea con lo más reciente de la artes literarias,  que ensambla lo periodístico noticioso con lo ficcional, convocantes de exigidas y complejas cualidades creadoras; motivadoras, a su vez, de sugestivas y diversificantes actividades decodificantes y recreadoras.

El lenguaje en su acepción lata de herramienta, según términos de Wittgenstein, para interactuar con la realidad, llama la atención de Jüri Talvet, y sobre el mismo nos aboca, y protagoniza en lo que seguirá siendo la polémica internacional, liderada por Occidente, sobre la naturaleza y funciones del lenguaje; por ejemplo, a propósito de Foucault, como discurso del cuerpo y sus signos tatuados o sus distintos atuendos marcando diferencias geográficas y culturales; pero, sobre todo, económicas y sociales (13; 15) ; lo anterior no significa, suscribir la tesis behaviorista de  “estímulo-respuesta” en la función representativa del lenguaje, como bien metaforiza el poeta (17). Aunque desde la perspectiva diacrónica, admite los cambios en el lenguaje (25; 27) determinados por el fluir de la realidad, que se objetiva, entre otros, en el tránsito “del día al año”. No debemos creer, sin embargo, a la usanza de “Las frutas de oro”, que algo tenga que ver la función de los críticos en los cambios del lenguaje (25; 55-in fine). Si, en cambio, tras las huellas de su compatriota Juhan Liiv, reiterar la comprobación de que las formas matemáticas de expresión poética inventadas por Occidente encorsetan el libre fluir del manantial creativo (19); entendiendo, además, que otros límites que el lenguaje impone, para entendernos con la realidad, provienen de la diversidad de lenguas o, tal vez, de la dificultad para el dominio individual de todas o de la mayoría de ellas; de donde derivaría, según nuestro entender, la necesidad de la recurrencia del discurso artístico posmoderno al pastiche o al collage, que marca con solvencia  en Jüri Talvet. Sobre la diversidad lingüística, concurre a su vez, la tecnología a través de la velocidad de los ordenadores (23) que, venciendo tiempo y espacio, hiperinundan de información a los lectores, en tiempo real, quienes no estamos aún en posibilidades para su rápida y plena decodificación y uso.



En Jüri Talvet, se expresa también Occidente (“ataúd rectangular”), además de lo ya señalado, en su protagonismo de histórica tradición marcando los matices y el rumbo de la cultura mundial en el desarrollo de varios de sus elementos, tales las rutas de la ciencia y la filosofía (23), en los tramos más cercanos a nosotros, no solo por lo epistemológico en los que brilló la cultura europea moderna; sino también en  lo ontológico-lingüístico en los que connotan los tiempos posmodernos y los más actuales y recientes de después de lo posmoderno; lo que denota no solo diferencias sino, lo que es peor, olvido, ultraje, exclusión y exterminio poscolonial de aquello que Occidente llama las  subculturas del sur subdesarrollado (53), sin ningún punto de encuentro, por ahora,  ni posibles vasos comunicantes de intercambio. Más bien, ignorancia e indiferencia recíprocas, por ejemplo entre África abajo al calor de sus rugidos naturales, y Europa en el frío de las alturas y sus palabras; ambas, al conjuro de tiempos y espacios diferentes, marcados por las implacables leyes del desarrollo desigual, en desmedro del sur.

El poeta desenvuelve sugestivos intercambios tiempo-espacio (23; 27), que denotan no solo resonancia heraclítea como devenir; sino, además, sentida connotación sicoafectiva en torno a los vástagos queridos- concreción de presente e insinuación de futuro-; de impacto extensible hoy en tiempos de conflictos y conflagraciones,  sobre la esfera sociocultural, pues,  a la hora de las confrontaciones, esta esfera sicoafectiva fragua el entendimiento en base a los consensos, en los ámbitos personal, familiar y de peso crucial en los entornos nacional y global “…más allá de los países y los mares”.

Tiempo, también, en la cadena dialéctica vida-muerte; primero, (131), se intuye  una implícita y bien lograda y original asociación lírica entre Laozi y  Jorge Manrique de Las Coplas; segundo, (73; 75; 77; 79; 81), se evidencia, con resonancias  de Los nueve monstruos vallejianos, una requisitoria por la afrenta que significa  el crecimiento y el bienestar de Occidente, paradójicamente negados por la impavidez moral de su convivencia con la muerte asociada a los disvalores citadinos, a la pobreza y a las cámaras de gas; tercero, tiempo como historia, en su acepción de cambio y desarrollo (57; 67), aunque las innovaciones materiales no siempre significan ni mejores posibilidades para el desarrollo humano, ni motivos de felicidad; y; cuarto, tiempo  en su carácter de necesario proceso de humanización (37), que nos convoca, a la usanza borgesiana, sobre la simbología antigua de herencia hebreo-judaica para darle mayor valor y fortalecer nuestras primigenias raíces, tanto las genéticas cuanto las culturales, propicias al fortalecimiento ético; ligando éste con los mensajes de amorosas y nostálgicas raíces paterno-familiares (85; 139; 141); así como a los contenidos de la tríada historia-afectividad paterna-espacio cultivado, en las conceptos siguientes:
a)       Respecto de “Como terminar dignamente un siglo” (43), en los que sobre el mítico contexto de la fecundación y el nacimiento, recurrente en la poesía de Talvet, esta vez sobre el símbolo  “padre-hija”, y la invocación de “salve, amplía la memoria”, más allá del logrado remate aparentemente inesperado e ilógico de la imagen del poema; nos permite: primero, la libertad de extender  su significado al proceso de evolución material, sobre el principio de servidumbre de estratos, en este caso, blanca como la nieve la hoja de papel, que proviene del árbol, del que se alimenta la vaca, en el día de San Jorge que repuebla la memoria de recuerdos que enternecen el alma; en un necesario y dialéctico fluir, desde lo inorgánico hacia lo espiritual, pasando por lo biológico y sociocultural, según el esquema aristotélico al que sorprendentemente antecede el  bíblico modelo creacionista; y, segundo, la corroboración de que estamos ante un poeta de mundialmente hegemónica cultura escrita antes que oral que, entre otros,  lo predispone en el tono y matices de sus cánones de escritor y de crítico.
b)       Igualmente, en Ella duerme… (139), el poeta vuelve sobre su propósito implícito de negarse a la presencia de la muerte, esta vez usando la imagen “madre-hijo”, en flujo recíproco desde la madre que “duerme” y cuya voz solo alcanza al “sueño” y cuyos ojos golpean los “muros del sueño”,  y que viene hacia a la “nieve” de la memoria del hijo. Percibimos en este poema el eje de las humanas preocupaciones del poeta y la explicación de la riqueza semántica que condensa el título “Del sueño, de la nieve”, de esta Antología de Jüri Talvet; no solo la recurrencia de los míticos temas del renacimiento y de lo nuevo a través de los símbolos navideños; sino, igual, recurrencia de matices cromáticos – en especial del “verde”, de muy diversa tradición en la poética mundial e hispana, sobre los que confluyen la tradición cristiana y la telúrica “nieve” en la raíz nativa del poeta; tríada de color, fe y teluria, que no solo proyecta esperanza, sino vida eterna predispuesta siempre al cíclico verde renacer primaveral cada vez que empieza a disiparse el blanco tul de la nieve invernal. Este elan de esperanza y eternidad  revitalizan también  la roca que sustenta la ascensión del monasterio más allá del tiempo, a propósito del póstumo homenaje que Talvet rinde a Carmen Luz Bejarano, poetisa peruana,  en Todavía me cuesta acostumbrarme (101); facilitándonos, asimismo,  el necesario anclaje para explicar y entender que, para el poeta,  la humanidad tiene en la memoria individual y colectiva, y  a la que nunca igualarán ninguno de sus creados  auxiliares materiales, lo más noble para vencer la finitud del tiempo y venerar, a hijos, padres y patria, lo más amado y sentido de su alma.
c)        En el contexto, de historia y espacio natural,  que analizamos líneas arriba, no solo se insertan de modo espontáneo las preocupaciones ecologistas (145) que cierran esta Antología, sino que, además, nos permite una visión global e integradora del poemario y la constatación de la unidad del mensaje  que desde el inicio en No sé cómo poder quererte aún más (13), la impronta iluminadora del poeta nos muestra diversidad  de deformadoras facetas y marcas en el individuo, la sociedad y la naturaleza que la humanidad deberá seguir pugnando por restañar para que, al fin, desde la neblinosa opacidad de sus carencias, la plenitud del humano rostro luzca con el bien, la justicia y el amor.

El nervio creador de Jüri Talvet  se potencia con sus dotes de filólogo comparatista y de su enérgico espíritu patriótico, en parentesco con el de nuestro Manuel González Prada de la postguerra del Pacífico de 1879, que lo impulsan por el mundo, con su bandera en alto, celebrando la libertad y cantando las glorias de Estonia, en camino de seguir mostrándose, a un escaso cuarto de siglo de possocialismo, como una nación de pujante desarrollo en su nuevo entorno de libre mercado y en condiciones, también, de empezar ya a señalarnos rumbos, asentada sobre el alma de sus épicos y legendarios ancestros,  de sus creadores y de sus poetas.
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De Jüri Talvet, en español, han aparecido sus poemas Del sueño, de la nieve (Antología 2001-2009).  Zaragoza-España: Olifante, Ediciones de poesía, 2010, 184 pp; traducción de Albert Lázaro-Tinaut). Los números entre paréntesis se refieren a los números de sus páginas.

Jüri Talvet (Pärnu, Estonia 1945) es catedrático de Literatura Comparada en la Universidad de Tartu, presidente de la Asociación Estonia de Literatura Comparada y reconocido hispanista, traductor y conferenciante. Reconocido poeta en su país, ha sido galardonado por los premios Juhan Liiv de poesía (1997) y el premio Memorial Ivar Ivask de poesía y ensayo (2002). Entre otros, Jüri Talvet ha participado en el Festival Internacional de Poesía de Medellín (2008), el Festival Internacional de Poesía del Lago Qinghai-China (agosto 2015), donde nos conocimos, y en el Festival Internacional de Poesía de Lima (2016), que renovó la oportunidad de nuestro honroso encuentro e hizo posible que nos obsequiara con la antología que ahora comentamos.


Ángel Lavalle Dios (Tumbes, Perú, 1946) es catedrático cesante de Filosofía y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Santa de Chimbote-Perú; y ex docente de las universidades nacionales de Tumbes, Piura y Trujillo. Como poeta fue reconocido con Mención Honrosa en los Juegos Florales Universitarios 1968 de la Universidad Nacional de Trujillo, su Alma Mater; y ha publicado entre otros, los poemarios La palabra del sol (1989), con auspicio del Concytec; Caminos del viento (1990); Mullus (1993); Agua Vida (2009); Semillas (2010); Naturemas. Antología” (2012). Creó, dirige y edita desde 1990 Bellamar, revista de Cultura, con auspicio de la Universidad Nacional del Santa de Chimbote.




BREVE ANTOLOGÍA DE JÜRI TALVET



Breve carta a Álvaro de Campos
¿Qué es a realidad? Solo un montón de huesos. Por eso hay
que construir, solo por eso hay que construir con argamasa
hecha de ceniza y alba, imaginaciones, paredes que hablen
para una casa en que tal vez se aloje un día una muchacha.



Cómo terminar dignamente un siglo
¡Oh, mira cómo bailan las letras en las páginas sobrias
que son como la nieve o como una fresca y pulcra sábana
festiva dispuesta sobre el lecho, a la espera del calor
de unos cuerpos de amantes! Pulgas en el hilo invisible
del domesticador de fieras; no, ¡son más bien mujeres
preñadas de significaciones indescifrables! (Dónde
que no sea en los límites de la Tierra del Fuego)
Sin que acumules, se acumula. En pesados estantes, sin
espacios de aire, sin corredores en los que quepa un codo
o donde pueda una carcoma enclavar su yunque. ¡Salve,
amplía la memoria! Espera una explosión.
Sabe, sabe, sabe ya que eres padre!)
Tú espera, mi pequeña, voy rodando de página
en página, espera un poco más, sigo deslizándome
hacia abajo y, pese a la blancura de la hoja,
he tropezado con una letra y un canto afilado
me ha hecho sangrar la palma de la mano.
Espera. Me vengaré mordiendo la hoja,
que ahora sabe a hierba en la boca de una vaca
sin nombre en medio de los pastos
el día de San Jorge.



Un congreso de literatura en el continente cálido
De un frio de cincuenta grados bajo cero allá en lo alto
de las nubes llegamos flotando Los leones rugían
para saludarnos Fundimos nuestras bocas en el desierto
de Kalahari Echamos al aire un millón de palabras
sobre “el límite” y “el otro” África reía relinchando por encima
de esas mismas palabras Orinaba sobre ellas Metimos los papeles
en los portafolios Regresamos flotando hacia arriba hasta aquel frío
de cincuenta grados bajo cero Los leones nos despidieron rugiendo


 El hombre y la mujer
¡Hay del hombre que transita los caminos
del tiempo, tan a medio hacer que siempre
hicieron falta adjetivos para complementarlo!:
homo sapiens, homo ludens,
homo politicus o bien homo sexual.
Pero la que suele conocerse como
costilla del hombre no es un hueso,
porque su nombre tampoco
pende de otro nombre,
sino que huele –independientemente
de la lengua en que se pronuncie-
siempre a lo mismo; a hierba,
a mar, a tierra limpia o a aire,
o, si se quiere una imagen
más precisa, solo a sí y únicamente
a sí, a sí misma: a mujer.

A un escritor naturalista
Te mando un montón de ropa vieja
para que les pongas calcetines, pantalones
y un abrigo ligero, por lo menos,
a tus personajes que, según dices,
han sido tomados de la vida misma.
(Quien haya sido tomado de la tierra, ése…)
Quien haya sido tomado de la vida, volverá
a la vida. Pero ya que los pintas desnudos
acuérdate que en la calle, mientras tanto,
ha empezado el invierno.


Abajo fluye China
En el cuarto de baño del undécimo
piso del hotel Anne Black
me lavo junto a la ventana
El agua fluye sonora
cuerpo abajo
El cuerpo fluye
sonoro hacia abajo
Por un instante de mi vida
soy Laozi
en el río de los hombres
que fluye abajo
por la calle
sabedor de su rumbo
en el agua sonora
del tiempo


 Vuela hacia la colmena

Las golondrinas doblan
fulgurantes la esquina,
gajos dorados del corazón.
Una eres tú,
que por primera vez,
has ido sola a la tienda,
y regresas a casa
corriendo-corriendo,
sonriente-sonriente,
feliz-feliz,
con las trenzas fulgurantes,
palpitante el corazón,
y en la bolsa uno de esos panes
tan grandes y sabrosos,
un pan de centeno de Pärnu.

  
Ella duerme, ella duerme, ella duerme.
Ella ya no me reconoce.
Ella, mi madre, duerme.
Su voz solo alcanza el sueño.
Ella duerme.
Hacia la nieve gris aún levanta sus manos.
Sus ojos golpean los muros del sueño.
Ven a la sombra, madre, ven
de la noche a la nieve de mi memoria.


















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