miércoles, 25 de enero de 2017

PUTREFACCIÓN, POLÍTICA, 
POESÍA Y PUREZA



Todo eso y mucho más sigue en el texto del gran poeta austríaco Georg Trakl (1884-1914), uno de los representantes del expresionismo alemán. En en esa línea, se trata de lo más horrendo y execrable, pero también lo más humano y puro del ser humano y que, como se puede constatar, sigue vigente en este siglo.



REVELACIÓN Y CAÍDA


            Extrañas son las nocturnas sendas del hombre. Cuando de noche deambulaba por pétreos aposentos y ardía una quieta lamparilla en cada uno de ellos, un candelabro de cobre, y cuando me desplomé tiritando en el lecho, otra vez estaba sobre mí la negra sombra de la forastera, y silenciosamente escondí el rostro en las tardas manos. También el jacinto había florecido azul en la ventana y la antigua plegaria se posó sobre los purpúreos labios del que respiraba; de los párpados cayeron cristalinas lágrimas vertidas por el amargo mundo. En esa hora, a la muerte de mi padre, yo era el hijo blanco. Con aguaceros azules llegó el viento nocturno, la oscura queja de la madre otra vez muriendo, y vi el negro averno en mi corazón; minuto de luminosa quietud. Quedamente surgió desde la pared encalada un rostro inefable –un adolescente moribundo–, la belleza de una estirpe que regresa al hogar. La frescura de la piedra abrazó a la sien vigilante, extinguiéronse los pasos de las sombras sobre derruidos peldaños, una sonrosada ronda en el jardincillo.

            Estaba sentado en silencio en una taberna abandonada bajo un ahumado maderamen y a solas con mi vino; un cadáver resplandeciente inclinado sobre algo oscuro y a mis pies yacía un cordero muerto. Desde un pútrido azul surgió la pálida figura de la hermana y habló así su sangrante boca: “Hiere, negra espina”. Ah, aún resuenan en mí los argénteos brazos de salvajes tempestades. Fluya la sangre de los pies lunares y florezca en la nocturna senda por donde la rata chillando se escabulle. Refuljan, estrellas, en mis abovedadas cejas, mientras en la noche apenas tañe el corazón. Una sombra roja irrumpió en la casa con ardiente espada y huyó con nívea frente. Oh, amarga muerte.

Y una oscura voz habló desde mí: En nocturno bosque a mi caballo negro le rompí la cerviz cuando de sus purpúreos ojos brotó la locura; la sombra de los olmos, la risa azul del manantial y la negra frescura de la noche se abatieron sobre mí, al tiempo que yo, salvaje cazador, perseguía a un venado de nieve; en pétreo averno mi rostro se extinguió.

Y una gota de sangre cayó radiante en el vino del solitario, y cuando bebí de él sabía más amargo que la amapola. Y una nube negruzca envolvió mi cabeza, las cristalinas lágrimas de ángeles malditos; y quedamente manó la sangre de la argéntea herida de la hermana y una lluvia ardiente de fuego cayó sobre mí.

Por los linderos del bosque quiero ir yo, taciturno como soy, a quien el híspido sol se le ha caído de las manos mudas; un forastero en la colina crepuscular que llorando alza los párpados sobre la pétrea ciudad; un venado que inmóvil permanece en la paz del viejo saúco; oh, inquieta escucha la testuz crepuscular, o son los titubeantes pasos que siguen a la nube azul por la colina, y también a las adustas estrellas. A un lado la callada escolta de los verdes sembríos; por las mohosas sendas del bosque acompaña el tímido corzo. Se han cerrado mudas las chozas de los aldeanos y en la negra quietud del viento se vuelve angustiante la azul queja del arroyo.

Pero cuando descendía por el rocoso sendero, me acometió la locura y di fuertes gritos en la noche; y cuando con argénteos dedos me incliné sobre las silenciosas aguas, vi que mi rostro me había abandonado. Y la blanca voz me dijo “¡Mátate!” Gimiendo, surgió en mí la sombra de un muchacho, y me miró brillante con sus ojos cristalinos; fue entonces que llorando me desplomé bajo los árboles, bajo la imponente bóveda estrellada.

Peregrinaje sin sosiego por salvajes rocas lejos del caserío crepuscular, de los rebaños que regresan; en lontananza pace el sol poniente sobre un prado cristalino con salvaje canto que estremece, el solitario grito del ave agonizando en la calma azul. Pero en silencio llegas tú en la noche, cuando hacía guardia en la colina o me enfurecía en la tormenta primaveral; y cada vez más negra la melancolía anubla la cabeza separada, relámpagos horribles espanta el alma nocturna, tus manos desgarran mi exhausto pecho.

            Cuando penetré en el jardín crepuscular y la negra figura del mal se apartó de mí, la noche me envolvió con su calma de jacinto; y entonces navegué en encorvada barca sobre el estanque tranquilo y una dulce paz tocó mi pétrea frente; atónito yacía bajo los viejos sauces y sobre mí se hallaba el alto cielo azul, henchido de estrellas; y como al contemplarlo me iba muriendo, murieron el miedo y el dolor en lo más hondo de mí, y brillando en la oscuridad elevóse la sombra azul del muchacho, dulce canto; y con alas de luna, por sobre verdes cumbres y peñas cristalinas, ascendió el blanco rostro de la hermana.

            Con sandalias de plata descendí los espinosos peldaños y entré en el encalado aposento. Allí un candelabro ardía suavemente y en silencio oculté la cabeza en purpúreos lienzos; y la tierra arrojó el cadáver de un niño, una imagen lunar que fue separándose de mi sombra; con quebrados brazos cayó por pétreo despeñadero, nieve en copos.


(Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo)



OFFENBARUNG UND UNTERGANG

Seltsam sind die nächtigen Pfade des Menschen. Da ich nachtwandelnd an steinernen Zimmern hinging und es brannte in jedem ein stilles Lämpchen, ein kupferner Leuchter, und da ich frierend aufs Lager hinsank, stand zu Häupten wieder der schwarze Schatten der Fremdlingin und schweigend verbarg ich das Antlitz in den langsamen Händen. Auch war am Fenster blau die Hyazinthe aufgeblüht und es trat auf die Lippe des Odmenden das alte Gebet, sanken kristallne Tränen geweint um die bittere Welt. In dieser Stunde war ich im Tod meines Vaters der weiße Sohn. In blauen Schauern kam vom Hügel der Nachtwind, die dunkle Klage der Mutter, hinsterbend wieder und ich sah die schwarze Hölle in meinem Herzen; Minute schimmernder Stille. Leise trat aus kalkiger Mauer ein unsägliches Antlitz - ein sterbender Jüngling - die Schönheit eines heimkehrenden Geschlechts. Mondesweiß umfing die Kühle des Steins die wachende Schläfe, verklangen die Schritte der Schatten auf verfallenen Stufen, ein rosiger Reigen im Gärtchen.

Schweigend saß ich in verlassener Schenke unter verrauchtem Holzgebälk und einsam  beim Wein; ein strahlender Leichnam  über ein Dunkles geneigt und es lag ein totes Lamm zu meinen Füßen. Aus verwesender Bläue trat die bleiche Gestalt der Schwester und also sprach ihr blutender Mund: Stich schwarzer Dorn. Ach noch tönen von wilden Gewittern die silbernen Arme mir. Fließe Blut von den mondenen Füßen, blühend auf nächtigen Pfaden, darüber schreiend die Ratte huscht. Aufflackert ihr Sterne in meinen gewölbten Brauen; und es läutet leise das Herz in der Nacht. Einbrach ein roter Schatten mit flammendem Schwert in das Haus, floh mit schneeiger Stirne. O bitterer Tod.

Und es sprach eine dunkle Stimme aus mir: Meinem Rappen brach ich im Wald das Genick, da aus seinen purpurnen Augen der Wahnsinn sprang; die Schatten der Ulmen fielen auf mich, das blaue Lachen des Quells und die schwarze Kühle der Nacht, da ich ein wilder Jäger aufjagte ein schneeiges Wild; in steinerner Hölle mein Antlitz erstarb.

Und schimmernd fiel ein Tropfen Blutes in des Einsamen Wein; und da ich davon trank, schmeckte er bitterer als Mohn; und eine schwärzliche Wolke umhüllte mein Haupt, die kristallenen Tränen verdammter Engel; und leise rann aus silberner Wunde der Schwester das Blut und fiel ein feuriger Regen auf mich.

Am Saum des Waldes will ich ein Schweigendes gehn, dem aus sprachlosen Händen die härene Sonne sank; ein Fremdling am Abendhügel, der weinend aufhebt die Lider über die steinerne Stadt; ein Wild, das stille steht im Frieden des alten Holunders; o ruhlos lauscht das dämmernde Haupt, oder es folgen die zögernden Schritte der blauen Wolke am Hügel, ernsten Gestirnen auch. Zur Seite geleitet stille die grüne Saat, begleitet auf moosigen Waldespfaden scheu das Reh. Es haben die Hütten der Dörfler sich stumm verschlossen und es ängstigt in schwarzer Windesstille die blaue Klage des Wildbachs.

Aber da ich den Felsenpfad hinabstieg, ergriff mich der Wahnsinn und ich schrie laut in der Nacht; und da ich mit silbernen Fingern mich über die schweigenden Wasser bog, sah ich daß mich mein Antlitz verlassen. Und die weiße Stimme sprach zu mir: Töte dich! Seufzend erhob sich eines Knaben Schatten in mir und sah mich strahlend aus kristallnen Augen an, daß ich weinend unter den Bäumen hinsank, dem gewaltigen Sternengewölbe.

Friedlose Wanderschaft durch wildes Gestein ferne den Abendweilern, heimkehrenden Herden; ferne weidet die sinkende Sonne auf kristallner Wiese und es erschüttert ihr wilder Gesang, der einsame Schrei des Vogels, ersterbend in blauer Ruh. Aber leise kommst du in der Nacht, da ich wachend am Hügel lag, oder rasend im Frühlingsgewitter; und schwärzer immer umwölkt die Schwermut das abgeschiedene Haupt, erschrecken schaurige Blitze die nächtige Seele, zerreißen deine Hände die atemlose Brust mir.

Da ich in den dämmernden Garten ging, und es war die schwarze Gestalt des Bösen von mir gewichen, umfing mich die hyazinthene Stille der Nacht; und ich fuhr auf gebogenem Kahn über den ruhenden Weiher und süßer Frieden rührte die versteinerte Stirne mir. Sprachlos lag ich unter den alten Weiden und es war der blaue Himmel hoch über mir und voll von Sternen; und da ich anschauend hinstarb, starben Angst und der Schmerzen tiefster in mir; und es hob sich der blaue Schatten des Knaben strahlend im Dunkel, sanfter Gesang; hob sich auf mondenen Flügeln über die grünenden Wipfel, kristallene Klippen das weiße Antlitz der Schwester.

Mit silbernen Sohlen stieg ich die dornigen Stufen hinab und ich trat ins kalkgetünchte Gemach. Stille brannte ein Leuchter darin und ich verbarg in purpurnen Linnen schweigend das Haupt; und es warf die Erde einen kindlichen Leichnam aus, ein mondenes Gebilde, das langsam aus meinem Schatten trat, mit zerbrochenen Armen steinerne Stürze hinabsank, flockiger Schnee.

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