sábado, 15 de abril de 2017

UN POEMA DE ANNE SEXTON
(1928-1974)
seguido Mercy, de la canción alusiva 
de Peter Gabriel (ver enlace abajo)




45 Mercy Street (*)

En mi sueño,
horadando el tuétano
de todo mi hueso,
mi sueño real,
recorro de arriba abajo Beacon Hill
buscando un letrero de calle:
MERCY STREET.
Nada.

Busco en Back Bay.
Nada.
Nada.
Pero aún sé el número.
45 Mercy Street.
Sé de la ventana manchada
de la entrada,
los tres pisos de la casa
con suelo de parqué.
Sé de los muebles,
madre, abuela, bisabuela,
las criadas.
Sé del armario Spode,
el bote de hielo, de plata sólida,
donde la mantequilla se asienta en cuadraditos
como dentadura de un extraño gigante
en la mesa grande de caoba.
Lo sé bien.
Nada.

¿A dónde fuiste?
45 Mercy Street,
con bisabuela
arrodillada en su corsé de hueso de ballena,
rezando suave pero ferozmente
al lavabo,
a las 5 am,
al mediodía
dormitando en su pomposa mecedora,
abuelo tomando una siesta en la despensa,
abuela tocando la campana para la sirvienta de abajo,
y Nana meciendo a Madre con una enorme flor
en su frente para cubrir el rizo
de cuando ella estaba bien y era…
Y donde fue engendrada
y en una generación
que ella engendrará,
a mí,
floreciendo la semilla de la extraña
en la flor llamada Horror.

Voy con un traje amarillo
y una cartera blanca llena de cigarrillos,
bastantes pastillas, mi billetera, mis llaves,
y tengo veintiocho, ¿o cuarentaicinco?
Camino, camino.
Sostengo fósforos en los letreros,
es oscuro,
tan oscuro como los muertos curtidos
y he perdido mi Ford verde,
y mi casa en los suburbios,
dos niños
sorbidos como polen por la abeja que hay en mí
y un esposo
que ha borrado sus ojos
para no ver mi revés
y camino y miro
y esto no es sueño
solo mi vida grasienta
donde las personas son coartadas
y nadie encontrará la calle
en toda la vida.

Cierra la cortina en la noche.
¡No me importa!
Clausura la puerta, piedad,
borra el número,
rompe el letrero,
lo que puede importar,
lo que puede importarle a esta mezquina,
¿Quién quiere su propio pasado
que partió en un barco muerto
y me dejó solo con papel?

Abro mi cartera,
como lo hacen las mujeres,
y hurgo por todos lados
entre los dólares y el lápiz de labios.
Los saco,
uno a uno,
y los lanzo a los letreros
y tiro mi cartera
al Charles River.
Luego me quito el sueño
y lo estrello contra la pared de cemento
del estúpido calendario.
Vivo en,
mi vida,
y sus acarreados
cuadernos.


·         Literalmente, Calle de la Piedad, situada en Boston, donde vivía Sexton (T)

(Traducción del inglés de Renato Sandoval Bacigalupo)



45 Mercy Street
In my dream,
drilling into the marrow
of my entire bone,
my real dream,
I'm walking up and down Beacon Hill
searching for a street sign -
namely MERCY STREET.
Not there.

I try the Back Bay.
Not there.
Not there.
And yet I know the number.
45 Mercy Street.
I know the stained-glass window
of the foyer,
the three flights of the house
with its parquet floors.
I know the furniture and
mother, grandmother, great-grandmother,
the servants.
I know the cupboard of Spode
the boat of ice, solid silver,
where the butter sits in neat squares
like strange giant's teeth
on the big mahogany table.
I know it well.
Not there.

Where did you go?
45 Mercy Street,
with great-grandmother
kneeling in her whale-bone corset
and praying gently but fiercely
to the wash basin,
at five A.M.
at noon
dozing in her wiggy rocker,
grandfather taking a nap in the pantry,
grandmother pushing the bell for the downstairs maid,
and Nana rocking Mother with an oversized flower
on her forehead to cover the curl
of when she was good and when she was...
And where she was begat
and in a generation
the third she will beget,
me,
with the stranger's seed blooming
into the flower called Horrid.

I walk in a yellow dress
and a white pocketbook stuffed with cigarettes,
enough pills, my wallet, my keys,
and being twenty-eight, or is it forty-five?
I walk. I walk.
I hold matches at street signs
for it is dark,
as dark as the leathery dead
and I have lost my green Ford,
my house in the suburbs,
two little kids
sucked up like pollen by the bee in me
and a husband
who has wiped off his eyes
in order not to see my inside out
and I am walking and looking
and this is no dream
just my oily life
where the people are alibis
and the street is unfindable for an
entire lifetime.

Pull the shades down -
I don't care!
Bolt the door, mercy,
erase the number,
rip down the street sign,
what can it matter,
what can it matter to this cheapskate
who wants to own the past
that went out on a dead ship
and left me only with paper?

Not there.

I open my pocketbook,
as women do,
and fish swim back and forth
between the dollars and the lipstick.
I pick them out,
one by one
and throw them at the street signs,
and shoot my pocketbook
into the Charles River.
Next I pull the dream off
and slam into the cement wall
of the clumsy calendar
I live in,
my life,
and its hauled up
notebooks. 




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