miércoles, 17 de mayo de 2017

Un poema de Cesare Pavese
(1908-1950)


El vino triste

Lo difícil es sentarse sin hacerse notar.
Todo lo demás viene luego por añadidura. Tres sorbos
y vuelve el deseo de pensarlo a solas.
Se abre un fondo de lejanos zumbidos,
todo se esparce, y es un milagro
haber nacido y contemplar el vaso. El trabajo
(el hombre solo no puede no pensar en el trabajo)
vuelve a ser el antiguo destino que es hermoso sufrir
para poderlo recordar. Después los ojos se clavan
en la nada, dolientes, como si estuvieran ciegos.

Si este hombre se levanta de nuevo y va a su casa a dormir,
semeja a un ciego que ha perdido el camino. Cualquiera
podría aparecer de pronto en una esquina y molerlo a golpes.
Podría surgir una mujer y tenderse en la calle,
bella y joven, bajo otro hombre, gimiendo
tal como una mujer gimiera alguna vez con él.
Pero este hombre no ve. Va a su casa a dormir
y la vida no es más que un zumbido de silencio.

Si se le desnuda, en este hombre se encuentran, dispersos,
miembros exhaustos y pelo brutal. ¿Quién diría
que en él transitan tibias venas
donde antes crepitaba la vida? Nadie
creería que alguna vez una mujer acarició
y besó ese cuerpo, estremecido,
bañándolo de lágrimas, ahora que el hombre,
al fin en casa para dormir, no lo consigue, y gime.

                                               Diciembre 1934

(Traducción del italiano de Renato Sandoval Bacigalupo)


Il vino triste

La fatica è sedersi senza farsi notare.
Tutto il resto poi viene da sé. Tre sorsate
e ritorna la voglia di pensarci da solo.
Si spalanca uno sfondo di lontani ronzii,
ogni cosa si sperde, e diventa un miracolo
esser nato e guardare il bicchiere. Il lavoro
(l’uomo solo non può non pensare al lavoro)
ridiventa l’antico destino che è bello soffrire
per poterci pensare. Poi gli occhi si fissano
a mezz’aria, dolenti, come fossero ciechi.


Se quest’uomo si rialza e va a casa a dormire,
pare un cieco che ha perso la strada. Chiunque
può sbucare da un angolo e pestarlo di colpi.
Può sbucare una donna e distendersi in strada,
bella e giovane, sotto un altr’uomo, gemendo
come un tempo una donna gemeva con lui.
Ma quest’uomo non vede. Va a casa a dormire
e la vita non è che un ronzio di silenzio.


A spogliarlo, quest’uomo, si trovano membra sfinite
e del pelo brutale, qua e là. Chi direbbe
che in quest’uomo trascorrono tiepide vene
dove un tempo la vita bruciava? Nessuno
crederebbe che un tempo una donna abbia fatto carezze
su quel corpo e baciato quel corpo, che trema,
e bagnato di lacrime, adesso che l’uomo
giunto a casa a dormire, non riesce, ma geme.



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