martes, 31 de enero de 2017

JÜRI TALVET,
memoria que vence muerte y tiempo

                                                         Ángel Lavalle Dios (*)




Alcanzada su libertad a partir de los 90s, Estonia levanta vuelo para mostrar al mundo todas sus riquezas, potencialidades y sueños, en especial los de su arte poético que ya brillaban desde la pionera presencia de Juhan Liiv. Ahora es Jüri Talvet, en la avanzada de una pléyade de poetas estonios dedicados a fortalecer una larga tradición literaria sostenida, entre otros, sobre el mítico anclaje de su entrañado Kalevipoeg; enriqueciéndola con la incorporación de la cultura universal, en titánica pero gratificante labor. 

La metaficción es la esfera poética de Jüri Talvet, con evidentes y definidos  matices posmodernos y enérgica figura de caballero andante con espada siempre en ristre, de  “poeta molestamente independiente”, cristalizando la bella alegoría estonia de los tres leones en alas de su golondrina, luego de muchas décadas de sujeción extranjera.

Si atendemos a las ficciones, éstas nos muestran, nos ocultan y, a veces,  se desentienden de mundos tan diversos y expectantes; tal como lo hace la propia realidad, dependiendo de con qué pericia el escalpelo del lenguaje se adentra en ella. Las ficciones en general son diversos recursos mnémicos que perennizan todas las conquistas gnose-afectivas del hombre sobre la realidad y que han sido conservadas, sucesivamente, en la propia memoria y luego transmitidas en forma oral; y más adelante grabadas en objetos de madera, de hueso, en geoglifos, petroglifos, en tela,  en diversidad de objetos cerámicos, en paredes, columnas y techos, en alto y bajo relieve, de grandes edificaciones y tatuadas en el cuerpo humano; a despecho de la invención y uso de la escritura en sus diversos medios y la más avanzada tecnología virtual de nuestros días.

Jüri Talvet nos conduce por diversos planos de las ficciones (la sicología pavloviana denomina primer y segundo sistema de señales); tanto por las de primero, cuanto por las de segundo, así como por las de tercer grado, y no solo por las ficciones artísticas; asumiéndolas como “realidad” (29; 33), tanto más útiles al hombre si menos alambicadas y si más nos pertrechan para gozar de los encantos de la misma. Sin embargo, no siempre es así, pues, muchos son los casos en que las ficciones enmudecen o resultan también insuficientes frente a una realidad que las supera por su magnitud y su crueldad (71; 73; 75; 77); por ello es que, a veces, conviene más vivir la realidad tal cual, sin intermediarios inoportunos (39; 59), tratándose sobre todo  de una de las vivencias más sublimes de la humanidad, tal el amor sustanciado en  eros-ágape. No obstante, por ningún motivo debemos excluirlas de nuestro diario trajinar, pues, sin las ficciones y, sobre todo, sin sueños (33), ni esperanza (123), el alma se anquilosa  e impide que florezca la poiesis creadora de nuevas realidades y ficciones (57; 61; 63; 67; 121; 123; 131), sobre crudas realidades que, no solo conmueven las fibras más nobles del poeta, sino que movilizan su espíritu solidario (y su propósito es movilizar el nuestro), para mitigar el hambre y la desnudez de nuestros congéneres excluidos.

Este mar de fondo de las metaficciones, en Jüri Talvet se complementa e integra con sugestivas muestras no ficcionales (47, 53), en línea con lo más reciente de la artes literarias,  que ensambla lo periodístico noticioso con lo ficcional, convocantes de exigidas y complejas cualidades creadoras; motivadoras, a su vez, de sugestivas y diversificantes actividades decodificantes y recreadoras.

El lenguaje en su acepción lata de herramienta, según términos de Wittgenstein, para interactuar con la realidad, llama la atención de Jüri Talvet, y sobre el mismo nos aboca, y protagoniza en lo que seguirá siendo la polémica internacional, liderada por Occidente, sobre la naturaleza y funciones del lenguaje; por ejemplo, a propósito de Foucault, como discurso del cuerpo y sus signos tatuados o sus distintos atuendos marcando diferencias geográficas y culturales; pero, sobre todo, económicas y sociales (13; 15) ; lo anterior no significa, suscribir la tesis behaviorista de  “estímulo-respuesta” en la función representativa del lenguaje, como bien metaforiza el poeta (17). Aunque desde la perspectiva diacrónica, admite los cambios en el lenguaje (25; 27) determinados por el fluir de la realidad, que se objetiva, entre otros, en el tránsito “del día al año”. No debemos creer, sin embargo, a la usanza de “Las frutas de oro”, que algo tenga que ver la función de los críticos en los cambios del lenguaje (25; 55-in fine). Si, en cambio, tras las huellas de su compatriota Juhan Liiv, reiterar la comprobación de que las formas matemáticas de expresión poética inventadas por Occidente encorsetan el libre fluir del manantial creativo (19); entendiendo, además, que otros límites que el lenguaje impone, para entendernos con la realidad, provienen de la diversidad de lenguas o, tal vez, de la dificultad para el dominio individual de todas o de la mayoría de ellas; de donde derivaría, según nuestro entender, la necesidad de la recurrencia del discurso artístico posmoderno al pastiche o al collage, que marca con solvencia  en Jüri Talvet. Sobre la diversidad lingüística, concurre a su vez, la tecnología a través de la velocidad de los ordenadores (23) que, venciendo tiempo y espacio, hiperinundan de información a los lectores, en tiempo real, quienes no estamos aún en posibilidades para su rápida y plena decodificación y uso.



En Jüri Talvet, se expresa también Occidente (“ataúd rectangular”), además de lo ya señalado, en su protagonismo de histórica tradición marcando los matices y el rumbo de la cultura mundial en el desarrollo de varios de sus elementos, tales las rutas de la ciencia y la filosofía (23), en los tramos más cercanos a nosotros, no solo por lo epistemológico en los que brilló la cultura europea moderna; sino también en  lo ontológico-lingüístico en los que connotan los tiempos posmodernos y los más actuales y recientes de después de lo posmoderno; lo que denota no solo diferencias sino, lo que es peor, olvido, ultraje, exclusión y exterminio poscolonial de aquello que Occidente llama las  subculturas del sur subdesarrollado (53), sin ningún punto de encuentro, por ahora,  ni posibles vasos comunicantes de intercambio. Más bien, ignorancia e indiferencia recíprocas, por ejemplo entre África abajo al calor de sus rugidos naturales, y Europa en el frío de las alturas y sus palabras; ambas, al conjuro de tiempos y espacios diferentes, marcados por las implacables leyes del desarrollo desigual, en desmedro del sur.

El poeta desenvuelve sugestivos intercambios tiempo-espacio (23; 27), que denotan no solo resonancia heraclítea como devenir; sino, además, sentida connotación sicoafectiva en torno a los vástagos queridos- concreción de presente e insinuación de futuro-; de impacto extensible hoy en tiempos de conflictos y conflagraciones,  sobre la esfera sociocultural, pues,  a la hora de las confrontaciones, esta esfera sicoafectiva fragua el entendimiento en base a los consensos, en los ámbitos personal, familiar y de peso crucial en los entornos nacional y global “…más allá de los países y los mares”.

Tiempo, también, en la cadena dialéctica vida-muerte; primero, (131), se intuye  una implícita y bien lograda y original asociación lírica entre Laozi y  Jorge Manrique de Las Coplas; segundo, (73; 75; 77; 79; 81), se evidencia, con resonancias  de Los nueve monstruos vallejianos, una requisitoria por la afrenta que significa  el crecimiento y el bienestar de Occidente, paradójicamente negados por la impavidez moral de su convivencia con la muerte asociada a los disvalores citadinos, a la pobreza y a las cámaras de gas; tercero, tiempo como historia, en su acepción de cambio y desarrollo (57; 67), aunque las innovaciones materiales no siempre significan ni mejores posibilidades para el desarrollo humano, ni motivos de felicidad; y; cuarto, tiempo  en su carácter de necesario proceso de humanización (37), que nos convoca, a la usanza borgesiana, sobre la simbología antigua de herencia hebreo-judaica para darle mayor valor y fortalecer nuestras primigenias raíces, tanto las genéticas cuanto las culturales, propicias al fortalecimiento ético; ligando éste con los mensajes de amorosas y nostálgicas raíces paterno-familiares (85; 139; 141); así como a los contenidos de la tríada historia-afectividad paterna-espacio cultivado, en las conceptos siguientes:
a)       Respecto de “Como terminar dignamente un siglo” (43), en los que sobre el mítico contexto de la fecundación y el nacimiento, recurrente en la poesía de Talvet, esta vez sobre el símbolo  “padre-hija”, y la invocación de “salve, amplía la memoria”, más allá del logrado remate aparentemente inesperado e ilógico de la imagen del poema; nos permite: primero, la libertad de extender  su significado al proceso de evolución material, sobre el principio de servidumbre de estratos, en este caso, blanca como la nieve la hoja de papel, que proviene del árbol, del que se alimenta la vaca, en el día de San Jorge que repuebla la memoria de recuerdos que enternecen el alma; en un necesario y dialéctico fluir, desde lo inorgánico hacia lo espiritual, pasando por lo biológico y sociocultural, según el esquema aristotélico al que sorprendentemente antecede el  bíblico modelo creacionista; y, segundo, la corroboración de que estamos ante un poeta de mundialmente hegemónica cultura escrita antes que oral que, entre otros,  lo predispone en el tono y matices de sus cánones de escritor y de crítico.
b)       Igualmente, en Ella duerme… (139), el poeta vuelve sobre su propósito implícito de negarse a la presencia de la muerte, esta vez usando la imagen “madre-hijo”, en flujo recíproco desde la madre que “duerme” y cuya voz solo alcanza al “sueño” y cuyos ojos golpean los “muros del sueño”,  y que viene hacia a la “nieve” de la memoria del hijo. Percibimos en este poema el eje de las humanas preocupaciones del poeta y la explicación de la riqueza semántica que condensa el título “Del sueño, de la nieve”, de esta Antología de Jüri Talvet; no solo la recurrencia de los míticos temas del renacimiento y de lo nuevo a través de los símbolos navideños; sino, igual, recurrencia de matices cromáticos – en especial del “verde”, de muy diversa tradición en la poética mundial e hispana, sobre los que confluyen la tradición cristiana y la telúrica “nieve” en la raíz nativa del poeta; tríada de color, fe y teluria, que no solo proyecta esperanza, sino vida eterna predispuesta siempre al cíclico verde renacer primaveral cada vez que empieza a disiparse el blanco tul de la nieve invernal. Este elan de esperanza y eternidad  revitalizan también  la roca que sustenta la ascensión del monasterio más allá del tiempo, a propósito del póstumo homenaje que Talvet rinde a Carmen Luz Bejarano, poetisa peruana,  en Todavía me cuesta acostumbrarme (101); facilitándonos, asimismo,  el necesario anclaje para explicar y entender que, para el poeta,  la humanidad tiene en la memoria individual y colectiva, y  a la que nunca igualarán ninguno de sus creados  auxiliares materiales, lo más noble para vencer la finitud del tiempo y venerar, a hijos, padres y patria, lo más amado y sentido de su alma.
c)        En el contexto, de historia y espacio natural,  que analizamos líneas arriba, no solo se insertan de modo espontáneo las preocupaciones ecologistas (145) que cierran esta Antología, sino que, además, nos permite una visión global e integradora del poemario y la constatación de la unidad del mensaje  que desde el inicio en No sé cómo poder quererte aún más (13), la impronta iluminadora del poeta nos muestra diversidad  de deformadoras facetas y marcas en el individuo, la sociedad y la naturaleza que la humanidad deberá seguir pugnando por restañar para que, al fin, desde la neblinosa opacidad de sus carencias, la plenitud del humano rostro luzca con el bien, la justicia y el amor.

El nervio creador de Jüri Talvet  se potencia con sus dotes de filólogo comparatista y de su enérgico espíritu patriótico, en parentesco con el de nuestro Manuel González Prada de la postguerra del Pacífico de 1879, que lo impulsan por el mundo, con su bandera en alto, celebrando la libertad y cantando las glorias de Estonia, en camino de seguir mostrándose, a un escaso cuarto de siglo de possocialismo, como una nación de pujante desarrollo en su nuevo entorno de libre mercado y en condiciones, también, de empezar ya a señalarnos rumbos, asentada sobre el alma de sus épicos y legendarios ancestros,  de sus creadores y de sus poetas.
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De Jüri Talvet, en español, han aparecido sus poemas Del sueño, de la nieve (Antología 2001-2009).  Zaragoza-España: Olifante, Ediciones de poesía, 2010, 184 pp; traducción de Albert Lázaro-Tinaut). Los números entre paréntesis se refieren a los números de sus páginas.

Jüri Talvet (Pärnu, Estonia 1945) es catedrático de Literatura Comparada en la Universidad de Tartu, presidente de la Asociación Estonia de Literatura Comparada y reconocido hispanista, traductor y conferenciante. Reconocido poeta en su país, ha sido galardonado por los premios Juhan Liiv de poesía (1997) y el premio Memorial Ivar Ivask de poesía y ensayo (2002). Entre otros, Jüri Talvet ha participado en el Festival Internacional de Poesía de Medellín (2008), el Festival Internacional de Poesía del Lago Qinghai-China (agosto 2015), donde nos conocimos, y en el Festival Internacional de Poesía de Lima (2016), que renovó la oportunidad de nuestro honroso encuentro e hizo posible que nos obsequiara con la antología que ahora comentamos.


Ángel Lavalle Dios (Tumbes, Perú, 1946) es catedrático cesante de Filosofía y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Santa de Chimbote-Perú; y ex docente de las universidades nacionales de Tumbes, Piura y Trujillo. Como poeta fue reconocido con Mención Honrosa en los Juegos Florales Universitarios 1968 de la Universidad Nacional de Trujillo, su Alma Mater; y ha publicado entre otros, los poemarios La palabra del sol (1989), con auspicio del Concytec; Caminos del viento (1990); Mullus (1993); Agua Vida (2009); Semillas (2010); Naturemas. Antología” (2012). Creó, dirige y edita desde 1990 Bellamar, revista de Cultura, con auspicio de la Universidad Nacional del Santa de Chimbote.




BREVE ANTOLOGÍA DE JÜRI TALVET



Breve carta a Álvaro de Campos
¿Qué es a realidad? Solo un montón de huesos. Por eso hay
que construir, solo por eso hay que construir con argamasa
hecha de ceniza y alba, imaginaciones, paredes que hablen
para una casa en que tal vez se aloje un día una muchacha.



Cómo terminar dignamente un siglo
¡Oh, mira cómo bailan las letras en las páginas sobrias
que son como la nieve o como una fresca y pulcra sábana
festiva dispuesta sobre el lecho, a la espera del calor
de unos cuerpos de amantes! Pulgas en el hilo invisible
del domesticador de fieras; no, ¡son más bien mujeres
preñadas de significaciones indescifrables! (Dónde
que no sea en los límites de la Tierra del Fuego)
Sin que acumules, se acumula. En pesados estantes, sin
espacios de aire, sin corredores en los que quepa un codo
o donde pueda una carcoma enclavar su yunque. ¡Salve,
amplía la memoria! Espera una explosión.
Sabe, sabe, sabe ya que eres padre!)
Tú espera, mi pequeña, voy rodando de página
en página, espera un poco más, sigo deslizándome
hacia abajo y, pese a la blancura de la hoja,
he tropezado con una letra y un canto afilado
me ha hecho sangrar la palma de la mano.
Espera. Me vengaré mordiendo la hoja,
que ahora sabe a hierba en la boca de una vaca
sin nombre en medio de los pastos
el día de San Jorge.



Un congreso de literatura en el continente cálido
De un frio de cincuenta grados bajo cero allá en lo alto
de las nubes llegamos flotando Los leones rugían
para saludarnos Fundimos nuestras bocas en el desierto
de Kalahari Echamos al aire un millón de palabras
sobre “el límite” y “el otro” África reía relinchando por encima
de esas mismas palabras Orinaba sobre ellas Metimos los papeles
en los portafolios Regresamos flotando hacia arriba hasta aquel frío
de cincuenta grados bajo cero Los leones nos despidieron rugiendo


 El hombre y la mujer
¡Hay del hombre que transita los caminos
del tiempo, tan a medio hacer que siempre
hicieron falta adjetivos para complementarlo!:
homo sapiens, homo ludens,
homo politicus o bien homo sexual.
Pero la que suele conocerse como
costilla del hombre no es un hueso,
porque su nombre tampoco
pende de otro nombre,
sino que huele –independientemente
de la lengua en que se pronuncie-
siempre a lo mismo; a hierba,
a mar, a tierra limpia o a aire,
o, si se quiere una imagen
más precisa, solo a sí y únicamente
a sí, a sí misma: a mujer.

A un escritor naturalista
Te mando un montón de ropa vieja
para que les pongas calcetines, pantalones
y un abrigo ligero, por lo menos,
a tus personajes que, según dices,
han sido tomados de la vida misma.
(Quien haya sido tomado de la tierra, ése…)
Quien haya sido tomado de la vida, volverá
a la vida. Pero ya que los pintas desnudos
acuérdate que en la calle, mientras tanto,
ha empezado el invierno.


Abajo fluye China
En el cuarto de baño del undécimo
piso del hotel Anne Black
me lavo junto a la ventana
El agua fluye sonora
cuerpo abajo
El cuerpo fluye
sonoro hacia abajo
Por un instante de mi vida
soy Laozi
en el río de los hombres
que fluye abajo
por la calle
sabedor de su rumbo
en el agua sonora
del tiempo


 Vuela hacia la colmena

Las golondrinas doblan
fulgurantes la esquina,
gajos dorados del corazón.
Una eres tú,
que por primera vez,
has ido sola a la tienda,
y regresas a casa
corriendo-corriendo,
sonriente-sonriente,
feliz-feliz,
con las trenzas fulgurantes,
palpitante el corazón,
y en la bolsa uno de esos panes
tan grandes y sabrosos,
un pan de centeno de Pärnu.

  
Ella duerme, ella duerme, ella duerme.
Ella ya no me reconoce.
Ella, mi madre, duerme.
Su voz solo alcanza el sueño.
Ella duerme.
Hacia la nieve gris aún levanta sus manos.
Sus ojos golpean los muros del sueño.
Ven a la sombra, madre, ven
de la noche a la nieve de mi memoria.


















miércoles, 25 de enero de 2017

PUTREFACCIÓN, POLÍTICA, 
POESÍA Y PUREZA



Todo eso y mucho más sigue en el texto del gran poeta austríaco Georg Trakl (1884-1914), uno de los representantes del expresionismo alemán. En en esa línea, se trata de lo más horrendo y execrable, pero también lo más humano y puro del ser humano y que, como se puede constatar, sigue vigente en este siglo.



REVELACIÓN Y CAÍDA


            Extrañas son las nocturnas sendas del hombre. Cuando de noche deambulaba por pétreos aposentos y ardía una quieta lamparilla en cada uno de ellos, un candelabro de cobre, y cuando me desplomé tiritando en el lecho, otra vez estaba sobre mí la negra sombra de la forastera, y silenciosamente escondí el rostro en las tardas manos. También el jacinto había florecido azul en la ventana y la antigua plegaria se posó sobre los purpúreos labios del que respiraba; de los párpados cayeron cristalinas lágrimas vertidas por el amargo mundo. En esa hora, a la muerte de mi padre, yo era el hijo blanco. Con aguaceros azules llegó el viento nocturno, la oscura queja de la madre otra vez muriendo, y vi el negro averno en mi corazón; minuto de luminosa quietud. Quedamente surgió desde la pared encalada un rostro inefable –un adolescente moribundo–, la belleza de una estirpe que regresa al hogar. La frescura de la piedra abrazó a la sien vigilante, extinguiéronse los pasos de las sombras sobre derruidos peldaños, una sonrosada ronda en el jardincillo.

            Estaba sentado en silencio en una taberna abandonada bajo un ahumado maderamen y a solas con mi vino; un cadáver resplandeciente inclinado sobre algo oscuro y a mis pies yacía un cordero muerto. Desde un pútrido azul surgió la pálida figura de la hermana y habló así su sangrante boca: “Hiere, negra espina”. Ah, aún resuenan en mí los argénteos brazos de salvajes tempestades. Fluya la sangre de los pies lunares y florezca en la nocturna senda por donde la rata chillando se escabulle. Refuljan, estrellas, en mis abovedadas cejas, mientras en la noche apenas tañe el corazón. Una sombra roja irrumpió en la casa con ardiente espada y huyó con nívea frente. Oh, amarga muerte.

Y una oscura voz habló desde mí: En nocturno bosque a mi caballo negro le rompí la cerviz cuando de sus purpúreos ojos brotó la locura; la sombra de los olmos, la risa azul del manantial y la negra frescura de la noche se abatieron sobre mí, al tiempo que yo, salvaje cazador, perseguía a un venado de nieve; en pétreo averno mi rostro se extinguió.

Y una gota de sangre cayó radiante en el vino del solitario, y cuando bebí de él sabía más amargo que la amapola. Y una nube negruzca envolvió mi cabeza, las cristalinas lágrimas de ángeles malditos; y quedamente manó la sangre de la argéntea herida de la hermana y una lluvia ardiente de fuego cayó sobre mí.

Por los linderos del bosque quiero ir yo, taciturno como soy, a quien el híspido sol se le ha caído de las manos mudas; un forastero en la colina crepuscular que llorando alza los párpados sobre la pétrea ciudad; un venado que inmóvil permanece en la paz del viejo saúco; oh, inquieta escucha la testuz crepuscular, o son los titubeantes pasos que siguen a la nube azul por la colina, y también a las adustas estrellas. A un lado la callada escolta de los verdes sembríos; por las mohosas sendas del bosque acompaña el tímido corzo. Se han cerrado mudas las chozas de los aldeanos y en la negra quietud del viento se vuelve angustiante la azul queja del arroyo.

Pero cuando descendía por el rocoso sendero, me acometió la locura y di fuertes gritos en la noche; y cuando con argénteos dedos me incliné sobre las silenciosas aguas, vi que mi rostro me había abandonado. Y la blanca voz me dijo “¡Mátate!” Gimiendo, surgió en mí la sombra de un muchacho, y me miró brillante con sus ojos cristalinos; fue entonces que llorando me desplomé bajo los árboles, bajo la imponente bóveda estrellada.

Peregrinaje sin sosiego por salvajes rocas lejos del caserío crepuscular, de los rebaños que regresan; en lontananza pace el sol poniente sobre un prado cristalino con salvaje canto que estremece, el solitario grito del ave agonizando en la calma azul. Pero en silencio llegas tú en la noche, cuando hacía guardia en la colina o me enfurecía en la tormenta primaveral; y cada vez más negra la melancolía anubla la cabeza separada, relámpagos horribles espanta el alma nocturna, tus manos desgarran mi exhausto pecho.

            Cuando penetré en el jardín crepuscular y la negra figura del mal se apartó de mí, la noche me envolvió con su calma de jacinto; y entonces navegué en encorvada barca sobre el estanque tranquilo y una dulce paz tocó mi pétrea frente; atónito yacía bajo los viejos sauces y sobre mí se hallaba el alto cielo azul, henchido de estrellas; y como al contemplarlo me iba muriendo, murieron el miedo y el dolor en lo más hondo de mí, y brillando en la oscuridad elevóse la sombra azul del muchacho, dulce canto; y con alas de luna, por sobre verdes cumbres y peñas cristalinas, ascendió el blanco rostro de la hermana.

            Con sandalias de plata descendí los espinosos peldaños y entré en el encalado aposento. Allí un candelabro ardía suavemente y en silencio oculté la cabeza en purpúreos lienzos; y la tierra arrojó el cadáver de un niño, una imagen lunar que fue separándose de mi sombra; con quebrados brazos cayó por pétreo despeñadero, nieve en copos.


(Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo)



OFFENBARUNG UND UNTERGANG

Seltsam sind die nächtigen Pfade des Menschen. Da ich nachtwandelnd an steinernen Zimmern hinging und es brannte in jedem ein stilles Lämpchen, ein kupferner Leuchter, und da ich frierend aufs Lager hinsank, stand zu Häupten wieder der schwarze Schatten der Fremdlingin und schweigend verbarg ich das Antlitz in den langsamen Händen. Auch war am Fenster blau die Hyazinthe aufgeblüht und es trat auf die Lippe des Odmenden das alte Gebet, sanken kristallne Tränen geweint um die bittere Welt. In dieser Stunde war ich im Tod meines Vaters der weiße Sohn. In blauen Schauern kam vom Hügel der Nachtwind, die dunkle Klage der Mutter, hinsterbend wieder und ich sah die schwarze Hölle in meinem Herzen; Minute schimmernder Stille. Leise trat aus kalkiger Mauer ein unsägliches Antlitz - ein sterbender Jüngling - die Schönheit eines heimkehrenden Geschlechts. Mondesweiß umfing die Kühle des Steins die wachende Schläfe, verklangen die Schritte der Schatten auf verfallenen Stufen, ein rosiger Reigen im Gärtchen.

Schweigend saß ich in verlassener Schenke unter verrauchtem Holzgebälk und einsam  beim Wein; ein strahlender Leichnam  über ein Dunkles geneigt und es lag ein totes Lamm zu meinen Füßen. Aus verwesender Bläue trat die bleiche Gestalt der Schwester und also sprach ihr blutender Mund: Stich schwarzer Dorn. Ach noch tönen von wilden Gewittern die silbernen Arme mir. Fließe Blut von den mondenen Füßen, blühend auf nächtigen Pfaden, darüber schreiend die Ratte huscht. Aufflackert ihr Sterne in meinen gewölbten Brauen; und es läutet leise das Herz in der Nacht. Einbrach ein roter Schatten mit flammendem Schwert in das Haus, floh mit schneeiger Stirne. O bitterer Tod.

Und es sprach eine dunkle Stimme aus mir: Meinem Rappen brach ich im Wald das Genick, da aus seinen purpurnen Augen der Wahnsinn sprang; die Schatten der Ulmen fielen auf mich, das blaue Lachen des Quells und die schwarze Kühle der Nacht, da ich ein wilder Jäger aufjagte ein schneeiges Wild; in steinerner Hölle mein Antlitz erstarb.

Und schimmernd fiel ein Tropfen Blutes in des Einsamen Wein; und da ich davon trank, schmeckte er bitterer als Mohn; und eine schwärzliche Wolke umhüllte mein Haupt, die kristallenen Tränen verdammter Engel; und leise rann aus silberner Wunde der Schwester das Blut und fiel ein feuriger Regen auf mich.

Am Saum des Waldes will ich ein Schweigendes gehn, dem aus sprachlosen Händen die härene Sonne sank; ein Fremdling am Abendhügel, der weinend aufhebt die Lider über die steinerne Stadt; ein Wild, das stille steht im Frieden des alten Holunders; o ruhlos lauscht das dämmernde Haupt, oder es folgen die zögernden Schritte der blauen Wolke am Hügel, ernsten Gestirnen auch. Zur Seite geleitet stille die grüne Saat, begleitet auf moosigen Waldespfaden scheu das Reh. Es haben die Hütten der Dörfler sich stumm verschlossen und es ängstigt in schwarzer Windesstille die blaue Klage des Wildbachs.

Aber da ich den Felsenpfad hinabstieg, ergriff mich der Wahnsinn und ich schrie laut in der Nacht; und da ich mit silbernen Fingern mich über die schweigenden Wasser bog, sah ich daß mich mein Antlitz verlassen. Und die weiße Stimme sprach zu mir: Töte dich! Seufzend erhob sich eines Knaben Schatten in mir und sah mich strahlend aus kristallnen Augen an, daß ich weinend unter den Bäumen hinsank, dem gewaltigen Sternengewölbe.

Friedlose Wanderschaft durch wildes Gestein ferne den Abendweilern, heimkehrenden Herden; ferne weidet die sinkende Sonne auf kristallner Wiese und es erschüttert ihr wilder Gesang, der einsame Schrei des Vogels, ersterbend in blauer Ruh. Aber leise kommst du in der Nacht, da ich wachend am Hügel lag, oder rasend im Frühlingsgewitter; und schwärzer immer umwölkt die Schwermut das abgeschiedene Haupt, erschrecken schaurige Blitze die nächtige Seele, zerreißen deine Hände die atemlose Brust mir.

Da ich in den dämmernden Garten ging, und es war die schwarze Gestalt des Bösen von mir gewichen, umfing mich die hyazinthene Stille der Nacht; und ich fuhr auf gebogenem Kahn über den ruhenden Weiher und süßer Frieden rührte die versteinerte Stirne mir. Sprachlos lag ich unter den alten Weiden und es war der blaue Himmel hoch über mir und voll von Sternen; und da ich anschauend hinstarb, starben Angst und der Schmerzen tiefster in mir; und es hob sich der blaue Schatten des Knaben strahlend im Dunkel, sanfter Gesang; hob sich auf mondenen Flügeln über die grünenden Wipfel, kristallene Klippen das weiße Antlitz der Schwester.

Mit silbernen Sohlen stieg ich die dornigen Stufen hinab und ich trat ins kalkgetünchte Gemach. Stille brannte ein Leuchter darin und ich verbarg in purpurnen Linnen schweigend das Haupt; und es warf die Erde einen kindlichen Leichnam aus, ein mondenes Gebilde, das langsam aus meinem Schatten trat, mit zerbrochenen Armen steinerne Stürze hinabsank, flockiger Schnee.

martes, 24 de enero de 2017


TRES POEMAS 
DE EDITH SÖDERGRAN 
(Finlandia, 1892-1923)

Fundadora de lo que después se ha conocido como Modernismo Escandinavo -y en la línea del simbolismo ruso (Blok, Severyanin...), del expresionismo alemán (Trakl, Elsa Lasker-Schüler...) y del misticisimo panteísta de Rudolph Steiner,- es también gonfalonera "avant la lettre" de feminismo, como ahora se desarrolla. ¡Un ejemplo poético del cual siempre hay que aprender y admirar! Los poemas son de Edith Södergran, "Poesía completa", Lima: Biblioteca Abraham Valdelomar, 228 pp. Estudio y traducción directa del original sueco debida a RSB. (RSB)




Llevo en mí crepúsculos violetas…

Llevo en mí crepúsculos violetas de mis tiempos primigenios,
vírgenes desnudas jugando con centauros galopantes…
Soleados días amarillos con espléndidas miradas,
solo los rayos del sol celebran dignamente el tierno cuerpo
         de una mujer…
El hombre no ha venido, nunca estuvo, jamás estará…
El hombre es un falso espejo que la hija del sol airada arroja contra las peñas,
el hombre es una mentira que los blancos niños no comprenden,
el hombre es un pútrido fruto que los orgullosos labios desdeñan.

Bellas hermanas, asciendan hasta las rocas más fuertes,
todas somos guerreras, heroínas, amazonas,
de inocentes ojos, frentes celestiales, máscaras de rosa,
pesados rompientes y aves extraviadas,
somos las menos esperadas y también las más rojas,
manchas de tigre, tensadas cuerdas, estrellas sin vértigo.



Sueños turbulentos

Lejos de la dicha, estoy en una isla del mar y duermo.
Las brumas ascienden y huyen y los vientos cambian,
tengo sueños turbulentos de guerra y de grandes fiestas
¡y sueño que mi amado desde un barco observa
el vuelo de las golondrinas sin sentir ansia alguna!
Hay en su interior algo pesado que no puede moverse,
él ve que el barco se desliza hacia el futuro hostil,
él ve la afilada quilla cortar en dos al hosco destino,
las alas que lo transportan al país donde todo lo que hace
         es vano,
al país de los días inútiles y vacuos, lejos del destino.


Vierge moderne

No soy mujer. Soy un neutro.
Soy un niño, un paje y una osada decisión,
soy un rayo risueño de un sol escarlata…
Soy una red para todos los peces golosos,
soy un brindis en honor a todas las mujeres,
soy un paso hacia el azar y la ruina,
soy un salto en la libertad y en el yo…
Soy el murmullo de la sangre en el oído del hombre,
soy un escalofrío del alma, el ansia y la negación de la carne,
soy el anuncio de nuevos paraísos.
Soy una llama inquisitiva e intrépida,
soy agua, honda mas audaz hasta las rodillas,
soy fuego y agua sinceramente unidos por libre decisión.





lunes, 23 de enero de 2017



DE PALMA, DEMONIOS Y COLOMBROÑOS




Acaba de ser reeditada la serie completa de Ricardo Palma sobre el diabólico y vesánico Francisco de Carbajal (El Demonio de los Andes), comparable al despiadado y alucinado Lope de Aguirre. Esa serie, publicada en Mallorca en 1911, está dedicada a su colombroño (tocayo) Ricardo Becerra. Ese término viene del latín "cum", del sustantivo nombre y del sufijo "oño", con valor despectivo. Sin duda, el mefistofélico Vladimiro Montesinos, admirador de los sobredichos, usó de ahí ese término durante el juicio obrado contra Fujimori. En el interrogatorio, Montesinos dijo la palabra "colombroño", y cuando el fiscal preguntó por el significado, Montesinos explicó que significa otra persona con el mismo apellido (error) sin tener parentesco entre ellos. Esto solo para difundir esta valiosa publicación: Ricardo Palma, "El demonio de los Andes", Lima: Academia Peruana de la Lengua, 2016, 164, con enjundioso prólogo de Alberto Varillas Montenegro. (RSB)


domingo, 22 de enero de 2017

Dos de Omar Jayyam
(Irán, 1048-1131)



Es el poeta oriental más famoso en Occidente. Filósofo "epicureísta y lucreciano", astrónomo y matemático, es de singular originalidad y uno de los más reconocidos de todos los tiempos. Escribió en persa (o parsi o farsi), lengua indoeuropea (como el español), si bien utilizó el alfabeto arábigo, de la familia semítica (hebreo, árabe, arameo...), al que añade cuatro letras y cambia la forma de otras dos. De él, comprobadamente, han quedado 178 rubaiyat ("rubay", en singular) o cuartetos, y han sido traducidos a decenas de lenguas. La presente, directamente del persa, se debe a Azadeh Aalami de Blanc y Ricardo Silva-Santisteban. (Lima: Biblioteca Abraham Valdelomar, 2014, 184). ¡Salud por la vida, aunque también por la muerte! (RSB)



Imagen: los dos primeros rubaiyat, en persa, con su respectiva traducción, transcrita a continuación. (RSB)



1.
Hasta mi corazón, álzate y ven, preciosa,
todas nuestras angustias disipe tu belleza;
muy juntos apuremos esta ánfora de vino
antes de que nuestro polvo modele nuevas ánforas.

2.
Puesto que desconoces lo que esconde el mañana,
tu corazón disfrute lo que hoy se nos ofrece;
bebe el vino, astro mío, a la luz de la luna
dichosa, pues mañana tal vez no nos encuentre.