sábado, 25 de febrero de 2017

Sospecha colectiva.
Un cuento de Walter Jens

En estos tiempos en que todos se sienten limpios mientras desconfían y descalifican a los demás, una vez más la literatura da cuenta de tal situación. Aquí el socorrido cuento breve del alemán Walter Jens (1923-2013).+, que alguna vez traduje.



INFORME SOBRE HATTINGTON
                                                                                                     

Walter Jens
                                                                                                      (1923-2013)


Ese año el invierno llegó antes que otras veces. A mediados de noviembre ya estábamos a quince grados bajo cero, y en la primera semana de diciembre nevó durante seis días seguidos. Al quinto día, un miércoles, Hattington escapó de prisión. Evidentemente había contado con que la nieve borraría sus huellas, como que en realidad resultó así. Los sabuesos perdieron el rastro y los gendarmes regresaron a Colville en el curso de la noche.

Por esa razón nuestro puesto policial fue reforzado al día siguiente, haciéndose el sargento Smith de dos nuevos colegas. Se llegó a suponer que Hattington intentaría llegar lo más pronto posible a Knox, nuestra ciudad, ya que aquí había sido prendido en plena vía pública luego de habérsele buscado durante mucho tiempo, presumiblemente a causa de una denuncia de la camarera Hope y del grifero Madison, a los que Hattington debía dinero. Lo que se sospechaba entonces era que el presidiario vendría primero a Knox para vengarse.

A partir de entonces el miedo se instaló en la ciudad. Martha Hope se fue de viaje por algunas semanas, mientras que Madison le quitó el seguro a su revólver que tenía siempre junto a la cama. Pero también todos los demás empezamos a vivir en zozobra. Nadie abandonaba su casa luego de las diez de la noche y los padres mismos llevaban a sus hijos a la escuela. La policía registró todos y cada uno de los rincones de la ciudad. No solo se rastrilló repetidas veces cada sótano, desván, cabaña y barraca de Knox, sino además el sistema de alcantarillado de la ciudad. Pero a pesar de que no se llegó a encontrar ni el más ligero rastro (ninguna señal que llevara a sospecha, ni mucho menos a una pista concreta), no se acallaba el rumor de que uno de nosotros había escondido al fugitivo, quien tan solo estaba a la espera de su hora. Podía haber sido el cantinero Ellington; acaso Bore, el vendedor de periódicos; o tal vez un buhonero inmigrante que vendía su mercancía entre Baxton y Colville. La desconfianza empezó a reinar en la ciudad y se escribieron cantidades de cartas anónimas. En el Colville Star aparecieron misteriosos mensajes como estos: “No pierdan de vista a Bore”, o “¿Dónde estabas el cuatro de diciembre, Judas Ellington?”

Pero, cuando la navidad y el año nuevo ya habían pasado sin que ocurriera el menor incidente, la esperanza volvió a nosotros sobre todo cuando se dijo que un agente viajero comerciante en vinos había visto a Hattington en una pequeña ciudad canadiense cerca de la frontera.

Ahora Martha Hope retornaba a Knox y Madison vendía su perro guardián, al tiempo que las cantinas empezaban de nuevo a recibir gran número de parroquianos. Todo parecía indicar que los ciudadanos querían recuperar en tanto solo unos días, semanas y semanas de vida perdida.

Se destrancaron las ventanas y se descorrieron los cerrojos de las puertas. Ahora por las calles se escuchaba música y ruido, y hasta se celebró una fiesta de disfraces en la cantina, fiesta como la que no se armaba en muchos años y que se prolongó hasta eso de las seis de la mañana.

Pero un día, el once de enero, apareció de pronto el cadáver de Emily Sawdy, y dos días después un enmascarado arrastró hasta un zaguán a Helen Fletcher, una muchacha de catorce años que iba de camino a la escuela, maltratándola de la manera más brutal.

Ya no se tenía que seguir especulando sobre quién había sido el causante de esos crímenes. Hattington (así se creyó entonces) había llegado por fin a la ciudad... Pero, ¿quién podía haberlo escondido? Tal vez Madison para reivindicarse ante él, o acaso Martha Hope por haber sido extorsionada. Así pues, empezaron a circular listas negras, mientras que las paredes de las casas se veían cubiertas de todo tipo de infamaciones. Y, cuando el primero de febrero se comisionó a un tribunal compuesto de tres personas para que investigara exhaustivamente la vida de cada uno de los ciudadanos, se dio inicio a algo muy semejante a una cacería de brujas que hizo pensar en los tiempos más terribles. Muy pronto no quedó ningún secreto que no fuera sacado a relucir por los husmeadores. Maridos que alguna vez habían sido infieles a sus esposas, de repente se veían tratados como delincuentes; inofensivos bebedores eran considerados sospechosos; la Sociedad Femenina repartía antes de la función de cine volantes que exhortaban a evitar el trato con cierto tipo de personas si es que en algo estimaban sus vidas.

De otro lado, el desorden y la indisciplina aumentaron entre los jóvenes. Mientras que los mayores salían lo menos posible de sus casas, ya sea tan solo para dirigirse al trabajo o a la iglesia, los jóvenes, en cambio, se reunían por las noches para beber, cantar a berridos y escarnecer a los adultos, hasta el punto que se llegó a instituir una especie de escuadrón del terror al que solo pudimos combatir con la ayuda de una especie de policía civil: la milicia ciudadana. Por último, no quedó más remedio que prender a los cabecillas, y después a los peores camorristas que se habían amotinado solo para participar de la alegría reinante y que ahora se dejaban detener por miedo a convertirse algún día en víctimas de Hattington. Todo esto me mostró cuánto prospera el frenesí colectivo a la sombra del miedo y del terror.

Por lo que se refiere a la ruina de las costumbres, los padres no se quedaron a la zaga de sus hijos. Yo mismo he vivido noches en las que se me ha llamado con fingida voz más de una docena de veces para obligarme a calumniar a ciudadanos supuestamente sospechosos.

Pero llegó el 17 de marzo, día en que a Madison se le halló estrangulado en su habitación: el asesino le había dejado en la sien una marca hecha con un hierro candente. A partir de esa fecha ya no le fue posible conservar la calma a la poca gente razonable que quedaba entre nosotros. Desde entonces, todo aquel que intentaba pedir prudencia y poner coto a cualquier acceso de histérico delirio vio su nombre, sin más ni más, inscrito en la lista de sospechosos, lo que significaba vidrios rotos, muebles de la casa destrozados, amenazas, injurias, palizas, juicios secretos. Apenas un par de semanas más tarde, muchos actos de violencia se produjeron entre los ciudadanos. A principios de abril, un grupo de fanáticos linchó a un muñeco negro, para que días después el mismo grupo hiciera trizas el bufete de un abogado judío. Las cosas fueron inclusive más lejos. En nombre de Hattington se saldaron viejas y caducas cuentas. El manejo del látigo, del cuchillo y del revólver era lo que imperaba, y a todo aquel que se oponía a ello se le escribía una H en la puerta de su casa, lo que significaba que allí vivía un amigo de Hattington. Todos podían hacer con ese lo que les viniera en gana, pues nadie iría a socorrerlo. En abril, el reverendo Snyder, uno de los pocos hombres sensatos que quedaban en la ciudad, también terminó capitulando: desde el púlpito nos ordenaba dar caza al asesino y sus secuaces. Al día siguiente, el invierno empezó a hacerse menos crudo; la nieve se derretía por doquier y el sol inundaba hasta el último rincón de Knox.

El Viernes Santo se halló el cadáver de Hattington a unos cien metros del presidio. Más allá no había llegado en su intento de fuga en el mes de noviembre. La nieve había tragado sus huellas y un ataúd de hielo envolvía su cuerpo yacente.

A partir de entonces se restableció la calma aquí en Knox. Todo aquel que pudo salió de la ciudad. No obstante, nunca se llegó a descubrir al asesino de Madison y de Emily Sawdy; tampoco se sancionó la falta cometida contra Helen Fletcher. Solo yo tengo una fuerte sospecha, pero callo; además nadie sabe quién fue el responsable. Una cosa, empero, es segura: no hay mucha gente en nuestra ciudad que esté libre de culpa.



Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo

miércoles, 22 de febrero de 2017

Paseo en vano



¿Es que las esquinas se preguntan, esmirriadas, dónde están los hombres-pluma que las construyeron por error o por descuido, creyendo que la línea recta no es otra cosa que un equívoco de calles que no llevan a ningún lado o, simplemente, por un amor derruido entre palomas cósmicas, de esas que planean en aires remisos y nada virtuosos?

La mente sabe de tumbos y pesares, de ardores antiguos recostados en márgenes constantes, de esos que separan este mundo, apenas solo, apenas lleno, con el temblor de otros mundos que se deslizan por laderas de conos improbables o, mejor, de otros muchos más sorbidos a ritmo de adagio, vino invisible discurriendo libremente por gargantas transparentes o ese olor impalpable en una mano de plata que ya reposa por fin en una mejilla que nunca será mía.

Y las calles se tambalean entre pasajes y jirones de los que ya nadie repasa, alamedas de otrora, cuando lo de ahora aún no era lo de ahora, aunque tampoco era lo de ayer, si bien así todo lo pretenda. Amigo, rubia de árido aliento, morena de rabia que tus heridas me rasgan y hienden más que tus propias cicatrices; amigo, blonda algodonera; marino sin ruta en busca de islas donde ya no haya callejas, trampas, sirenas violadas o calvas arboledas.

(RSB)


sábado, 4 de febrero de 2017

DE POESÍA EN RELACIÓN CON LA POLÍTICA, LA PROCTOLOGÍA Y EL ONANISMO.


Del brillantísimo, desenfadado y corrosivo dominicano Manuel del Cabral (1907-1999), dos poemas dedicados a los poderes públicos (Estado) y privados (tipo Odebrecht, por ejemplo). De su Permanencia inmaterial. Obra póetica completa, Santo Domingo: Ediciones de Cultura, 2011, 790 pp. Como siempre, la poesía puede ocuparse de todo... 


ANO

Anciano de nacimiento, nací con mis arrugas
como quien se gradúa en experiencias.
Pero pese a mi vejez prematura
y a mi olor de difunto superviviente,
me cuidan como a un niño, porque hay días
en que me pongo a vomitar cosas robadas,
cheques no digeridos que tiene un olor
Más penetrante que el del excremento.
los señores me sientan sobre muebles de pana,
saben que se acomodan acomodándome.
Los jueces van primero a la letrina,
son más cultos:
primero me consultan… Nos ponemos de acuerdo.
Los maricas me adoran, mi ocultismo
los hace metafísicos muy sólidos;
pero a mí me da asco cuando me perfuman,
qué humillado me siento perfumado…
En cambio, qué orgulloso estoy
cuando los presidentes cumplen con mis consejos,
entonces se van limpios al Congreso,
y aunque tengan diarrea de discursos,
a nadie se le quedan las orejas mugrientas.
Creo en este caso yo soy más limpio
que la rosa
mientras ella perfuma solapas de ladrones,
Yo, quizá, no tan oculto,
dejo escapar fantasmas de porotos conscientes
entre las ceremonias de narices burócratas,
yo soy un guerrillero
que no tiene piedad en los palacios.
Ayer leí en los diarios
que escasea por mí papel higiénico.
Nueva York pierde el juicio cuando yo no estoy
limpio.
No soy el tercer ojo de los Lamas,
a mí me lamen los degenerados
o los que comen mierda en la política.
Nacido entre dos glúteos, duermo entre dos
almohadas,
necesito estar cómodo para tocar mi flauta.
Ano viene de anónimo,
pero sin mí no hay animal posible.
Si quieres a tu cuerpo, siglo embustero, lávame,
soy la salida única de todos tus negocios…

LA MANO DE ONÁN

La mano de Onán se queja
Yo soy el sexo de los condenados.
No el juguete de alcoba que economiza vida.
Yo soy la amante de los que no amaron.
Yo soy la esposa de los miserables.
Soy el minuto antes del suicida.
Sola de amor, mas nunca solitaria,
limitada de piel, saco raíces...


Se me llenan de ángeles los dedos,
se me llenan de sexos no tocados.
Me parezco al silencio de los héroes.
No trabajo con carne solamente...
Va más allá de digital mi oficio.
En mi labor hay un obrero alto...
Un Quijote se ahoga entre mis dedos,
una novia también que no se tuvo.


Yo apenas soy violenta intermediaria,
porque también hay verso en mis temblores,
sonrisas que se cuajan en mi tacto,
misas que se derriten sin iglesias,
discursos fracasados que resbalan,
besos que bajan desde el cráneo a un dedo,
toda la tierra suave en un instante.


Es mi carne que huye de mi carne;
horizontes que saco de una gota,
una gota que junta
todos los ríos en mi piel, borrachos;
un goterón que trae
todas las aguas de un ciclón oculto,
todas las venas que prisión dejaron
y suben con un viento de licores
a mojarse de abismo en cada uña,
a sacarme la vida de mi muerte.


jueves, 2 de febrero de 2017

Lo pútrido y lo poético


Persistiendo "saécula saeculórum" la putrefacción en este mundo, tercia Georg Trakl (1897-1914) con este poema, probablemente el último que escribió, poco antes de su casi seguro suicidio, a los 27 años. Grodek (Polonia) es el lugar donde se desarrolló una de las más sangrientas y desquiciadas batallas, durante la Primera Guerra Mundial, entre polacos y rusos. ¡Solo horror!


GRODEK


Al atardecer retumban las letales armas
en los bosques otoñales, en las áureas llanuras
y en los lagos azules por donde
rueda un sol siniestro: la noche envuelve
a los guerreros moribundos, al salvaje lamento
de sus bocas destrozadas.
Pero en silencio se congregan en la pradera
la roja nube donde mora un dios colérico,
la sangre derramada, el frío lunar;
todos los caminos desembocan en negra podredumbre.
Bajo el áureo ramaje de la noche y las estrellas
la sombra de la hermana se tambalea por la callada floresta:
va a saludar a las almas de los héroes, a las sangrantes cabezas,
mientras en los juncos tañen quedamente las umbrías flautas del otoño.
¡Oh, altiva tristeza! ¡Oh, altares de bronce!,
la ardiente llama del espíritu hoy se nutre de un inmenso dolor:
los nietos no nacidos.


(Traducción del alemán de Renato Sandoval Bacigalupo)




GRODEK


Am Abend tönen die herbstlichen Wälder
von tödlichen Waffen, die goldnen Ebenen
und blauen Seen, darüber die Sonne
düster hinrollt; umfängt die Nacht
sterbende Krieger, die wilde Klage
ihrer zerbrochenen Münder.
Doch stille sammelt im Weidengrund
rotes Gewölk, darin ein zürnender Gott wohnt
das vergoßne Blut sich, mondne Kühle;
alle Straßen münden in schwarze Verwesung.
Unter goldenem Gezweig der Nacht und Sternen
es schwankt der Schwester Schatten durch den schweigenden Hain,
zu grüßen die Geister der Helden, die blutenden Häupter;
und leise tönen im Rohr die dunkeln Flöten des Herbstes.
O stolzere Trauer! ihr ehernen Altäre
die heiße Flamme des Geistes
nährt heute ein gewaltiger Schmerz,
die ungebornen Enkel.