miércoles, 31 de enero de 2018

Un poema más de Rilke
(1875-1926)

Señor, da a cada quien su propia muerte.
El morir que de cada vida brota,
donde él tuvo amor, sentido, apremio.

Pues solo somos vaina y hoja.
La gran muerte que todos llevan en sí,
fruto en torno al cual todo gira.

Por ella se alzan las muchachas
y como un árbol salen de un laúd,
y los muchachos aspiran a ser hombres;
y en las mujeres los jóvenes confían
ante miedos que nadie más asumiría.

Y por ella sigue lo contemplado
como eterno, aun cuando se marchó hace tiempo;
y quien formaba y construía
se hizo mundo por ese fruto, se heló y derritió,
y se enredó con él y le dio luz.
En él ha entrado todo calor
del corazón y el blanco ardor de los cerebros -:
Pero tus ángeles pasan como bandadas
y vieron que estaban verdes todos los frutos.


(Trad. de RSB. De El libro de las horas, de muy próxima aparición)


O Herr, gib jedem seinen eignen Tod.
Das Sterben, das aus jenem Leben geht,
darin er Liebe hatte, Sinn und Not.
Denn wir sind nur die Schale und das Blatt.
Der große Tod, den jeder in sich hat,
das ist die Frucht, um die sich alles dreht.
Um ihretwillen heben Mädchen an
und kommen wie ein Baum aus einer Laute,
und Knaben sehnen sich um sie zum Mann;
und Frauen sind den Wachsenden Vertraute
für Ängste, die sonst niemand nehmen kann.
Um ihretwillen bleibt das Angeschaute
wie Ewiges, auch wenn es lang verrann, –
und jeder, welcher bildete und baute,
ward Welt um diese Frucht, und fror und taute
und windete ihr zu und schien sie an.
In sie ist eingegangen alle Wärme
der Herzen und der Hirne weißes Glühn –:
Doch deine Engel ziehn wie Vogelschwärme,

und sie erfanden alle Früchte grün.

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